El teatro gore de Francisco J. de los Ríos se reinventa en "Milagros", una farsa negra, entre la crueldad y absurdo, estrenada en La Casa de Rovodorovsky
La última bambalina retoma su actividad acercándose al teatro desnudo y esencial, teatro en las catacumbas, de resistencia y de subsistencia -personal y artística-, donde nos encontramos con el rostro sin máscara, más allá de la escénica, de quienes crean el tejido artesanal que sostiene -o eso queremos creer- la industria teatral. O quizá no; posiblemente la industria vaya por otro lado y ni los roce.
Pocas compañías como la que dirige Francisco J. de los Ríos desde hace años en Madrid, bajo el significativo nombre de Teatro del Sótano, expresan mejor esta concepción del hecho escénico: una forma de entender el teatro que aún sigue creyendo en su capacidad transformadora del mundo; enraizada, en unos montajes llenos de significado donde lo superfluo no tiene cabida y cada palabra, cada acción, responden a una intencionalidad dirigida a conectar, conmocionar e impactar en el público, en una suerte de ritual sacro-profano, de origen primigenio, destinado a provocar en él la catarsis esperada. Un teatro combativo, desde la risa o el llanto, que, sin despojarse de su ropaje artístico, no pierde de vista su decidido compromiso social y humano.
De los Ríos continúa en su nueva producción, Milagros, que desde el pasado 20 de julio se representa en la acogedora e íntima sala La Casa de Rovodorovsky, con una línea de investigación creadora que, iniciada hace ya tiempo con obras como La sombra del monstruo (2018), su muy exitosa La habitación (2018), La bruja (2019), El escándalo Hellfield (2021), El ataúd (2023) o la reciente Obsesión (2024), se adentra en la indagación sobre el comportamiento humano más enfermizo y monstruoso, dando cabida en sus piezas al horror, la esquizofrenia, patologías psiquiátricas, el malditismo, lo demoníaco, el sadismo criminal... en definitiva, la cara más inhumana y maléfica de lo humano. En su teatro incómodo, al que en alguna ocasión hemos denominado "decadente", poco habitual hoy en nuestro escenarios, reviven secuelas de importantes corrientes escénicas del siglo XX que abarcan desde el teatro del absurdo al teatro de la crueldad, muy reconocibles en los dramaturgos españoles más alternativos de hace cincuenta años (Arrabal, Ruibal, Martínez Mediero, Martínez Ballesteros...); a las que podríamos añadir un nuevo calificativo, el de teatro gore, que busca la provocación y la reacción del público, utilizando una violencia gratuita -siempre lo es- y extrema, desde un distanciamiento paródico, con tintes de farsa, que hace de la tortura, el sadismo, el horror, y sobre todo la sangre, su sello distintivo.
Milagros adopta la forma de una farsa grotesca, con mucho de humor negro y absurdo -de comedia negra califica el autor su obra-, ambientada en un único espacio -un salón comedor de una casa acomodada- y respetuosa con la unidad de tiempo, donde una matrimonio opulento desayuna tranquilamente, servido por una criada a la que insulta y desprecia, mientras recibe la terrible noticia de que lo ha perdido todo a causa de la bárbara decisión del gobierno de hacer tabula rasa con la riqueza existente en el país y repartirla a partes iguales entre cada ciudadano. La indignación e inquina de los otrora ricos amos se dirige contra Milagros, su criada, a quien sienten como el enemigo popular que les ha robado y contra la que dirigen su fría violencia. La lucha de clases se manifiesta con toda su crudeza en esta comedia de humor malhumorado en la que las cabezas no siempre están en su sitio; y no solo en sentido figurado.
Como viene siendo habitual, el propio Francisco J. de los Ríos dirige un montaje marcado asimismo por la inevitable identidad del teatro pobre. Si bien todos los elementos escenográficos empleados, esenciales y prácticos, son más que suficientes para sugerir la ambientación requerida; marcada en este caso por una impoluta blancura, presente en el mobiliario, el atuendo, incluso los rostros, tan simbólica y significativa como todo cuanto se dice y sucede en escena; al igual que ese rojo que irrumpirá en el momento oportuno, y el negro identificador de Milagros, que la sitúa en una realidad muy distinta a la de sus señores y opresores.
Buen trabajo el de los tres intérpretes que componen el reparto: Alberto Úbeda, Pilar Sánchez y Jennifer Baldoria, musa de Ríos, protagonista necesaria en sus trabajos, inseparables de su rostro y su gran talento como actriz. Alberto Úbeda mostró asimismo su capacidad como actor, haciendo un buen tándem con Baldoria; y Pilar Sánchez, en un tono -pretendidamente buscado- alejado del de sus compañeros de escena, estuvo correcta en su papel.
Una muy interesante propuesta, en definitiva, la que Teatro del Sótano vuelve a ofrecernos, de la mano de Francisco J. de los Ríos, en este Milagros que permanecerá en La Casa de Rovodorovsky, en diferentes fechas, hasta el 27 de octubre. Un trabajo que conviene no perderse.
José Luis González Subías
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