Una casa de muñecas en un jardín sin cerezos


En el Teatro Valle-Inclán de Madrid se representa estos días El jardín de los cerezos, el último de los grandes textos dramáticos del escritor ruso Anton Chéjov (1860-1904), estrenado apenas unos meses antes de su muerte en el Teatro de Arte de Moscú, bajo la dirección de Konstantín Stanislavski, quien creó y llevó a la escena el "método" interpretativo por antonomasia del naturalismo escénico. Resulta casi imposible separar este emblemático texto del realismo psicológico ruso (al igual que las restantes grandes obras dramáticas de su autor: La gaviota, Tío Vania y Las tres hermanas) de la fórmula naturalista del director que la puso en pie por vez primera hace más de cien años. Esta vinculación ha pesado en las diferentes representaciones del texto realizadas a lo largo del último siglo, que, de uno u otro modo, normalmente han reproducido con una mayor o menor fidelidad realista el tono "finisecular" de una obra ambientada a finales del siglo XIX. Sin embargo, la versión arreglada y dirigida por Ernesto Caballero, en la que supone su despedida del Centro Dramático Nacional que ha dirigido durante más de siete años, se aleja de cualquier idea preconcebida que pueda tenerse de la obra y la imaginería estética con que la asociamos.

En un arriesgado coup d'effect, Caballero opta por alejarse del realismo estereotipado con que se asocia el texto para indagar en nuevos caminos y enfoques más actuales, que, sin perder lo "inmutable y esencial" de la pieza, acerquen esta al lenguaje y a los códigos expresivos y significativos de nuestros días. El camino elegido por el director, que nos parece valiente, valioso y posible (como cualquier opción en el arte, siempre que el resultado se halle a la altura de la intención), coquetea con el distanciamiento tragicómico de la farsa y la entrega a un juego teatral en el que los guiños a un supuesto receptor cómplice de estos menudean en un discurso que potencia el simbolismo, la plasticidad visual, el efectismo escenográfico (excelente trabajo el de Paco Azorín) y, en definitiva, las muestras de una prestidigitación escénica que, sin embargo, no llega a alcanzar el tour de force necesario para sorprender y deslumbrar al público

Nos hubiera gustado decir lo contrario, pero lo cierto es que tras la aparente modernidad del montaje propuesto por un dramaturgo y director cuyo trabajo admiramos (como hemos dado muestra, en repetidas ocasiones, en La última bambalina), este resuena a algo ya visto en demasiadas ocasiones sobre el escenario, y los recursos empleados para epatar, repetidos hasta el exceso en la escena actual, vengan o no a cuento, no consiguen producir el efecto deseado: vuelta de nuevo a una videoescena que ya empalaga por previsible, vestuario actualizado con guiños de época cuyo efecto ignoramos si es el pretendido (brillante, creemos -en coherencia con el planteamiento escénico-, la sustitución de las botas de Yepihodov por unas singulares deportivas azules, propias de un payaso, que hacen ruido al andar), pelucas de cotillón "fin de año" y de carnaval provinciano, música y bailes "modernos" apropiados para una tarde de boda, con karaoke incluido, y el canto premeditadamente desacompasado y juerguista de un I want to break free de un Freddie Mercury que viene tan a cuento como el "Sin documentos" de Los Rodríguez tarareado por el especulador Lopahim.

El jardín de los cerezos no solo recoge, como pocas obras de su tiempo, el impresionismo estético característico del período de entre siglos, sino que centra su acción, precisamente, en plasmar, con un tono no exento de cierta ensoñación nostálgica (propio del decadentismo simbolista de la época a que la obra pertenece), la reivindicación del nuevo mundo -la nueva sociedad- que irrumpe con fuerza con el siglo XX, anunciada de un modo más intelectual y teórico por el estudiante Trofimov, y manifestada de forma tangible y poderosa por el enriquecido comerciante Lopahim. Y, a pesar del juego circense propuesto por Ernesto Caballero en su montaje, debemos admitir que la esencia del decadentismo estético y de la decadencia real de la vieja aristocracia rusa reflejada por Chéjov en su texto se mantiene en esta versión. Percibimos con nitidez y una exageración casi esperpéntica la degradación de una clase otrora poderosa, pedante, frívola, inútil y arruinada, no muy alejada de aquellos hidalgos pretenciosos y hambrientos de nuestra tradición literaria; como percibimos la dureza de unos hachazos sobre los cerezos del jardín de Lyubov Andreyevna equiparables al sonido de la guillotina que acabó con el Antiguo Régimen cien años antes.

Un reparto de lujo, de trece actores, da vida a los numerosos personajes que intervienen en la obra: Chema Adeva (Pischik), Nelson Dante (Lopahim), Paco Déniz (Yepihodov), Isabel Dimas (Firs), Karina Garantivá (Dunyasha), Miranda Gas (Varya), Carmen Gutiérrez (Sharlotta), Carmen Machi (Lyubov Andreyevna), Isabel Madolell (Anya), Fer Muratori (Jefe de estación), Tamar Novas (Trofimov), Didier Otaola (Yasha) y Secun de la Rosa (Gayev). Impecables en su trabajo, el tono de sus respectivas interpretaciones se acompasa al del planteamiento escénico ya señalado. No busquemos una introspección psicológica en un montaje cuya intención se halla muy lejos del naturalismo; la construcción de los personajes y su "verdad" camina por otros derroteros, que estos recorrieron con absoluta solvencia. Perfectos todos en su cometido, quisiéramos destacar -sin menoscabo del resto del elenco- el trabajo de una Carmen Gutiérrez que estuvo espectacular en su papel de Sharlotta Ivanovna.

Este nuevo y singular montaje de El jardín de los cerezos se mantendrá en cartel, en el Teatro Valle-Inclán, hasta el 31 de marzo.

José Luis G. Subías

Fotos: marcosGpunto

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