La novela de Orwell "1984" recala en el Teatro Fernán Gómez, en una excelente versión de Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca dirigida por este


No es la primera vez que 1984, la conocida y emblemática novela de George Orwell, cuya distópica visión sobre el futuro tres cuartos de siglo después de su publicación ha mostrado su vigencia, se sube a un escenario. Y tampoco es la primera ocasión en que una adaptación escénica de esta novela se estrena en España; la última tuvo lugar en 2018, a cargo del mismo equipo que estos días ha trasladado de nuevo a escena la versión de 1984 escrita por Javier Sánchez-Collado y Carlos Martínez-Abarca, bajo la dirección de este último. 

De los miembros originales de aquel reparto se mantiene la actriz Cristina Arranz (Julia), a la que acompañan ahora como intérpretes David Lázaro (Winston Smith), Javier Ruiz de Alegría (O'Brien) y Javier Bermejo, que da vida nada menos que a seis personajes, con una admirable versatilidad histriónica.

La historia narrada por Orwell -porque de nuevo nos hallamos, no lo olvidemos, ante la adaptación de un texto no escrito originalmente para los escenarios, sino para su lectura reposada y meditada en la intimidad- nos presenta la imagen distópica de un futuro aterrador, demasiado reconocible, por desgracia, en nuestros días. En él, la humanidad se halla sometida a una forma de sometimiento y esclavitud, desde un totalitarismo inhumano, sin rostro reconocible -tan solo un ojo que todo lo observa a través de las pantallas-, cuyos tentáculos se extienden a cualquier parte y controlan cualquier acto de disensión y de pensamiento propio, esto es, libre. 

Ajenos a todo, las clases proletarias y humildes (los proles), incapaces de reaccionar a una situación que les supera y domina, malviven perdidos en su miseria y su decadencia humana. Tan solo se alza, frente a la opresión y el ciego servilismo al partido unitario, un foco de resistencia, tan secreto y misterioso -por necesidad- como la propia fuente -el Hermano Mayor- de la que emana todo el poder. En él reside la esperanza de Winston Smith y Julia, dos trabajadores y miembros del partido que, unidos por el amor y el deseo, y su anhelo de libertad, pretenden unirse a la citada resistencia. Ahorramos el final de este conflicto para que sea el propio espectador -si no ha leído antes la novela- quien lo descubra en el teatro.

Desde el punto de vista de la construcción dramática, la versión de Sánchez-Collado y Martínez-Abarca es excelente
. Esta, con la acertada dirección del propio Martínez-Abarca, consigue crear un tempo escénico de gran solvencia, muy ágil. El ritmo del montaje no decae en ningún momento y se articula en una melodía perfecta de escenas que se suceden sin corte alguno, guiando la atención y el interés por una historia que atrapa, subyuga y alcanza el paroxismo en los momentos finales de la acción. La impecable dirección, apoyada en el magnífico trabajo de Javier Ruiz de Alegría como responsable de la iluminación y la creación del espacio escénico, el sonido -a cargo de Eduardo Ruiz Lozano- y la videoescena de David Miguel Blanco, y el no menos impecable trabajo actoral de David Lázaro, Javier Ruiz de Alegría, Cristina Arranz y Javier Bermejo, dan como resultado un espectáculo teatral que no deja en modo alguno indiferente y provoca una conmoción en el espectador.

Algo de Mayorga -por si les sirve de algo la comparación- hay en el fondo, el tono y el mensaje ofrecido en esta truculenta historia distópica llevada al teatro, que se representará en la Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez hasta el 5 de abril. No dejen de asistir a este 1984 de Orwell, en versión teatral, que les enfrentará a ficciones capaces de provocar, por su realismo y cercanía, las mayores pesadillas respecto a un futuro incierto, por desgracia demasiado "cierto".

José Luis González Subías


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