El arte de hacer teatro desde la antiteatralidad: "La cantante calva", de Eugène Ionesco
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Fotografía: Javier Naval |
Asistir a la representación de La cantante calva, de Eugène Ionesco (1909-1994), es como acercarse a un museo contemporáneo para contemplar una exposición de arte abstracto o vanguardista. Quien conoce la obra del escritor rumano-francés, a buen seguro, sabe lo que va encontrar o busca en escena, alentado por la curiosidad de ver cómo resuelven los actores y el director la difícil tarea de sostener una pieza como esta sobre el escenario; pero el público que acuda a su encuentro buscando una comedia de humor destinada a su esparcimiento y una risa fácil, que no encontrará el momento de aflorar, no tardará en quedar desconcertado ante lo que descubrirá en escena y, sin duda, desolado al no ser capaz de reconocer la calvicie de esa cantante que acapara el protagonismo del título.
La cantante calva es, probablemente, la obra más famosa, junto con Esperando a Godot, de Beckett, del denominado Teatro del absurdo. Solo en la Francia de Alfred Jarry, donde vieron la luz Ubú rey (1896) y la patafísica, el país de Apollinaire y André Breton, cuna del surrealismo y albergue de alucinados (y alucinantes) peregrinos como Fernando Arrabal, pudo nacer una pieza de estas características, que, tras su estreno en un cabaret de París (el Théâtre des Noctambules), en 1950, y su posterior publicación por el Colegio de Patafísica (1952), no tardaría en convertirse en un "clásico" de la escena gala (se representa ininterrumpidamente, desde 1957, en el parisino Théâtre de la Huchette), y una de las obras más importantes de la historia del teatro universal contemporáneo.
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Fotografía: Javier Naval |
Difícil papel le corresponde afrontar al magnífico elenco de actores que forman el reparto, los cuales solventan sus interpretaciones del mejor modo en que estas pueden llevarse a cabo, haciendo suyo el universo absurdo creado por el autor y convirtiendo en verdad el sinsentido de sus intervenciones, que resultan naturales en ellos; y disfrutando del juego ideado por el dramaturgo (y en este caso, además, por el director), pues esa y no otra es la intención poética de Ionesco, que parte del rechazo a cualquier tipo de teatro figurativo o concreto (podríamos decir, mimético) para presentar una forma teatral que nace en el escenario mismo como un juego de palabras, de escenas y de imágenes, que enlazan, sin duda alguna, la obra del autor con el espíritu de las vanguardias; especialmente reconocible en la última escena del texto, donde la lógica del discurso (siempre ausente) desaparece aún más, hasta convertirse en un cúmulo de imágenes absurdas, ilógicas, ligadas por sus efectos fónicos, que recuerdan las caóticas enumeraciones creadas por Huidobro en Altazor.
Solo la maestría y el talento de grandes intérpretes como Adriana Ozores (Sra. Smith), Joaquín Climent (Sr. Smith), Carmen Ruiz (Sra. Martin), Fernando Tejero (Sr. Martin), Helena Lanza (Mary) y Javier Pereira (capitán de bomberos) es capaz de provocar interés por el recitado de los días de la semana o del abecedario, de dar sentido a sílabas, palabras sueltas, fonemas inconexos e historias y oraciones sin pies ni cabeza; y hacerlo con un arte, un desparpajo y un dominio del escenario reservados tan solo a los grandes profesionales. Y a fe que los citados, sin duda alguna, lo son.
Todo amante del arte dramático tiene una cita ineludible en el Teatro La Latina, donde tendrá la oportunidad de conocer o revivir, hasta el próximo 24 de junio, el antiteatro de Ionesco y su cantante calva.
José Luis G. Subías
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