La "romántica" realidad galdosiana se hace visible en los Teatros del Canal
Desde la primera vez que leí Realidad (1892), de Benito Pérez Galdós , en su versión teatral, aquel texto con el que el autor iniciaría una rica y nueva aventura literaria, en un género con el que se reinventaría a sí mismo sobre la escena y cultivaría hasta el final de sus días, quedé fascinado por la fuerza e intensidad de los conflictos planteados y el inconfundible valor de unos diálogos en los que la palabra y la acción se conjugan con esa naturalidad y cohesión precisa -y característica- de los textos que saben a teatro de verdad. Galdós tuvo tiempo de demostrar, en los cerca de treinta años que dedicó a la literatura dramática -los de su madurez y provecta sabiduría-, que llegaba a ella no como un neófito barbilampiño dispuesto a acabar con todo aquello que no comprende y desprecia, a ofrecer el maná purificador, salvador, del último grito, de la nueva -pocas veces realmente nueva- ocurrencia, sino como un escritor con una larga trayectoria, dueño de la palabra, pero tambié...