Alfredo Sanzol vuelve a brillar como dramaturgo y director en "La última noche con mi hermano", un drama de hermandad y muerte lleno de vida
Hay que reconocer que, cuando Alfredo Sanzol acierta -lo cual hace con frecuencia-, es capaz de crear verdaderas obras de arte sobre la escena. Y eso es lo que ha conseguido con La última noche que pasé con mi hermano , una obra escrita y dirigida por un Sanzol que ha sabido mostrar en ella lo mejor de sí mismo como dramaturgo -en un texto perfectamente construido e hilvanado- y como director: la pieza fluye con armonía, intensidad y ligereza, en un ritmo constante y bien medido que atrapa al espectador y lo conduce, sin que este apenas lo note, hacia un crescendo y un desenlace que llegan de forma natural, sin que los casi ciento cuarenta minutos que dura la acción lleguen a cansar en modo alguno. Todo cuanto sucede en esta obra se percibe como inevitable y natural . El lenguaje, los personajes, las situaciones resultan familiares y cercanas, al igual que el dolorido tema que da pie a la historia: la muerte de un ser muy cercano y muy querido, en este caso una hermana; y a una ...