"Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán", de María Goiricelaya, un texto y un montaje que abordan la inevitable realidad de la muerte en nuestra vida


Vivimos en una cápsula personal que nos hace creer que somos eternos, inmortales; hasta que la realidad, impulsada por el lento pero contumaz, inexorable -y un día amenazante- paso del tiempo se alza con toda su virulencia ante nosotros adoptando su verdadero nombre: la muerte. 

De esto y no de otra cosa trata Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán, la obra escrita y dirigida por María Goiricelaya, que desde el 19 de febrero se representa en la sala Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía. No recuerdo haber visto expresados nunca, con tal realismo, con tanta elegancia y crudeza al mismo tiempo, la agonía, la angustia, el dolor, la impotencia que supone para una familia, y para cualquier persona, asistir a los últimos momentos de vida -meses, semanas, días, horas- de alguien muy cercano y querido, y el modo en que uno mismo afronta tan definitivo, radical y certero final. 

María Goiricelaya
ha sabido transmitirlo, en un montaje vestido con el lenguaje de la modernidad y lo cotidiano, sin grandes alaracas ni misterios, más que el misterio mismo de lo que resulta imposible de aceptar y comprender. Cualquier tratado filosófico, cualquier elegía poética se vuelven inanes y vacuos, puro humo, ante la fuerza del mensaje vertido por la autora vasca en esta fantástica obra, plagada de reflexiones en torno al viaje que iniciamos nada más nacer y no sabemos cuándo concluye. Un viaje o camino que el recorrido a través del Camino De Santiago iniciado por Ane (Ane Pikaza) y Santi Juaristi (Patxo Telleria), juntos o imaginariamente, convertirá en metáfora de la propia vida, de nuestros sueños y metas, nuestras aspiraciones, nuestros miedos, del dolor, del espíritu de superación, del encuentro y la amistad, del amor... del deseo. Un viaje cuyo destino, sea cual sea, siempre es liberador cuando concluye.

En este viaje encontraremos en el camino personas que hallan iniciado a su vez el suyo y busquen -o no- respuestas a las dudas y preguntas -quizá inconscientes- que les hayan surgido en su personal peregrinación, acompañantes con los que puede que establezcamos sólidos vínculos y con los que podremos tal vez seguir caminando juntos. Pero también esos lazos, algún día, deberán soltarse, en la inevitable despedida de quienes, tras la vida, inician un nuevo y desconocido camino que todos debemos emprender solos.

La autora de este intenso drama plantea a su vez un importante tema de nuestro tiempo, ligado al de la muerte: los medios existentes hoy en día para afrontar ese momento del mejor modo modo, mediante los cuidados paliativos y el concepto del "buen morir". A veces con humor y desenfado, recurriendo a la sátira o la parodia, Goiricelaya plantea diversas situaciones, protagonizadas por los más variopintos personajes de la realidad, que permiten ofrecer un amplio retrato -con tendencia a la caricatura- de nuestra sociedad, vista desde el distanciamiento de quien sabe que lo verdaderamente importante se halla en otro lugar. El mundo se convierte en un decorado de cartón piedra, puro teatro, que desaparece al caer la máscara o el telón.

El montaje propone un diálogo entre distintos planos visuales; el creado en la realidad del escenario -reconstruida con un mínimo atrezo- y la dimensión tridimensional ofrecida por la proyección cinematográfica que acompaña, envuelve y da sentido a esta. La escenografía planteada por David Pascual se apoya en el citado minimalismo escénico, potenciando el fondo del escenario como lugar donde, alternando con las proyecciones, se recrean ingeniosamente -mediante dos paneles movibles lateralmente- muy distintos ambientes, que contribuyen a crear asimismo el muy acertado vestuario de Daniel F. Carrasco y el espacio sonoro diseñado por Ibon Aguirre.

Junto a los citados Ane Pikaza y Patxo Telleria -ambos fabulosos en sus respectivas interpretaciones- protagonizan esta excelente propuesta de la compañía vasca La Dramática Errante Loli Astoreka, Aitor Borobia, Idoia Merodio y Egoitz Sánchez. Un reparto muy sólido y compacto que realiza un magnífico trabajo actoral. 

Tras mucho tiempo viendo, analizando y estudiando el arte teatral, sigo sin saber cuál es la fórmula que provoca la magia escénica, esa que surge inesperadamente cuando algo -ese no sé qué que decía Feijoo- que sucede en el escenario nos atrapa y enajena, haciéndonos vivir y sentir un estallido que erupciona en risa, o una punzada interior que se transforma en lágrima. Cuando eso sucede no queda nada más que decir, la magia se ha producido. Y aseguro, por experiencia propia, que esta obra es capaz de provocarlo. Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán, de María Goiricelaya, seguirá representándose en la sala Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía, hasta el 8 de marzo. Aún están a tiempo de vivir la experiencia de percibir la realidad de la muerte desde la cotidianeidad de lo inevitable y lo dolorosamente cercano, con paliativos o sin ellos, a través del prisma catalizador del arte escénico. Decididamente, una muy original e interesante obra, que no puede -no debería- dejar indiferente a nadie.

José Luis González Subías


Fotografías: Hodei Torres

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