Pablo Remón, un dramaturgo para una España tragicómica

Fotografía: Flora González Villanueva

Los mariachis es el título de la nueva producción teatral del polifacético e incombustible Pablo Remón (Madrid, 1977), quien, junto a una sólida trayectoria en el mundo del cine, en calidad de guionista y director, se ha forjado asimismo en pocos años una muy merecida fama como dramaturgo y director de escena, revalidada con cada nuevo título que ofrece. Desde que, en 2012, fundara la La_Abducción, con la que estrena en 2013 su primer texto teatral, La abducción de Luis Guzmán, de cuyo título toma nombre el grupo, los reconocimientos han seguido tanto a su autor como a una compañía formada por un elenco de jóvenes y experimentados profesionales que, en cada una de sus nuevas creaciones (Muladar, 40 años de paz, El tratamiento) ha ido dejando un sello de indiscutible calidad; basada en el valor literario de los textos escenificados y en el trabajo actoral, sobre el que recae el peso y el protagonismo de los montajes.

Todo cuanto acabamos de señalar es válido para la tragicomedia que presenciamos ayer en la Sala Negra de los Teatros del Canal (Madrid), donde desde el pasado día 3 de mayo se representa Los mariachis, la nueva entrega de Pablo Remón. En ella, el dramaturgo prolonga la trilogía sobre la meseta castellana que fueron sus tres primeros textos, situando también el grueso de la acción en un viejo y abandonado pueblo de Castilla, pero tomando como referencia una ciudad (sin duda Madrid) que representa la quintaesencia de nuestro mundo; esto es, la vorágine, el caos, el hacinamiento, la supervivencia, la inmigración, la mendicidad, las comodidades tecnológicas, el consumismo, el materialismo... y la corrupción, la cara visible de una sociedad al servicio del bienestar personal, cuyo instrumento para alcanzarlo es el dinero. El personaje escogido, y más a propósito, para representar este mundo corrupto no es otro que un político caído en desgracia tras descubrirse los muchos asuntos turbios en que anda metido, quien, para evitar la cárcel (y por una revelación "divina"), escapa a su pueblo natal, donde se encuentra con un pasado que se resigna a desaparecer y otro mundo, en apariencia muy distinto al de la ciudad, donde tampoco es oro lo que reluce.

Foto: Dani Sanchis
No se busque un renacentista Menosprecio de corte y alabanza de aldea en este texto, donde el comportamiento de los aldeanos deja tanto que desear como el de los capitalinos. La soledad es la misma en los dos mundos; una soledad que se palpa en el ambiente y en las vidas de los cuatro personajes principales que pueblan la escena, quienes recurren al alcohol y la droga para animar su miserable existencia, sostenida por esas pequeñas ilusiones que le dan un mínimo sentido; como es sacar los cabezudos, en un pueblo donde ya no quedan niños, o llevar en procesión a San Pascual Bailón, patrono del villorrio.

Pero esa visión negra o desencantada de la realidad se presenta matizada, difuminada, a través de múltiples filtros, entre los que descuella el bálsamo curalotodo del humor. Pablo Remón expresa cuanto acabamos de decir con el lenguaje de la comedia; una comedia donde el texto, la palabra, despliega toda su potencialidad, buscando los satisfactorios y siempre confortables (tanto para el autor como para el público) recovecos de la risa, haciendo honor a una larga tradición teatral que ha encontrado en el dramaturgo madrileño un aplicado y digno heredero. Ese humor tendente a lo negro que recorre el texto lo transforma en una manifestación literaria de signo tragicómico, con lo que el dramaturgo vuelve a posicionarse en uno de los caminos más hollados (y también más fructíferos) por la dramaturgia europea (y especialmente española) de los últimos cien años.

Mención aparte merece el magnífico trabajo llevado a cabo por los cuatro actores que protagonizan el reparto: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Francisco Reyes y Emilio Tomé. Todos y cada uno de ellos, desde sus diferentes registros y maneras interpretativas (siempre desde un naturalismo basado en la transmisión de verdad escénica), realizan un brillante papel que se contagia a un público que participa, ríe, se emociona y comprende lo dramático, y a veces surrealista (como la vida misma), de cuanto sucede en escena. Excepcional Bermejo, en las maneras y la voz de ese pueblerino tan tosco, simple y real, que reconocemos como un personaje querido y cercano de la España profunda; o un magistral Israel Elejalde, cuyos ojos y voz atraviesan al espectador, en esa impactante interpretación de la derrota humana; un excelente Emilio Tomé, todo verdad en cuanto hace y dice, con una envidiable dicción; y el inconfundible Francisco Reyes, tanto en su ciclópea hechura corporal como en su peculiar y personal manera de estar en escena, que inquieta a la par que mueve a una hilaridad, en cualquier caso, siempre desconcertante. Todo ello potenciado por un magnífico trabajo de dirección, a cargo del propio Pablo Remón, destinado a potenciar los valores del texto y los actores, eliminando estímulos y focos de atención superfluos; lo que consigue asimismo con una muy adecuada escenografía, obra de Mónica Boromello, y una sobria y efectiva iluminación de David Picazo.

Los mariachis, obra de quien hoy es ya una de las apuestas más firmes de la dramaturgia española actual, de quien auguramos un largo y próspero camino lleno de éxitos, podrá seguir disfrutándose en la Sala Negra de los Teatros del Canal, hasta el próximo 27 de mayo.

José Luis G. Subías

Fotografía: Antonio Castro

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