"El jardín de los cerezos" en una extraordinaria versión, entre decadente y modernista, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente


Anton Chéjov retrató en El jardín de los cerezos (1904), la última de sus obras, a la que sobrevivió apenas unos meses tras su estreno, el inevitable choque entre dos mundos; uno viejo y caduco, convertido en sombra de lo que fue y ceniza a punto de desvanecerse, y otro pujante, osado e irrefrenable, nuevo, moderno. Este enfrentamiento, siempre presente, pero más acusado en los momentos históricos donde se han producido significativos saltos cualitativos en el tiempo, cambios de época, se mostró con toda su intensidad en el paso del siglo XIX al siglo XX. Chéjov dejó como testamento literario una de las obras que mejor han plasmado este conflicto sobre el escenario, personificado, por un lado, en las figuras de la ostentosa y espléndida -y arruinada- terrateniente Liuba Andreyevna Ranevskaia (Carmen Conesa) y su séquito de amigos pedigüeños, familiares y criados, que viven al amparo de quien no es ya más que un símbolo, incapaz de sostener económicamente su dispendiosa vida, de la que participan quienes la rodean; mientras que Ermolai Alekseyevich Lopajin (Chema León), también -a su manera- el estudiante Piotr Sergueyevich Trofimov (Jesús Torres) o incluso Varya (Marta Poveda), la hija adoptiva de Andreyevna, son los actantes opuestos de este conflicto.

Ese mundo que agoniza y necesita adaptarse a la nueva realidad -social, humana, económica- que se abre paso está representado, simbólicamente, en la finca de Andreyevna y el huerto de cerezos que hay en ella; al que cariñosamente denominan "jardín", en un gesto de aristocrático orgullo tras el que asoma el valor paradisíaco otorgado a este por quienes han vivido y crecido junto a él. El nulo valor práctico del jardín frente al rústico, pero productivo, huerto, expresa con nitidez un conflicto abordado en aquel tiempo por la literatura modernista -no parece casual que, durante toda la obra, a los pies del escenario, repose una rosa roja; la flor que simboliza la belleza, a la par que la fragilidad, en el Modernismo-. El paraíso perdido representado por ese jardín y la casa que adorna, lo es también, como muy acertadamente señala Ignacio García May, autor de la versión estrenada el 15 de febrero en la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez, el de la infancia.

Esta excelente versión, que sigue fielmente la obra original y no ha ahorrado detalles en favor de una síntesis que habría recortado la -debemos reconocerlo- algo excesiva duración de la función, constituye el soporte literario sobre el que Juan Carlos Pérez de la Fuente ha vuelto a construir un montaje de enorme belleza, una joya artística en sí mismo. El desparpajo y la habilidad de este director incapaz de ofrecer productos escénicos mediocres, que vuelca sobre el escenario toda su pasión y enorme habilidad como conductor y creador sensorial de historias, es asombroso. Pocos directores son capaces de utilizar el espacio escénico como él, aprovechando toda su extensión y sacando partido a cada rincón del escenario, o del patio de butacas. En sus montajes, todos los elementos sígnicos del espectáculo teatral se activan y ponen al servicio de grandes creaciones, como la que nos ocupa, en las que la escenografía, la iluminación, los efectos sonoros, el vestuario o la caracterización -siempre en función del conjunto, pero de enorme valor en sí mismos- buscan el máximo efecto escénico.

Rodeado de un equipo artístico de gran solvencia, el propio Pérez de la Fuente, junto a Isi Ponce, se ha encargado en esta ocasión del diseño de una escenografía que constituye uno de los muchos aciertos del montaje. La sombría y estilizada belleza del conjunto, y la multitud de detalles que "adornan" las diferentes escenas -globos aerostáticos en miniatura, cerezos, locomotoras, muñecos y juegos de infancia, teatro de guiñol...-, dan al conjunto un aire de decadentismo finisecular muy presente en esta versión, que abandona el realismo chejoviano para ahondar en el simbolismo, también propio de la época y, en mi opinión, más adecuado al espíritu de la pieza. Un decadentismo parnasiano, en la búsqueda de un refinamiento más que logrado en el extraordinario vestuario diseñado por Rosa García Andújar. Excelente asimismo el uso de la iluminación -capaz de crear y hacernos sentir un río sobre el escenario-, a cargo de José Manuel Guerra, el espacio sonoro propiciado por Ignacio García o el empleo de la videoescena, por Violeta Nêmec, junto con el resto del equipo creador que ha intervenido en este gran  montaje.

Pérez de la Fuente ha contado con un generoso elenco de trece actores, de notable solvencia -con alguna disonancia-, encabezado por una fantástica Carmen Conesa, que marca el tono de la distinción y la elegancia en su memorable interpretación de Andreyevna Ranevskaia. Junto a esta, completan el reparto la siempre brillante Marta Poveda (Varya), Helena Ezquerro (Ania), Juanma Cifuentes (Boris Borisovich Semyonov), Chema de Miguel (Firs), Chema León (Lopajin), Manuel Macía (Yasha), Borja Maestre (Caminante / Mendicante), Cristina Marcos (Carlota Ivanovna), Markos Marín (Leonid Andreyevich), Noelia Marló (Dunasyha), José Gonçalo Pais (Epijodov) y Jesús Torres (Trofimov)

¿Es necesario explicar el desenlace del conflicto planteado por Chéjov en El jardín de los cerezos? Estoy seguro de que no. Les recomiendo en cualquier caso el sorprendente e impactante final con que concluye este espectacular montaje, el mejor de cuantos ha visto quien les habla, de una pieza imaginada de muchas formas por quienes la han llevado alguna vez a escena; pero pocas veces con tanta exquisitez, buen gusto y belleza formal como las empleadas por Juan Carlos Pérez de la Fuente en su extraordinaria versión, de la mano literaria de Ignacio García May, que podrá verse hasta el 12 de abril en la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez.

José Luis González Subías
  

Fotografías: Javier Naval

Comentarios

Entradas populares de este blog

"La Patética", una propuesta escénica de elevada intensidad conceptual y alto valor estético, escrita y dirigida por Miguel del Arco

"El teatro de las locas", un estimulante espectáculo de arte dramático creado y dirigido por Lola Blasco

"Remátame otra vez", un thriller cómico entre lo grotesco, el astracán y el absurdo, con muerto y mayordomo incluido