En el género de la autoficción incluye abiertamente
Borja Ortiz de Gondra su texto
Los otros Gondra (relato vasco) que, desde su estreno el pasado 10 de enero, se representa estos días en la
Sala Margarita Xirgu del Teatro Español de Madrid. Avalada por un flamante
Premio Lope de Vega 2017 y un texto previo -
Los Gondra (una historia vasca)- estrenado hace ahora dos años por el Centro Dramático Nacional (también premiado en 2018 con un Max a la mejor autoría), del que esta pieza se muestra como una continuación necesaria, la nueva entrega del dramaturgo bilbaíno vuelve a ahondar en las heridas de un pasado ligado a su tierra natal, donde
biografía y ficción se entrecruzan en un juego metateatral cargado de dramatismo, emociones y esperanza.
Los recuerdos ficcionados del autor nos trasladan a 1985, en la localidad de Algorta, donde se encuentra la casa familiar de los Gondra, el cementerio del lugar y ese frontón donde uno de los familiares había marcado a otro -los otros- con una diana en
Los Gondra. Situación desde donde se retoma esta nueva historia, continuación de aquella pero más reflexiva e íntima, más interior. Si en aquella arriesgada y reveladora obra todo un equipo artístico ponía en pie un espectáculo lleno de fuerza y color local, donde las canciones y danzas vascas ocupaban un destacado papel, ahora estas se mantienen, pero cediendo protagonismo a los silencios.
Los secretos que han acompañado a esta familia son los compañeros inseparables de un distanciamiento entre parientes cercanos que ha marcado buena parte de la historia del pueblo vasco en las tres últimas décadas. El odio ha dado paso con el tiempo a un vacío que a veces asfixia a quien trata de recordar "aquello" y de hacerse preguntas con la intención de cerrar heridas. Quizá estas solo cicatricen definitivamente cuando los apellidos hayan dado paso al individuo sin más, sin nombre ni pasado; cuando quienes pisen las huellas de quienes les precedieron lo hagan con la mirada limpia y esperanzada de quien únicamente puede mirar al futuro, sin atavismos ajenos heredados.
Ortiz de Gondra recurre de nuevo a esas autoficciones que Sergio Blanco ha convertido en su sello personal, dando a la suya un tono y un estilo completamente distinto al de las producciones del dramaturgo franco-uruguayo. Comparte con este, en cualquier caso, la conversión del autor, al igual que la de otros personajes "reales" de su vida, en entes dramáticos, ficticios por tanto, literarios, y su incorporación a la trama no solo como personaje protagonista, sino como actor que interviene en el reparto. Es este sin duda (gracias a la capacidad interpretativa del dramaturgo) un atractivo añadido a un montaje perfectamente planteado y medido por su director,
Josep Maria Mestres, quien ya dirigiera
Los Gondra, a quien acompaña en su tarea el mismo equipo técnico-artístico que dio vida a tan exitosa producción (la música de
Iñaki Salvador, el trabajo coreográfico de
Jon Maya Sein, la siempre solvente escenografía de
Clara Notari, el vestuario de
Gabriela Salaverri, una excelente iluminación obra de
Juanjo Llorens o el apoyo videoescénico de
Álvaro Luna) y un elenco de siete actores -entre ellos el dramaturgo-, de los cuales varios participaron ya en la anterior entrega, que aportan al montaje una sobresaliente calidad interpretativa. Espectacular
Sonsoles Benedicto en ese papel de madre tierna y fuerte que parece hecho a su medida, con una dicción y unas maneras escénicas solo al alcance de quien lleva toda su vida sobre un escenario; al igual que
Jesús Noguero, el otro Borja en la obra, grande en su natural elegancia interpretativa, de magnífica voz y dicción;
Cecilia Solaguren, en un intenso papel lleno de fuerza, que mide con las de su antagonista escénico, un rotundo
Lander Otaola que ha vuelto a demostrar lo bien que le sientan las tablas a su inmenso talento como actor; junto con
Borja Ortiz de Gondra interpretándose a sí mismo y
Fenda Drame, el miembro más joven del reparto.
Obra destinada a la catarsis interior y exterior, teatro testimonial, autoficción marcada por la metateatralidad, Los otros Gondra (relato vasco) pone de manifiesto la utilidad del teatro como instrumento artístico capaz de cambiar y mejorar el mundo y al hombre, ya sea a través de la reflexión o de la purificación estética. Como afirma su director, Josep Maria Mestres: "Yo no sé si sirve para vivir, pero a mí me gusta cada día más".
Borja Ortiz de Gondra y su nuevo
relato vasco permanecerán en la sala Margarita Xirgu, del Teatro Español, hasta el próximo 17 de febrero.
José Luis G. Subías
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Fotografías: Sergio Parra |
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