Un personaje para un actor: José Luis Gil y "Cyrano de Bergerac"


Una vez más ha vuelto a ocurrir. Ha vuelto a suceder. Anoche se produjo de nuevo el milagro en el interior del Teatro Reina Victoria (en el exterior, otras aventuras menos milagrosas estaban teniendo lugar, por bullangueros viandantes cuyos jocosos berridos mostraban tal intensidad que eran capaces de atravesar las paredes del templo sagrado, afortunadamente confundidos con las voces de los pendencieros gascones de la ficción). La magia del teatro había vuelto a surgir, para contagiar su efecto hipnótico en un público y unos actores entregados a un mismo rito que les divirtió, los emocionó y los trasladó, en suma, a ese lugar donde el Arte es capaz de elevar al ser humano a un estado más allá del tiempo y el espacio, reino de la imaginación, el intelecto creativo y los sentimientos sublimados. Y el prócer en torno al cual tuvo lugar esta ceremonia mística, el oficiante que contagió a sus compañeros y arrastró tras de sí a la sala, con su longa y desafiante nariz, y una voz arrebatadora, profunda, intensa, llena de vida y verdad, dando forma a las palabras y versos que Edmond Rostand (1868-1918) puso en boca del poeta Cyrano de Bergerac en 1897, fue un insuperable José Luis Gil, que borda su personaje.

La historia que se representa en Cyrano de Bergerac es de todos conocida (ha sido representada y llevada al cine en numerosas ocasiones). Una historia de amor y altruismo, ambientada en el siglo XVII (en plena Guerra de los Treinta Años), en la que un valiente espadachín y poeta, temible con la espada y sus versos, acomplejado por la deforme y grosera nariz que preside su cara, calla el amor que siente por su prima Roxanne y presta su verbo al apuesto, pero poco locuaz, Christian, a quien esta cree amar. Enamorada de las palabras de Cyrano, Roxanne solo descubrirá el amor de su primo quince años más tarde, cuando este, agonizando, recite en voz alta los versos de la última carta supuestamente escrita por su marido antes de morir en la guerra, donde se despedía de ella; al igual que vuelve a hacer ahora, con su último aliento, quien fuera su verdadero autor, a quien Roxanne siempre amó sin saberlo.
Tras más de un año de exitosa andadura (se estrenó en el Teatro Carrión de Valladolid, el 21 de abril de 2017), esta versión de Cyrano de Bergerac, que, desde el pasado 15 de marzo sigue recogiendo, noche tras noche, en el Teatro Reina Victoria de Madrid, los aplausos entregados del público, es un proyecto personal, un anhelo hecho realidad por un José Luis Gil que admiró desde siempre al personaje, gracias al apoyo de Alberto Castrillo-Ferrer, director de este magnífico montaje, al que ha sabido dotar de un ritmo, una elegancia y una plasticidad que, sin duda, son parte merecedora de su éxito. Con un planteamiento tradicional de la puesta en escena, sin arriesgadas concesiones a una experimentación que no se aviene con el sentido de la obra, Castrillo-Ferrer va engarzando cada una de las múltiples escenas que componen este extenso drama de más de dos horas de duración, con una aparente sencillez, fruto de numerosos recursos escénicos que ha sabido emplear sin estridencias; desde la sabia utilización de un fondo de madera, aprovechado para, añadiendo mínimos elementos o proyectando sobre él puntuales y escogidas imágenes, generar los múltiples espacios donde transcurre la trama, al empleo del canto o la orquestación coreográfica en escena, en algunos momentos de la pieza. Todo ello, junto con la incorporación del público al espectáculo metateatral con que principia la función; el uso de la esgrima, con su inconfundible toque de época, la sonoridad y el dinamismo que otorga a la acción; el uso del pasillo central de la platea, en la primera intervención de un Cyrano que atrapa y seduce inmediatamente a los presentes; o la quijotesca batalla entre este y cien hombres, de enorme belleza plástica, resuelta con suma inteligencia por el director al hacer interactuar al personaje real con las imágenes del enfrentamiento (convenientemente recreadas con dibujos) proyectadas al fondo.

     
Pero el principal acierto de esta versión, obra de Carlota Pérez Reverte y el propio Castrillo-Ferrer, absolutamente respetuosa con el texto de Rostand, reside en que, como afirma su director, es este "un montaje de actores y de texto. Todo lo demás suma, pero no molesta". Ante un buen texto teatral (y este lo es), la labor de un director de escena es potenciar el valor de su palabra y dar a los actores, los encargados de dar vida a la literatura, todo el protagonismo y la atención. José Luis Gil, Ana Ruiz, Álex Gadea, Javier Ortiz, Carlos HerediaRocío Calvo y Ricardo Joven cumplen con soltura este papel, y todos ellos, individualmente y en conjunto, tienen momentos dignos de encomio. Nos emocionó la sincera emoción de Ana Ruiz (Roxanne) al escuchar la declaración de amor de Cyrano antes de morir (también a una mujer del público, cuyo sollozo superaba en intensidad a las lágrimas de la propia actriz); como lo hizo la interpretación auténtica, natural (sin perder su teatralidad) y profunda de José Luis Gil, espectacular e imponente. 

Todos los registros de la tragicomedia son explotados por el director de este intenso montaje con aire de farsa y drama romántico sentimental, con ribetes de teatro bufo, donde los actores deben desplegar sus dotes histriónicas para provocarnos la desinhibidora risa o conducirnos, por vía de la sinceridad interpretativa, al hondo sentido dramático de la emoción. Y por todos esos estados pasó (pasamos) anoche el público asistente a la representación de este Cyrano de Bergerac que, durante varios minutos, ovacionó y aplaudió de pie a unos actores (y, con ellos, a todo el equipo que hizo posible lo sucedido) en cuyos ojos se reflejaba la misma satisfacción y gratitud de quienes, desde la platea, acabábamos de completar esta ceremonia mágica.

Fotografías de Moisés Fernández

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