Entre la realidad y el deseo en "Todas las noches de un día", de Alberto Conejero


Una larga tradición dramatúrgica subyace (y se muestra) en la forma y el fondo de Todas las noches de un día, la obra de Alberto Conejero que estos días puede disfrutarse en el Teatro Bellas Artes de Madrid. La voz de este escritor jienense, que coquetea con las palabras con el aplomo y la seguridad de quien hace tiempo fue bendecido por las musas del séquito de Apolo, constituye uno de los bastiones más sólidos y esperanzadores de un teatro español que, en el siglo XXI, ha vuelto a encontrar su lugar (y a su público) e iniciado un camino ascendente pleno de aciertos y satisfacciones.

Sensibilidad, hondura en las pasiones humanas y dosificación de los afectos, conocimiento del ritmo escénico, dominio de la trama y habilidad en el uso de la intriga son algunos de los ingredientes empleados por Conejero en la confección de un texto de hondo sentido lírico y dramático en el que asistimos a una misteriosa historia de amores callados y prohibidos, deseos ocultos, traumas lejanos y presentes, fidelidad y autodestrucción, donde la vida y la muerte palpitan al unísono en un universo fantasmal en el que la realidad se confunde con lo etéreo y el pasado con el presente. 

La acción se desarrolla en el invernadero de la casa que fue de Silvia (Ana Torrent), cuya desaparición ha motivado la presencia de la policía en el lugar y el sugerido interrogatorio a que está siendo sometido Samuel (Carmelo Gómez), el jardinero que ahora la habita y acompañó a la señora durante años. A través de las inconexas, trastabilladas, incluso enajenadas respuestas de este a las supuestas preguntas que se le formulan, asistimos a la reconstrucción de lo sucedido en esa casa y la relación existente entre sus dos únicos moradores: la señora y Samuel. Carmelo Gómez y Ana Torrent pisan el escenario con esa soltura tan característica de los grandes actores, cuya sola presencia llena de magia y verdad teatral cuanto sucede y dicen. La privilegiada voz del primero, masculina y honda, sirve de hilo conductor a un texto de intenso (aunque medido) lirismo, acentuado en la grácil figura y aterciopelado acento de Ana Torrent. Inmensa esta en el fascinante juego de seducción que emplea con su empleado y su libidinosa coquetería, que nos hace ver en algunos momentos a la señorita Julia de Strindberg; como nos recuerda asimismo, en su espera del eterno prometido que nunca vuelve y finalmente la abandona, a la doña Rosita de un Lorca cuyo realismo poético percibimos con claridad en el texto de Alberto Conejero. Un realismo poético, y fantástico, que nos traslada asimismo al teatro de Jaime Salom en algunas de sus piezas más representativas de los años sesenta y setenta; momento al que nos devuelve la propia ambientación de un texto cuya deuda con el siglo XX es manifiesta. A aquellos años remite el tocadiscos con forma de maletín y la música que baila Silvia; como a un pasado novecentista nos traslada asimismo el acogedor y sugerente invernadero creado por Monica Boromello, cuyas escenografías no solo reproducen (magistralmente) los espacios soñados por dramaturgos y directores, sino que constituyen un objeto de arte en sí mismas. Excelentes los efectos de luz y sonido, a cargo de Juan Gómez-Cornejo y Luis Miguel Cobo, y en general el magnífico trabajo de todo un equipo con el que Luis Luque, director cuyos montajes hemos tenido ocasión ya de elogiar en otras ocasiones desde La última bambalina, ha sabido levantar y dar forma a este mundo soñado por Alberto Conejero con la solvencia que lo caracteriza.

La mejor tradición del teatro serio español revive en Todas las noches de un día, un trabajo que recomendamos sin la menor reserva y que, tras su estreno el pasado 23 de marzo en el Teatro Cuyás de Las Palmas y su posterior gira por diferentes salas de España, acaba de presentarse el 21 de noviembre en el Teatro Bellas Artes de Madrid, donde permanecerá hasta el 6 de enero de 2019.

José Luis G. Subías    

Fotos: Sergio Parra

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