Inma Nieto responde al "Ricardo III" de Shakespeare con su "Lady Anne"
En Ricardo III, William Shakespeare retrata la ambición sin medida de un sanguinario sin escrúpulos, de alma tan deforme como su propio cuerpo, que utiliza a la viuda de Eduardo de Lancaster, príncipe heredero de la corona, asesinado por este, al igual que su padre Enrique VI, para alcanzar su objetivo de ocupar el trono. En la célebre tragedia shakespeariana, lady Anne es solo la frágil e inocente víctima de un desalmado cuya maldad es castigada al final de la pieza, acosado por sus sanguinolentos recuerdos -los fantasmas de sus víctimas- y en mitad de una batalla en la que, solo y sin escapatoria posible -"¡Mi reino por un caballo!"-, perece a manos del conde de Richmond, futuro rey de Inglaterra.
La actriz que debe interpretar este personaje (Elisabett Gelabert), atormentada por sus propios fantasmas, es incapaz de aceptar la servil aceptación y sumisión del personaje creado por el poeta inglés; e, incapaz de darle verdadera vida, ante la presión del director(a) que la conmina con vehemente insistencia -incluso desprecio y agresividad- a encarnar su papel, se ve arrastrada por un violento impulso de rebelión y venganza, dirigido hacia un personaje que es ahora obligado por esta a representar el papel de Gloucester en esa importante escena; con un resultado muy distinto al imaginado por Shakespeare y es esperado por el público.
Sobre un escenario desnudo, cuyas siempre impresionantes tripas vestidas de negro quedan expuestas, y un atrezo esencial, con elementos habituales en un teatro -perchero con prendas, silla, un baúl metálico con ruedas; así como la mesa y la silla del director, en este caso alejada del foco central de la escena-, el peso de la ambientación y la creación de la atmósfera recae en la iluminación de Pedro Yagüe y el espacio sonoro a cargo de Javier Almela.
Si bien la intención de Inma Nieto, que asume por primera vez la dirección de una obra, escrita también por esta -con los bellos añadidos de Shakespeare-, parece quedar bastante clara y ofrece un indudable interés; no lo es tanto el conjunto del texto, que resulta confuso en muchas partes -especialmente los acontecimientos que envuelven a la actriz y su particular trama paralela al ensayo al que asiste- y cuya conexión con la tragedia shakespeariana nos parece forzada. Algunas situaciones poco claras y justificadas -la relación, por ejemplo, de Eli con ese director al que apenas parece conocer al principio de la acción, y con el que sin embargo lleva ensayando mucho tiempo-, ciertos momentos de languidez en el ritmo -como esa larga y tediosa escena en que la actriz se transforma y transforma el escenario, vistiendo el baúl de féretro y a sí misma como Lady Anne, mientras el director(a) espera pacientemente a que termine la metamorfosis, supuestamente paralizado por el miedo-, nos hablan de un experimento que, con sus aciertos -no podía ser de otro modo, dada la calidad de ambas actrices y el equipo artístico que arropa su trabajo-, resulta fallido a nuestros ojos.
Quizá los suyos tengan otra mirada para esta Lady Anne que les espera, hasta el próximo 19 de mayo, en la sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía. Vayan y vean.
José Luis González Subías
Fotografías: Lucía Romero
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