Refugiados entre reyes magos, en el Teatro de la Comedia


Anoche acudimos al Teatro de la Comedia con la inocencia del niño que corre ilusionado al encuentro de la anunciada llegada de los Reyes Magos. Y no, no es que hayamos optado por iniciar nuestro artículo de hoy con tan impúber imagen, sino que realmente anhelábamos saber de qué manera iba a ser llevada a escena, nada menos que en la sede de nuestra Compañía Nacional de Teatro Clásico, la primera muestra conocida de la literatura dramática en lengua castellana: un anónimo Auto de los Reyes Magos (s. XII) del que tan solo se conservan 147 versos.

Obviamente, afrontar un montaje de tal "magnitud" resultaría ridículo, y el recurso dramático empleado por José Carlos Plaza y Pedro Víllora, autores del espectáculo tanto en su calidad de dramaturgos (las tres cuartas partes del texto son originales de ambos) como, en el caso del primero, desde la dirección escénica, no podía haber sido otro. El modo más sencillo, y efectivo, de ver representadas este tipo de piezas de tan corta extensión (esta, además, fragmentada e incompleta) ha sido siempre el empleo del teatro dentro del teatro. Nada más atractivo e impulsor del juego escénico, en un guiño cómplice que se traslada al público, que esta distanciadora metateatralidad capaz de llevarlo todo al escenario. No importa lo que se diga o represente dentro del marco ficcional creado por el metateatro, pues el entorno argumental en que se insertan las acciones de unos personajes doblemente ficticios permite dar la unidad de acción necesaria al conjunto. Y así, los espectadores podremos asistir, sin que se rompa la credibilidad o coherencia escénica, a la representación tanto del Auto de los Reyes Magos como de sendos fragmentos del auto sacramental de La vida es sueño de Calderón y El hospital de los locos, de José de Valdivieso, o escuchar, entre los diálogos prosaicos de la realidad que enmarca las vidas de los personajes, la apacible y épica sonoridad de varios romances, también anónimos, entre los que descuella el conocido "Romance del prisionero", tan ligado a la situación real que viven los intérpretes ficticios de estos "caprichosos" retazos de nuestra literatura clásica.

La elección de los textos que preceden al Auto de los Reyes Magos, pieza troncal de este heterogéneo conjunto de versos y prosas, no es casual. Víllora y Plaza han seleccionado piezas o fragmentos cargados de intención, que en todo momento apuntan a la conflictiva condición del ser humano, inmerso en una perpetua lucha que oscila entre la libertad o el encierro, el dolor y la felicidad, la condena o la salvación, en principio superior a sus limitadas fuerzas, pero en la que su comportamiento individual, su posicionamiento en el mundo y ante cuanto le rodea, es definitivo. El fuerte contraste entre los autos religiosos y sacramentales elegidos, cuyo sentido teológico se desvanece en el conjunto, y la realidad de un mundo en el que Dios también parece desaparecido, se contrapesa con unos valores humanos (retratados con cierto tinte dickensiano) que adquieren todo el protagonismo.

Porque esta ha sido la apuesta elegida por los autores del Auto de los inocentes, una obra contemporánea escrita para dar cabida en ella tanto a la pieza de donde surge como al resto de los textos que conforman este universo a caballo entre la ficción y la realidad, convertido en un campo de refugiados ubicado en la España de nuestros días. Los trabajadores de este, nuevos ángeles benefactores que tratan de llevar la esperanza a los corazones desterrados que se hacinan entre las alambradas huyendo del dolor, son los nuevos reyes magos de esta historia tan tristemente contemporánea (no se busque en la obra un texto de teatro clásico, pues no lo es) en la que un grupo de refugiados, guiados por Juan (Israel Frías), un educador que utiliza la cultura como vía de integración social, encuentran en la literatura clásica española y su teatro un punto de conexión con una cultura ajena, pero también consigo mismos, y un modo de recuperar su dignidad como seres humanos.

Si el mensaje esperanzador de este montaje ofrece un valor de carácter moral, no es menos importante el valor que posee desde el punto de vista escénico. La escenografía de Paco Leal (artífice asimismo de la iluminación del espectáculo) juega con el realismo para trasladarnos a un lugar cuya existencia percibimos y sentimos de cerca, pero envuelta en un halo de intemporalidad y evanescencia que permite adentrarnos en la irrealidad de un juego escénico apoyado en el uso de oportunas proyecciones audiovisuales y efectos sonoros, de los que el elemento musical (se interpretan varias canciones en escena) es parte destacada. La dirección de José Carlos Plaza muestra la seguridad y la maestría de quien, durante toda una vida, ha construido y hecho vivas las historias imaginadas en los textos; y la dramaturgia, asimismo en sus manos, junto con las del dramaturgo Pedro Víllora, sirve al propósito perseguido. No podemos ocultar que, como amantes del teatro clásico, son las partes donde habla el verso las que más nos atraen (al igual que esa magnífica representación del Auto de los Reyes Magos, arropada con un vestuario que constituye uno de los mayores aciertos del conjunto), y que en muchos momentos creíamos habernos trasladado a la platea del Teatro Español o del María Guerrero, al contemplar una historia tan alejada de la dramaturgia clásica española. Pero no queremos restar mérito alguno a la propuesta presentada en la Comedia; se trata de una opción teatral de indudable valor y como tal la enjuiciamos.

Resta añadir la sobresaliente actuación de un elenco de trece actores, que llegan a interpretar conjuntamente un total de casi cuarenta personajes. El trabajo que realizan todos y cada uno de ellos, sin distinción, es impecable, y resultaría injusto destacar a unos frente a otros. En cualquier caso, y ante la imposibilidad de recoger en esta reseña un número tan elevado de intérpretes, nos permitimos distinguir (sin menoscabo de los restantes) los nombres de Israel Frías, Fernando Sansegundo, Pepa Gracia y María Heredia, por dejar al menos un mínimo testimonio de un conjunto actoral sobre el que recae gran parte del mérito de un espectáculo que podrá seguir viéndose, hasta el próximo 21 de octubre, en el Teatro de la Comedia.

José Luis G. Subías

Fotografías: MarcosGPunto

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