José María Pou deslumbra en una espectacular puesta en escena de un "Moby Dick" nacido para triunfar


Siguiendo (por pura casualidad) la máxima que, en el siglo XVIII, Alfieri confesó seguir para componer sus tragedias, cuando tengo que escribir sobre cualquier tema, contrariamente a lo que recomienda y exige la crítica académica, procuro no leer nada de cuanto se ha dicho con anterioridad sobre este para no contagiarme de ideas ajenas; con toda probabilidad, dicho sea de paso, mejores que las mías. Si de algo alardeo cuando hablo o escribo es de procurar hacerlo siempre en nombre propio; me gusta equivocarme solo.

Esta reflexión me asaltó a las mientes cuando me disponía a escribir la reseña teatral del montaje que vi anoche en el Teatro La Latina, sobre el que se ha dicho ya todo cuanto podía escribirse, por la crítica periodística profesional, desde que fuera estrenado hace un año, el 19 de enero de 2018, en el Teatro Goya de Barcelona. Estoy seguro de que mis comentarios no añadirán nada nuevo a lo ya señalado tiempo ha, como lo estoy (no tengo la menor duda) de que coincidiré en el cúmulo de elogios que con toda seguridad se habrán vertido sobre el montaje posiblemente más impresionante que he tenido ocasión de comentar desde que La última bambalina comenzó su andadura. Una fascinación que afecta a todos los elementos de una puesta en escena que considero, sin ambages ni tapujo alguno, perfecta; aumentada por el empleo de un argumento y un tema (el de un odio vengativo que enajena y arrastra al hombre a su lado más oscuro e infernal, y en definitiva, a su destrucción y a la de quienes lo rodean) de clara raigambre romántica, período y estética por los que siento un especial interés.

La historia de la ballena blanca y su obsesionado perseguidor a bordo del ballenero Pequod es lo bastante conocida como para no necesitar ser recordada en estas líneas. Publicada en 1851, Moby Dick, novela del escritor neoyorquino Herman Melville (1819-1891) que inmortalizó a su autor al convertirse en uno de los clásicos más conocidos y populares de la literatura universal, ha sido llevada al cine y a la escena en numerosas ocasiones. En España, en lo que llevamos de siglo, han sido varias las adaptaciones que han recreado la historia del capitán Ahab sobre un escenario. Pero no dudamos en afirmar que este montaje de Andrés Lima, del texto escrito al efecto por Juan Cavestany a partir de la novela original (perfectamente reconocible en la síntesis dramática escrita por el autor madrileño, que merecería con urgencia un premio a la mejor adaptación por este trabajo), establecerá un antes y un después en la historia teatral de esta novela. A partir de ahora será difícil imaginar, para quienes hayan tenido la fortuna de ver a José María Pou en la piel de este desesperado y enajenado héroe romántico, un capitán Ahab con otro rostro y aspecto, con otra voz que no sea la de este descomunal actor que alcanza sobre el escenario la grandiosidad del mito hecho carne. Algún día, hoy mismo, podrá decirse: "yo vi a Pou en Moby Dick". El actor catalán se eleva a una dimensión a la que muy pocos actores han sido llamados; un selecto parnaso reservado a los verdaderamente grandes de la escena.  

Pero si la magnificencia del trabajo realizado por el indudable protagonista de este montaje ha hecho que nuestra mirada se haya recreado con fruición en él, no podemos dejar de señalar la excelente labor de sus compañeros de reparto, Jacob Torres y Oscar Kapoya, encargados de dar vida (y a fe que lo consiguen) a toda la tripulación del Pequod, con una capacidad interpretativa y expresiva, tanto corporal como vocalmente, de una muy alta calidad, capaz de apoyar y dar la adecuada réplica a un José María Pou, como señalábamos, insuperable.

Junto al brillante trabajo actoral, la altura de este montaje la ofrece asimismo la espectacular puesta en escena dirigida por Andrés Lima, quien podría sumar con esta, a los ya conseguidos con Animalario, un nuevo premio Max a la mejor dirección. Simplemente perfecta. Como impecable e impresionante es asimismo el trabajo de todo el equipo que ha ayudado a Lima a hacer realidad esta tragedia moderna de aire operístico -ópera declamada-; desde la escenografía y el vestuario de Beatriz San Juan, la iluminación a cargo de Valentín Álvarez, la música de Jaume Manresa y sonorización de Jordi Ballbé, o la video creación de Miquel Ángel Raió. Espectacular trabajo el de todos ellos.

Siempre fui reacio a la dramatización de textos literarios ajenos al arte escénico, creyendo preferible dar una oportunidad a las muchas obras dramáticas del siglo XIX (preferiblemente españolas) que esperan ser rescatadas y llevadas hoy a nuestros escenarios (¡qué no habría podido hacer este equipo de profesionales con un Don Álvaro o La fuerza del sino!); pero debo admitir que, en esta ocasión, la apuesta dramatúrgica ha merecido la pena. Juan Cavestany ha escrito una obra de teatro original y contemporánea a partir de una novela del siglo XIX; y lo ha hecho espectacularmente bien. Eso también es teatro, y muy buen teatro; como comentaba en un principio, probablemente la mejor obra teatral que he visto en mucho tiempo; o, al menos, quizá la que más me ha gustado (entre gustos anda el juego). No puedo menos que recomendar, muy encarecidamente, la asistencia a un espectáculo escénico no siempre fácil de encontrar hoy sobre los escenarios. A buen seguro, quien no haya visto o llegue a ver este Moby Dick tendrá sobrados motivos para arrepentirse.

La obra permanecerá en cartel, en el Teatro La Latina, hasta el próximo 10 de marzo.

José Luis G. Subías

Fotos: David Ruano

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