Un "inconveniente" muy conveniente para el teatro, de la mano de Juan Carlos Rubio


El inconveniente, la ya popular comedia de Juan Carlos Rubio, autor y director del texto y el montaje, respectivamente, que durante todo el mes de junio que acaba ha deleitado a quienes se han acercado a disfrutar de estos en el madrileño Teatro Pavón, tiene visos de convertirse en uno de esos clásicos de la escena por los que no pasa el tiempo -o, si pasa, los dota de la pátina de los trabajos bien hechos- y, sin duda, una de las más destacadas piezas teatrales escritas por el dramaturgo montillano.

Refundición de un texto previo del propio autor, 100 m², estrenado en 2009 en Miami y que recorrió con éxito más de una docena de países, la notoriedad mayor de esta pieza surge con la adaptación cinematográfica de 2020 dirigida por Bernabé Rico -productor del actual montaje- y protagonizada por Kiti Mánver, Juana Acosta y Carlos Areces, el precedente más inmediato de esta nueva adaptación para la escena, que vuelve a contar con Kiti Mánver como actriz protagonista de la historia.

Rubio tiene la habilidad, como autor y como director, de crear historias impecables desde el punto de vista de la construcción escénica, trazadas sin fisura alguna, desde una mente creadora que concibe su obra como un todo conjunto, perfectamente planificado; lo que da normalmente como resultado, tanto en sus montajes como en sus textos, una cohesión y coherencia -no solo escénica, también literaria- que constituyen una marca de estilo en el autor; lo que denomino una obra redonda.

En el caso que nos ocupa, la historia se centra en la tierna, entrañable y muy humana relación entre Luis, joven de éxito, en la plenitud de una vida que parece irle viento en popa; y Lola, una mujer de setenta y cinco años, desahuciada por los médicos a causa de sus problemas de corazón, que vive sola con sus recuerdos en la intimidad de un piso con sabor a pasado, donde se respira la huella y la cicatriz del tiempo. Las vidas de ambos, aparentemente tan distantes y distintas, no tenían por qué cruzarse; pero lo hacen cuando aquel decide comprar dicho piso, puesto en venta con unas condiciones económicas muy ventajosas, a cambio de aceptar el "inconveniente" que supone esperar al fallecimiento de su actual propietaria -que se supone será pronto- para disponer plenamente de él.

La singular personalidad de Lola y las circunstancias personales por las que atraviesa Luis hacen que surja entre ellos una peculiar y sincera amistad que nos mostrará la vulnerabilidad de ambos y su necesidad de compañía, en una bella historia de aprendizaje y transformación en la que la vida termina imponiéndose como único y verdadero valor. Un mensaje de optimismo y esperanza, a pesar de las dificultades, que viene a recordarnos, parafraseando a John Lennon, que la vida es aquello que sucede mientras estamos ocupados en hacer otros planes. 

Esta invitación a vivir, a cualquier edad y en cualquier circunstancia, emparenta el texto de Juan Carlos Rubio con una larga tradición teatral de la que es digno heredero. Aquellas comedias "esperanzadas" del pasado siglo que enlazan con el sentido del teatro emanado -salvando las distancias- de las obras de los Álvarez Quintero o, tiempo después, con Alejandro Casona, Joaquín Calvo Sotelo, Alfonso Paso y tantos otros autores, maestros de la construcción dramática, identificados -normalmente con cierto desdén peyorativo- con un teatro popular y burgués que satisfizo las necesidades de un público, habitual y fiel aficionado a la escena, durante décadas. 

Cuando el público que acude a ver El inconveniente observa sobre el escenario esa excelente escenografía de Juan Sanz, que reproduce, con un detallado realismo, el interior del piso donde transcurrirá toda la acción -magnífico ejemplo del respeto a la unidad espacial requerida por los clásicos-, con un punto de fuga situado en la puerta de este, al fondo, por donde entran y salen los personajes, siente la comodidad y certeza de hallarse en un lugar reconocible y conocido, ligado a un pasado muy presente en la vida de buena parte de los espectadores que asistimos a la función. También en esta estética de la puesta en escena elegida, a la que el vestuario diseñado por Pier Paolo Álvaro y la iluminación de José Manuel Guerra se adecúan necesariamente, identificamos la larga tradición del drama realista y de la comedia de costumbres burguesa, impecablemente manejada por un director como Juan Carlos Rubio, que conoce muy bien el género.

Y hemos dejado para el final lo que constituye, junto con el texto, el principal atractivo del montaje de El inconveniente que aún puede disfrutarse -hasta el 9 de julio- en el Teatro Pavón. Nos referimos, como no podía ser de otro modo, al sobresaliente elenco de actores que conforma el reparto: con una insuperable Kiti Mánver a la cabeza que ha hecho de Lola una prolongación de sí misma, perfecta en el dominio de unos recursos técnicos que son ya naturaleza en la intrínseca verdad que se desprende de cada uno de sus gestos y su voz; a la que acompaña un Cristóbal Suárez impecable, tan perfecto en su papel de Luis como su compañera de escenario, con la que forma un tándem inolvidable. Al que se suma, con no menos efectividad y solvencia escénicas, una excelente Marta Velilla que borda su camaleónico papel de chica que pasa por los más variados oficios a lo largo de la función; desde esa empleada de la inmobiliaria que trata de vender el piso de Lola con su "inconveniente", a mensajera, conductora del "Samu" o portera, finalmente, del edificio donde han coincidido las vidas de estos tres personajes.

Una magnífica propuesta de teatro "de siempre", con el formato de siempre, para un público de siempre al que espera seguir atrapando como siempre hizo y sigue haciéndolo, a juzgar por el éxito de este "inconveniente" tan conveniente para la buena salud del teatro vivo, que nos invita a recordar la necesidad de vivir el ahora porque es la única vida real que poseemos (si es que alguna vez hemos poseído lo que no está en nuestras manos mantener). Hasta el 9 de julio, en el Teatro Pavón. Muy recomendable.

José Luis González Subías


Fotografías: Sergio Parra

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