Harold Pinter y aquellos oscuros y felices "Viejos tiempos", en el Teatro de La Abadía


Feliz ocasión esta en la que, tras casi ocho años de deambular por los patios de butacas retratando la vida teatral madrileña, La última bambalina tiene ocasión de comentar por fin el montaje de una obra de Harold Pinter. No por falta de oportunidades, pues Pinter es uno de los grandes clásicos de la dramaturgia contemporánea, al que no le faltan pretendientes por estas tierras nuestras. No pudimos asistir en su momento a los montajes de El cuidador (2022) y de Traición (2020), por citar solo los más recientes, así que el estreno de este Viejos tiempos, el pasado 13 de marzo, en el Teatro de La Abadía, no íbamos a dejarlo pasar.

No había vuelto a ponerse en escena este texto, desde su estreno en el Teatro Español (2012), en un montaje dirigido por Ricardo Moya sobre una traducción de Luis Escobar, quien había escrito y dirigido con anterioridad (1974) la primera versión española del texto inglés estrenado por Pinter en 1971. La nueva traducción y versión de la pieza es obra del experimentado dramaturgo Pablo Remón, quien ya tuvo ocasión de traducir y versionar al autor inglés hace escasos años, en Traición, bajo la dirección de Israel Elejalde. La dirección de este nuevo acercamiento a la obra de Harold Pinter corre a cargo de Beatriz Argüello, que ha optado por un montaje sobrio, correcto, casi podríamos decir ortodoxo, que otorga a la palabra y a la interpretación de los actores el peso de la gran complejidad de un texto cuya acción y desarrollo presenta no pocas dificultades; si bien ha contado con el apoyo de un equipo artístico cuyo trabajo es impecable. 

La escenografía de Carolina González recrea la ambientación íntima y realista habitual en la poética de Pinter -a la que responde el vestuario de Rosa García Andújar-, recreando con acierto y elegancia un cómodo salón en el que destaca el gran ventanal del fondo junto con otros elementos imprescindibles (mueble bar, sofás, mesitas, lámparas...), entre los que destaca un traslúcido panel que permitirá ver, cuando la ocasión lo requiera, el cuerpo desnudo de Kate en la bañera. El excelente tratamiento de la luz -fundamental en la escena mencionada- realizado por Paloma Parra contribuye a crear ese intimismo al que hacíamos referencia, acorde con la lentitud con que se suceden los hechos presentados en escena, cuyo ritmo, acompasado al del elegante espacio sonoro creado por Mariano Marín, solo en escasas ocasiones -que el público agradece- remonta el vuelo y cobra vida, apoyado en la brillante interpretación de los tres actores que componen el reparto.

Porque Viejos tiempos es una obra con numerosos recovecos, que se desliza con la lentitud y parsimonia con que fluyen y se retienen los recuerdos. El apacible, monótono y distante presente del matrimonio formado por Kate (Mélida Molina) y Deeley (Ernesto Alterio) es alterado con la visita, a su apartada casa, de Anna (Marta Belenguer), una antigua y muy íntima amiga de Kate -su mejor y única amiga-, que hará revivir un tiempo pasado, común a los tres, en el que confluyen los deseos callados, las mentiras, las ilusiones frustradas... en una suerte de catarsis purgatoria, en la que la verdadera identidad y los sentimientos de los esposos -ayudados por el soplo incitador y de aire fresco que representa Anna-  pugnan por salir del rincón oscuro donde se esconden.

Solo nos queda destacar, como es ya costumbre en este impenitente amante del arte dramático, el maravilloso trabajo realizado por los tres actores que dan vida sobre el escenario a este drama íntimo: Ernesto Alterio, Marta Belenguer y Mélida Molina, que forman un conjunto empastado y muy equilibrado; con un Ernesto Alterio sobresaliente, cuya magnética y electrificante personalidad transmite a su personaje.

Viejos tiempos, de Harold Pinter, seguirá representándose en la Sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía, hasta el 13 de abril. Una excelente oportunidad de acercarnos a un clásico de la dramaturgia occidental contemporánea -la obra tiene poco más de cincuenta años-, en uno de los textos más crípticos e introspectivos del autor inglés.

José Luis González Subías


Fotografías: Lucía Romero 

Comentarios

Entradas populares de este blog

"La ilusión conyugal", un comedia de enredo donde la verdad y la mentira se miran a los ojos

Una "paradoja del comediante" tan necesaria y actual como hace doscientos años

El juego trágico de "La puta de las mil noches"