Dan Jemmett recrea a Fassbinder y a Heiner Müller en "Los gatos mueren como las personas", una obra de rasgos magistrales marcada por el tedio


Afirma Dan Jemmet, autor y director de la obra que nos ocupa, que Los gatos mueren como las personas (sigo preguntándome la razón de este título, si es que existe razón alguna), "es una meditación sobre dos de los más apremiantes estados humanos de la existencia: el aburrimiento y el deseo". Felicitamos al original creador londinense, pues consiguió mostrarnos sin duda y hacernos sentir tales estados -al menos el primero de ellos- en muchos momentos de las dos horas de duración de este, por otra parte, interesante montaje que desde el pasado 16 de mayo se representa en el Teatro Valle-Inclán.

Obra difícil de entender, donde las haya, escrita para paladares habituados a una lenta, reposada y circunspecta deglución, Los gatos mueren como las personas nace del intento de su autor -confesado por este- de hacer confluir en un mismo espectáculo teatral motivos de la película de Fassbinder Atención a esa puta tan querida (excuso un título original que, si da mucho tono, confieso sin ínfula alguna, y sincero lamento, no entender), de 1971, y Quartett (1980), obra del dramaturgo alemán Heiner Müller cuyo título resulta más accesible al hablante hispano.

Recurriendo a la creación metaficcional, Jemmett plantea una situación semejante a la propuesta en la película, haciendo coincidir en un bar -se supone se trata del vestíbulo de un teatro- a un camarero y cuatro actores -dos de ellos actrices-, que esperan al director de la obra que están ensayando; nada menos que Cuarteto, la obra de Müller aludida, cuyo autor se halla asimismo presente en escena. Las entradas y salidas intempestivas de aquel irán alternándose con el comportamiento y el discurso entrecortado de unos personajes-actores que se mueven como marionetas esperpénticas y encuentran en los muchos cubalibres que ingieren el maná de su aparentemente absurda situación; absurdidad transmitida -queremos creer que intencionadamente- al desconcertado público que espera con los ojos atentos, muy abiertos, que suceda algo. Esa forzada lentitud, envuelta en una densa atmósfera de una enorme belleza estética a nuestros ojos -conseguida en la sobria escenografía de un elegante y oscuro bar diseñada por Adán Torres, y la iluminación de Felipe Ramos-, marca el ritmo escénico y el tono de una primera parte de la obra que nos resultó excesivamente lánguida y pretenciosa en una originalidad que, digámoslo claro, no funciona teatralmente. Solo en la segunda parte, aquella en que los actores interpretan por fin, adornados con un espectacular vestuario y caracterización a cargo de Vanessa Actif y Johny Dean respectivamente -de lo mejor del montaje-, diversas escenas de la obra de Müller -inspirada en la novela Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos-, los gatos de esta desconcertante creación comenzaron a maullar adecuadamente y a interesarnos algo más.

El arrollador poder del deseo sexual, identificado con la libertad más primaria, la denuncia del control y la deshumanización en un mundo movido por apetitos tan simples como brutales y autodestructivos, en el que actuamos como marionetas de un tablado movido por los hilos de un demiurgo borracho y enfermo de sangre, son solo algunos de los temas que subyacen en el universo dramático-literario imaginado por Dan Jemmett en esta obra magistral y tediosa a un tiempo, adaptada a nuestra escena por la dramaturgista Brenda Escobedo.

Una obra intrigante, fascinadora por momentos, desconcertante y apática en su conjunto, que cuenta con el privilegio de ser interpretada por un elenco excepcional, de enorme altura, formado por José Luis Alcobendas, Valérie Crouzet, Clemente García, Violeta Linde, David Luque, Julia Piera y Nico Romero, quienes sostienen en todo momento, con estoicismo y profesionalidad, unas escenas rayanas en ocasiones en el absurdo y lo suprarreal, en las que el lenguaje de la farsa y el histrionismo se imponen.

No apta para cualquier público -con perdón de establecer, indirectamente, una distinción entre estos-, Los gatos mueren como las personas mantendrá impertérrita su posición, en el Teatro Valle-Inclán, esperando que alguien se digne a entenderla, nada menos que hasta el 23 de junio. Muchos lo han intentado hasta el momento sin excesiva fortuna. No dejen de hacer la prueba; merece la pena.

José Luis González Subías


Fotografías: Luz Soria

Comentarios

  1. Wilfredo A. Ramos28 de mayo de 2024, 1:58

    Hay textos -de todo tipo- que al parecer solo pueden ser entendidos por su autor, por lo que carecen de interés público y por ende de objetivos.

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