La palabra, el dolor y el sonido del rey Sabio y su época, en "Alfonso X, la última cantiga"


Alfonso X, el Sabio... nada menos. No conozco ninguna obra teatral que haya abordado su imponente figura -lo cual podría no ser más que una simple constatación de mi ignorancia-, referente ineludible en la historia de nuestra lengua, nuestra nación, nuestra cultura, y de la propia historia de Europa, en los quinientos años de andadura que nuestra literatura dramática -año arriba, año abajo- lleva a sus espaldas. Ya solo plantearse, bien adentrado el siglo XXI, convertir a este monarca en personaje dramático es una hazaña digna del mayor encomio, solo imaginable en algún Quijote anónimo de nuestra cultura, de esos que todavía cabalgan con el rostro girado hacia el viento y los ojos semientornados del buen soñador, y a veces nos sorprenden agitando su estandarte para gritar: ¡Eh, aquí estamos!

Jesús Lozano
, autor y director de Alfonso X, la última cantiga, es uno de esos rapsodas de la vida y la palabra en forma teatral, que arremete contra molinos, construye palacios y otea almenas en un mundo donde el culto a las nuevas tecnologías, la permanente novedad y la última ocurrencia -venida para mejorarnos la vida y, por supuesto, quedarse- han acabado con cualquier ápice de romanticismo; signifique ya esta palabra lo que signifique. Nada más romántico y épicamente teatral que llevar a un escenario las boqueadas vitales de un rey que, en sus últimos momentos, repasa, desde el dolor del fracaso, el desamor y la pérdida, algunos de los momentos más importantes de su reinado: sus esperanzas frustradas de llegar a ser emperador del Sacro Imperio Germánico, su amor a las artes y las ciencias, su deseo de regenerar el reino, sus enfrentamientos con los poderosos nobles de su tiempo, la muerte de su primogénito Fernando y la guerra con el segundo de sus hijos, Sancho; el abandono de su esposa doña Violante, el remordimiento por la orden de ajusticiar a su hermano Fadrique; y una grave enfermedad que lo acompañó y contribuyó a minar su carácter. Un complejo personaje, en fin, desde el punto de vista psicológico, reconstruido magistralmente por Lozano en un trabajo literario de altura, hecho carne en la excelente interpretación del monarca, protagonizada asimismo por este.     

Acompañan a Jesús Lozano, en esta aventura al pasado, su Dulcinea y musa Inma Cedeño, que encarna a la esposa y reina Violante de Aragón; Sara Marina, en calidad de juglaresa Alamanda; Ivo Blanek, magnífico juglar que se metamorfosea en soldado y en el cuerpo exangüe del infante Fernando; y Emilio Villalba y Belisana Ruiz, como juglares y músicos que completan un espectáculo donde el elemento lírico ocupa un destacado lugar, al lado de la palabra, hecha también música en la delicada y entonada voz de Ivo Blanek, con el apoyo del resto del cuarteto canoro. Magnífica reconstrucción de unos instrumentos y melodías de época que nos permiten disfrutar de un conjunto de siete bellas cantigas galaico-portuguesas, tantas como cuadros componen este drama histórico de ambientación medieval, cada uno de los cuales introducen bajo la espléndida dirección musical de Emilio Villalba.

Con un escogido y efectivo atrezo, inequívocamente de época, y un excelente trabajo de vestuario que otorga al montaje un realismo escénico de acentuado valor historicista, esta coproducción extremeña capitaneada por María de Melo Producciones es un espectáculo sin duda original, difícil, ambicioso y arriesgado, en un panorama escénico rico en ofertas para todos los gustos. Teatro cultural -permítasenos la redundancia-, teatro de palabra, con una intensa y medida interpretación actoral que marca el tono dramático del discurso, y un brillante acompañamiento musical que es protagonista asimismo del espectáculo, Alfonso X, la última cantiga abandonó ayer Madrid, tras un breve periplo de cinco funciones dispersas en la sala Lola Membrives del Teatro Lara, para regresar a su Almendralejo de origen. Muchas y muy buenas sensaciones ha dejado su fugaz estancia en la capital, y estamos seguros de que serán otros muchos los lugares -así lo deseamos- donde la última cantiga de nuestro rey Sabio vuelva a escucharse.

José Luis González Subías


Fotografías: José Bayón y Paco Collado

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