"Los cuernos de don Friolera", de Valle-Inclán, mantiene su espíritu vanguardista y provocador cien años después


Ramón María del Valle-Inclán ha vuelto a hablar. Y esta vez lo ha hecho en los Teatros del Canal, cuya Sala Verde acoge desde el pasado 4 de marzo un nuevo montaje de Los cuernos de don Friolera, dirigido por Ainhoa Amestoy.

Amestoy ha planteado una puesta en escena absolutamente respetuosa con la estética expresionista y esperpéntica del texto del dramaturgo gallego. Valle en estado puro es lo que se ve y se escucha en las casi dos horas de duración de este grotesco cuadro de la España de principios del siglo pasado; una España de charanga y pandereta, folletines melodramáticos y romances de ciego cantados al son de una guitarra y un quejío bravucón y "echao p'alante", para quitar er sentío. Porque nada más tradicional y castizo en el teatro español que una historia de cuernos -o de adulterio, que es más fino-, en la que está en juego el honor del marido infamado. Pero qué modo de contarlo el de Valle, qué manera de desdramatizarlo satíricamente, convirtiendo el drama de honor en una fantochada caricaturesca, que desnuda la ridiculez de unos comportamientos anquilosados y primitivos, a merced de las pasiones humanas y de las adustas normas impuestas por una sociedad esclava de sus costumbres.

La tragedia vivida por el teniente Astete, o don Friolera (Roberto Enríquez) -más grotesca que las de Arniches-, quien se ve "obligado" a tomar venganza en su esposa doña Loreta (Lidia Otón) y su amante -o candidato a serlo-, el barbero Pachequín (Nacho Fresneda), por aquello del qué dirán, tiene unas consecuencias impredecibles, que evitamos descubrir aquí, por aquello de no revelar lo que es un secreto a voces. Son muchas las alusiones a Echegaray y a ese gran Galeoto que es la opinión, en el texto, al igual que al nudo gordiano de Sellés; representantes de un tipo de teatro y una mentalidad, acorde con este, contra la que arremete el revolucionario autor de esta alocada historia "de carnaval".

Los títeres se hacen humanos y estos actúan como muñecos o se convierten en viñetas de cartel de ciego en una historia donde el color convive con las sombras, en un maravilloso juego de claroscuros digno de Caravaggio, conseguido tanto con la excelente iluminación diseñada por Ion Aníbal López como con el vestuario de Rosa García Andújar, al que acompaña un gran trabajo de caracterización a cargo de Chema Noci. Práctica y muy sugerente, desde el punto de vista visual y plástico, es la original escenografía diseñada por Tomás Muñoz, que enmarca el espacio al tiempo que aporta multitud de zonas de fuga, practicables por los personajes, hábilmente utilizadas en el juego de la acción escénica.

Impecable trabajo el del equipo artístico de esta producción, adaptada y dirigida por Ainhoa Amestoy con un perfecto sentido del latido de la acción dramática y de la puesta en escena, que ha sabido insuflar al montaje un inequívoco color valleinclanesco. Como lo es la brillante actuación de los ocho intérpretes de esta obra maestra del teatro español contemporáneo: Roberto Enríquez, Nacho Fresneda, Lidia Otón, Ester Bellver, Miguel Cubero, Pablo Rivero Madriñán, José Bustos e Iballa Rodríguez. Sencillamente perfecto.

Los cuernos de don Friolera seguirá representándose en la Sala Verde de los Teatros del Canal, hasta el 23 de marzo. Sin la menor duda, nos hallamos ante uno de los mejores montajes de la temporada; es imprescindible verlo.

José Luis González Subías


Fotografías: Pablo Lorente

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