Casandra, "la hija, la hermana, la traidora, la puta, la loca"


Anoche tuvo lugar en la sala madrileña El Umbral de Primavera un encuentro teatral en mayúsculas. Presentaba la autora murciana Diana M. de Paco una de sus más recientes creaciones, Casandra, dramático monólogo estrenado el 2 de junio de 2017 en Távora Teatro Abierto de Sevilla, que ha realizado desde entonces un largo periplo por numerosos espacios teatrales del país y aún seguirá haciéndolo en los próximos meses, en que incluso viajará a Estados Unidos.

Publicada en el volumen colectivo Casandras (2016), en el que se recogían varias piezas breves de la autora, con este texto, inspirado en la mítica figura de la princesa troyana que fue condenada por el dios Apolo al permanente descrédito entre los hombres de sus verdades proféticas, la autora regresaba a ese ciclo mítico con el que inició su trayectoria como dramaturga en los años noventa del pasado siglo, para ofrecernos una apuesta valiente tanto desde el punto de vista literario como teatral. El soliloquio escénico ha contado con amplio cultivo en nuestro país desde hace siglos y es una práctica muy extendida en la escena actual, como demuestran los recientes montajes de textos como Juicio a una zorra, de Miguel del Arco; Reina Juana, de Ernesto Caballero; o Iphigenia en Vallecas, adaptación de la obra de Gary Owen. No nos referimos al monólogo humorístico, de moda en los últimos años, sino a escenificaciones unipersonales cargadas de densidad dramática, que deben condensar y dosificar en un espacio de tiempo variable (por regla general, se trata de obras de menor extensión a la habitual, pero no siempre es así) toda la intensidad emotiva e intelectual del discurso; lo cual requiere, para su exitosa resolución en las tablas, de una inteligente y creativa puesta en escena; y, por encima de todo, de una soberbia interpretación actoral. 

Ambas cualidades se cumplen en el montaje presentado ayer en El Umbral de Primavera, y que hoy se representará de nuevo en una última función que todo amante del buen teatro debería ver. Porque todo cuanto sucede en Casandra es teatral. Un teatro culto, que bebe en las fuentes de la tragedia clásica, donde la palabra asume su poder como protagonista del hecho literario; pero también vivo, directo y muy presente, firmemente instalado en la estética más audaz y expresiva del arte contemporáneo. Si Diana de Paco es la hacedora del verbo artístico, el mérito de una puesta en escena marcada por el sello de una exquisita sensibilidad estética le corresponde a su director, Miguel Cegarra (Tríade Teatro), quien haciendo uso de unos mínimos elementos de utillería sobre un escenario vacío, donde la luz desgarra la oscuridad que domina la escena acompañando los movimientos rítmicos y emotivos del personaje, consigue envolver la acción en una permanente melodía coreográfica de sonidos (bellísima y muy efectiva la utilización de una ambientación musical donde el violonchelo se impone con su lánguido lamento) e imágenes cargadas de belleza plástica y sensorial que nos trasladan a un espacio incierto, entre irreal e intemporal, pero tan corpóreo como el dolor que padece Casandra. La realidad se tiñe de simbolismo en unos objetos cargados de significación (desde la venda que ciega los ojos del personaje tanto al inicio como al final de la acción, a la presencia de los cuatro elementos que conforman el universo: el aire manifestado en el incienso, el agua derramada, la tierra representada en la arena y las piedras, y el fuego de las velas), con los que juega Marina Miranda, la actriz que da vida a Casandra, en una permanente danza corpórea y vocal que envuelve y atrapa a un público que, esta vez sí, está dispuesto a creer la verdad de sus palabras. Impresionante el trabajo de esta actriz de garra, llena de fuerza, cuyas habilidades técnicas sobre el escenario completan una innegable sensibilidad y talento artístico. Sin duda el tercer gran pilar sobre el que se sostiene este importante texto de Diana de Paco, que ha encontrado en Miranda la voz, el cuerpo y el alma de su personaje.

Una reflexión nos nace al hilo de este análisis, relacionada con los personajes sobre los que se han construido este y otros destacados monólogos dramáticos de nuestra escena actual; y es el hecho de que sus protagonistas son siempre figuras femeninas. Es como si estas encontraran en la escena el lugar idóneo para expresar sus más ocultos pensamientos y sentimientos, y utilizaran las tablas para desnudar su interior y ofrecer su verdad, como le ocurre a Casandra. Una verdad que nos habla de su soledad en un mundo hasta ahora hostil para ellas; de su fuerza, su lucha o su resignación como mujeres que han vivido bajo los efectos del dominio de los hombres, que, sin estar presentes, actúan en estos textos como sombras calladas y amenazantes, siendo los causantes, por regla general, de uno u otro modo, del trágico estado en que se encuentran las víctimas de estas denuncias; desgarradores gritos del alma, nacidos de lo más profundo de la condición femenina.

La presentación de Casandra, la descripción que esta hace de sí misma (en palabras de Diana de Paco), supone una aceptación no resignada, sino retadora y orgullosa de la existencia; un grito de rebeldía que proclama la libertad del ser, aun a costa de la proscripción y el malditismo.    

Yo soy Casandra. La hija, la hermana, la traidora, la puta, la loca. Casandra endiablada. Casandra molesta, incómoda para todos. Casandra rechazada. Casandra despreciada y azotada. Casandra viva. Casandra enamorada. Casandra poseída por Baco. Casandra que vio perecer Troya porque los hombres decidieron no creerla. Casandra maldita.

José Luis G. Subías

  

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