"La venganza del señor Pellicer", una comedia negra que desnuda los difusos límites entre la inmoralidad y la virtud


Los asesinos somos gente honrada podría haber sido el título alternativo de la divertida y sugerente comedia que vimos anoche en la sala Nueve Norte de Madrid, con el título de La venganza del señor Pellicer, obra original de Martín Garrido Ramis cuyo planteamiento y trama nos atraparon desde el primer momento. Al igual que el actor que conduce esta, durante más de la mitad de la representación, Fernando Acaso, en quien descubrimos a un curtido y polifacético hombre de escena, con una de esas voces profundas que llenan el escenario. Excelente su presencia y dicción. Como excelente nos pareció un montaje, a cargo del propio autor de la obra, vestido con la sobriedad que requiere la historia presentada, al que no le sobra ni falta nada.

Estrenada en diciembre de 2019, en el Teatro de las Letras, y llevada posteriormente a la sala Nueve Norte de la capital madrileña, donde el confinamiento que llevó a los teatros a cerrar sine die la sorprendió en el mes de marzo, La venganza del señor Pellicer ha sido una de las primeras piezas rescatadas por Nueve Norte para su puesta en escena tras la reapertura de esta acogedora sala situada en la calle y número que le da nombre. Reestrenada el 3 de julio, la obra ha venido representándose durante todos los viernes de este mes, y aún podrá disfrutarse el próximo 31 de julio. Cita más que recomendable para quien aún no haya tenido ocasión de disfrutar del talento y buen hacer de los dos actores que la interpretan: el ya citado Fernando Acaso y Julián Valcárcel, que no le va a la zaga a su compañero, en una actuación que nos resultó asimismo memorable. Su personalidad y naturalidad sobre el escenario, encarnando al Sr. Pellicer, hicieron que pronto se pusiera a la altura y dialogara de tú a tú con un Acaso que había estado soberbio en su largo monólogo previo, en el que ofreció un rico muestrario de voces y sentimientos en una permanente conversación telefónica -a través de fijo y de móvil- con dos mujeres ausentes en escena -la madre y la novia del asesino al que representa-, pero muy presentes en la vida de su personaje, Juan Crespillo; tanto, como el padre al que este no deja de recordar y marcó su vida.

No asoma un ápice maldad en los dos personajes construidos por Martín Garrido Ramis, sobre los que recae toda la atención y el interés de la pieza; o quizá sí. Lo límites entre la virtud humana, la dignidad profesional, la honestidad -tanto en uno como en otro caso-, la moral y lo correcto de desdibujan en una historia donde nada es lo que parece y los papeles de víctimas y verdugos se confunden y mezclan con más frecuencia de lo que debieran -o quizá no-, en una suerte de mixtura excesivamente humana donde la vileza muestra su fragilidad y las miserias su orgullo, dejándonos, a medida que avanza la acción, una creciente sensación de empatía hacia quienes, en realidad, de lo que están hablando es de un asesinato. Pero, también, de su propia posición en el mundo. Magnífica introspección distanciada, irónica y vestida de tragicómico humor negro que desnuda la hipocresía de los valores y fachadas adquiridos y el deseo de ser libres; o, quizá, simplemente, queridos y aceptados.

Lo que nos muestra finalmente La venganza del señor Pellicer es las patéticas vidas de un asesino y de su cliente; pero probablemente también de su víctima y de cuantos rodean a los personajes. Las patéticas vidas de todos. Un patetismo que despoja a la situación dramática planteada de cualquier pathos trágico, para humanizar -y salvar-, por la vía del humor y la complicidad compartida, a los personajes.

José Luis GonzálezSubías 

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