Blanca Portillo, "El ángel exterminador"


Sensaciones encontradas acuden a mi cabeza al tratar de escribir la reseña de hoy. Anoche asistí al Teatro Español, nuestro gran templo del arte de Talía desde aquel siglo XVI que viera nacer el corral del Príncipe, con la intención de disfrutar sin duda de un espectáculo soberbio. Todo anunciaba que así habría de ser: la representación de El ángel exterminador, una adaptación teatral de la irrepetible película de Luis Buñuel, de 1962, en que un grupo de personas de la alta sociedad se quedan inexplicablemente encerradas en un salón donde se han reunido en ocioso y alegre regocijo, era un argumento lo suficientemente atractivo como para no esperar otra cosa. Si a esto le añadimos el interés por ver qué haría en esta ocasión la brillante actriz Blanca Portillo, en su cuestionable (y polémica) faceta como directora, la expectación era máxima.

Parte de las primeras filas del elegante patio de butacas del teatro había sido ocupada por unas extensiones del escenario, que prometían (como así ocurrió, en efecto) la ruptura de una cuarta pared tan extraña hoy en las representaciones escénicas que su recuperación resulta hasta original y vanguardista. Harían bien los directores teatrales en pensar en el público al que dirigen sus montajes, y paga sus dineros por disfrutar de estos en unas mínimas condiciones de comodidad (sí, hay quien prefiere estar cómodo en el teatro para atender mejor a cuanto sucede en escena), no obligándole a realizar contorsiones imposibles con el cuerpo y giros endiablados con la cabeza para poder enterarse de lo que está sucediendo a sus espaldas, en el pasillo central, ni molestando a quienes han alquilado su asiento durante hora y media, haciéndoles levantarse una y otra vez del mismo (¿es eso lo que se entiende por hacer partícipe al público en la representación?), porque así lo requiere la original y revolucionaria puesta en escena. Y el mismo derecho tiene el respetable a escuchar con suficiente claridad los parlamentos de los actores, buena parte de los cuales se vieron apagados no por la impericia declamatoria de un elenco de primera categoría, sino por la amortiguadora sordina de una sugerente habitación de cristal ideada para albergar a la docena de personajes hacinados en esta. La elegante e ingeniosa escenografía (obra de Roger Orra), que reproducía con gran belleza plástica la lujosa, caprichosa y frívola frialdad del poder y el dinero, dentro de un cubo de cristal, habría sido mucho más efectiva con una adecuada sonorización del habitáculo.

Centrándonos en el contenido de la obra, cierto es que Buñuel parte de un planteamiento surrealista; pero el surrealismo de este adopta un tono de angustia expresionista (con mucho de distanciadora y satírica burla) que solo apreciamos a ver en algún momento del montaje, donde se juega con el disparate y unas salidas de tono, supuestamente humorísticas, que resultan artificiosas y acercan la interpretación en ocasiones a una clave de farsa (en nuestra opinión, poco efectiva y convincente) que resta dramatismo a la surrealista, patética y trágica situación que se está viviendo en escena.
Esta tragicomedia bufa con ribetes de teatro pánico tiene poco de Buñuel y mucho de Blanca Portillo, a cuya voz dan forma las palabras de Fernando Sansegundo, autor de la nueva versión del texto. Como un ángel malhumorado despliega la directora sus alas regeneradoras, dispuestas a exterminar cuanto su "misionera" visión del teatro, como instrumento cultural al servicio de la transformación del mundo, disuena a su ideologizado posicionamiento en este. Ya había advertido el cineasta de origen aragonés que no debía verse su creación como "una obra de tesis con un mensaje"; y aunque su texto pudiera ser interpretado desde diferentes perspectivas, él le daba "más bien una interpretación histórico-social" (declaraciones a J. Francisco Aranda, en Luis Buñuel. Biografía crítica, 1969). La autora factótum de este Ángel exterminador, siguiendo su peculiar manera de entender el uso que puede y debe darse al rico legado cultural que el pasado ha depositado en sus manos, vierte sobre la obra su personal interpretación, que reconocemos coherente con su trayectoria como reivindicativa y luchadora mujer de teatro, siempre combativa contra todas aquellas rémoras sociales que entiende deben ser atacadas desde este; lo que se traduce, a efectos prácticos, en una obra plagada de pastiches y guiños al público (a quien se considera cómplice aquiescente de tal desaguisado), destinados a ofrecer, de cualquier manera y a toda costa, escenas explícitas de sexo y violencia, protagonizadas por unos seres que pronto se ven despojados de su condición humana (el disfraz tampoco les favorece ya desde el principio) para mostrar su verdadero rostro. Convertidos en animales hacinados en una cristalina jaula llena de detritus, heces y sangre, asistimos, a través de su comportamiento y sus palabras, a una premeditada denuncia de la falsedad, la corrupción y la depravación del ser humano, focalizada en un grupo social muy concreto: las clases pudientes y poderosas (el hecho de que los criados sean salvados del "exterminio" y solo se condene al fiel mayordomo, por su respetuosa admiración a quienes sirve, no es casual). Añádase a esto el deseo de transmitir una imagen esperpéntica de la Iglesia (contrariamente al fin perseguido, la ambientación de la escena final en un templo católico, antes de que el clérigo que oficia la misa lance su poseso discurso, estética y musicalmente es uno de los más bellos momentos de la pieza), para completar el provocador microcosmos representado en El ángel exterminador.

Lo mejor del espectáculo, en nuestra opinión, la posibilidad de ver en escena a un total de veinte actores (en su mayoría de sobresaliente solvencia), que Blanca Portillo, haciendo honor a su dimensión de inmensa actriz, dirige como solo puede hacerlo quien es grande en su oficio. El público aplaudió con entusiasmo tras finalizar la representación, que podrá seguir disfrutándose hasta el próximo 25 de febrero.
José Luis G. Subías


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