El realismo íntimo y cercano de "El zoo de cristal" en Estudio 2 Manuel Galiana
En la calle Moratines, en el madrileño barrio de Embajadores, conviviendo en el estrecho círculo de apenas unas calles con otras importantes salas alternativas de la capital, se encuentra Estudio 2 Manuel Galiana, espacio teatral fundado en 2013 por la compañía Martes Teatro, del afamado actor y director que da nombre al local. Desde el pasado mes de octubre se representa en este, todos los domingos, El zoo de cristal de Tennesse Williams, precisamente la obra con que la compañía de Manuel Galiana inició su andadura oficialmente en 2006.
Estrenado en 1944, este drama que ha sido llevado a la escena y a la pantalla en numerosas ocasiones es uno de los grandes clásicos del teatro realista estadounidense del siglo XX, al que hemos tenido ocasión de acercarnos ya desde La última bambalina. Cargado de un autobiografismo que marcó las obras del autor, El zoo de cristal expresa la densa atmósfera de un realismo psicológico que ahonda en la atormentada vida de una familia de tres miembros, en la América profunda del Sur de Estados Unidos, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, donde una madre posesiva y castradora (Amanda Wingfield), alienadora de la voluntad de sus dos hijos (Tom y Laura), sufre el dolor de haber sido abandonada por su esposo y la falta de recursos económicos para llevar adelante tanto su vida como la de una hija extremadamente tímida, y coja, aparentemente incapaz de enfrentarse por sí sola a la realidad (vive encerrada en su pequeño mundo, entregada a cuidar de sus pequeñas figuritas de cristal -su zoo de cristal- y a escuchar discos antiguos); mientras su vástago varón, que se ha visto obligado a mantener con sus escasos ingresos a la familia, ve coartado su deseo de volar (como hiciera su padre) y hacer realidad unos sueños que persigue en la oscuridad de los cines y del alcohol. El deseo de buscarle marido a Laura (tema de una larga tradición en el universo escénico) conduce al momento álgido de este conflicto, en torno a una cena organizada para agasajar a Jim O'Connor, compañero de trabajo de Tom y viejo alumno del Instituto donde estudió Laura, de quien esta estuvo enamorada en silencio y al que aún no ha olvidado.

Desde un planteamiento realista, limitado por los medios inherentes a este tipo de salas, aunque perfectamente solventado por una escenografía práctica y efectiva (diseñada por NUT) capaz de trasladarnos a la decadente casa donde vive la familia Wingfield, Óscar Olmeda presenta una puesta en escena cercana y sincera, destinada a conectar con los sentimientos de un público al que trata esencialmente de emocionar, desde la comprensión y la empatía con el dolor ajeno.
Un buen plan para una tarde-noche de domingo y una excelente oportunidad de apreciar (sea recordándolo o acercándose a él por primera vez) la grandeza de un texto convertido desde hace tiempo en un clásico de la literatura dramática, que durante un tiempo aún podrá seguir apreciándose en Estudio 2 Manuel Galiana.
José Luis G. Subías
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