El humanismo y la validez del mensaje calderoniano se impone en la versión de "El alcalde de Zalamea" dirigida por José Luis Alonso de Santos
Ayer asistimos al estreno, en la Sala Verde de los Teatros del Canal, de un estreno de altura; uno de esos que se recuerdan como un acontecimiento importante que permanecerá en la memoria durante mucho tiempo. Una vez más nos encontramos con el teatro, con la literatura dramática y el verso castellano en su hechura más cómoda, conocida y excelsa; aquella por la que nuestra dramaturgia fue admirada y tomada como modelo durante siglos. Nuestro Shakespeare, Calderón de la Barca, volvía a subir al escenario con una de sus obras más emblemáticas y representadas -con permiso de La vida es sueño-; un clásico entre los clásicos que hoy, casi cuatrocientos años después de su creación, sigue hablándonos con la misma fuerza que lo hacía en el siglo XVII, manteniendo vivo su mensaje y dando ejemplo de excelencia literaria y de su potencialidad escénica.
Nos referimos, claro está, a El alcalde de Zalamea, que acaba de presentarse en una nueva versión nacida de un dramaturgo y director más que avezado en estas lides, conocedor como pocos de la dramaturgia áurea: José Luis Alonso de Santos. Alonso de Santos, quien en su larguísima y exitosa trayectoria como hombre de teatro, que lo llevó ya a dirigir, entre los años 2000 y 2004, la Compañía Nacional de Teatro Clásico, se lanza ahora, como director residente en los Teatros del Canal, a una nueva aventura destinada a mantener vivo el legado escénico del Siglo de Oro. Y lo hace regresando a este Alcalde de Zalamea, para ofrecernos un montaje que no solo viene a sumarse a los de otros grandes directores que lo han precedido en la tarea -también de actores que han dejado una huella indeleble en el recuerdo-, como Helena Pimenta, Eduardo Vasco, Gustavo Pérez Puig, Sergi Belbel o José Luis Alonso, sino a ofrecernos la lección -desde la humildad de quien se sabe al servicio de algo más grande que él mismo- de que el teatro, el buen teatro, el que resiste al paso del tiempo por encima de experimentalismos y modas, no necesita más atributos que la calidad de los textos y de los intérpretes que los construyen sobre el escenario; entendiendo por estos no solo el elenco actoral -en lugar destacado- sino también el director y, en general, el equipo técnico y artístico que da forma a su idea.
Reduciremos al mínimo el innecesario resumen argumental de una obra harto conocida, ambientada durante la guerra con Portugal, en tiempos de Felipe II; monarca que aparece al final de la pieza para restaurar el equilibrio habitual con que finalizan este tipo de dramas históricos escritos en el Barroco. Baste recordar la presencia temática del honor, presente en cualquier estamento social, y la defensa del comportamiento individual como garante exclusivo de este; un debate de raíz humanista que otorga a la figura de Calderón un talante cercano y actual, más allá de los oropeles de la adulación palaciega. El rico villano Pedro Crespo y su familia sufrirán el deshonor de ver mancillada y violada a la joven Isabel, por un capitán cuya nobleza no lo exime de su bajeza moral. Al contrario que don Lope de Figueroa, comandante de las tropas españolas de paso por la localidad pacense de Zalamea, quien desde su altura nobiliaria respeta y reconoce la orgullosa virtud de Crespo.
Alzado con la vara de alcalde, el orgulloso labrador "vengará" el honor de su vilipendiada hija impartiendo justicia sobre el capitán, a quien se aplica la muerte con garrote, tras haberse realizado convenientemente la instrucción de su proceso y habiéndose negado a entregarlo a la justicia militar de don Lope. El alcalde de Zalamea se muestra como hombre de honor y de bien, y antepone la justicia con mayúsculas, que solo responde ante Dios, a la justicia humana y sus competencias y jurisdicciones. Cuando el rey Felipe II se presente en escena y conozca lo sucedido, terminará aceptando lo intachable de la instrucción, a pesar de la inadecuada forma de ejecutar a un noble, y nombrará a Pedro Crespo alcalde perpetuo de Zalamea.
Los valores que encierra una obra de este calado, cuyo texto encierra multitud de sentencias y reflexiones que son en sí mismas un tratado de virtudes, y sus diálogos constituyen un ejemplo de ritmo, claridad, dominio de la construcción dramática y belleza del lenguaje, son tantos que resulta imposible tratar de apresarlos en una sucinta radiografía de su trama. Bien lo sabe su director, José Luis Alonso de Santos, cuya versión ha tratado de mantener y potenciar -con éxito- cuantos valores de esta le ha sido posible destacar. Y lo ha hecho respetando a Calderón en su fondo, en su forma y en su esencia. ¡Qué placer volver a encontrar sobre el escenario soldados, caballeros y villanos del siglo XVI vestidos de tales! ¡Qué bien sientan banderas, estandartes, petos y espadas, adornados con tambores y clarines! ¡Y qué delicia reconocer las puertas, ventanas y paredes de una rica y honesta casa labriega, al igual que la naturaleza circundante! Todo ello recreado por una fabulosa escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda que permite a la imaginación completar la ambientación realista de los espacios, hábilmente recreados en un ingenioso mecanismo que nos traslada desde el interior del pueblo a las arboladas afueras en pocos segundos, ofreciendo un engranaje técnico solo reservado para grandes espacios escénicos y ambiciosos montajes como este. Una ambientación a la que contribuyen asimismo la iluminación de Felipe Ramos, el vestuario diseñado por Elda Noriega, y el espacio sonoro creado por Alberto Torres y Alberto Vela.
Solo producciones de tal envergadura permiten poner en escena un elenco de quince actores, que funcionan, dirigidos por la sabia batuta de Alonso de Santos -cuya estela sigue con paso firme su director adjunto, Daniel Alonso de Santos-, como un compacto y bien orquestado equipo humano que respira al unísono los tempos, silencios y densidad del drama calderoniano, salpicados de escenas jocosas y dicharacheras que dotan a la función del ritmo necesario. Permítasenos limitar nuestra mención a los intérpretes de las figuras principales e imprescindibles de la obra, encabezados por un Arturo Querejeta, como Pedro Crespo, que impregna a la pieza su marcada y reposada cadencia verbal, elevándose en momentos puntuales de gran intensidad dramática; Daniel Albaladejo le da la réplica en su excelente recreación de don Lope -juntos ofrecen un tándem interpretativo, lleno de complicidad, que permite asistir a algunas brillantes escenas-; Javier Lara interpreta con corrección y solvencia al capitán don Álvaro, al igual que lo hacen Jorge Basanta (Rebolledo), Isabel Rodes (Chispa), Andrés Picazo (Juan) y Adriana Ubani (Isabel) en sus respectivos papeles, y en general el resto de actores que completan el reparto.
Presentada al público por primera vez en la pasada edición del Festival Clásicos en Alcalá, y tras rodarse en otros escenarios antes de su estreno definitivo en los Teatros del Canal, el 19 de septiembre, El alcalde de Zalamea que hasta el 13 de octubre puede contemplarse en la Sala Verde de estos teatros es una obra redonda, madura; una gran producción que encierra todos los grandes valores de la escena tradicional, cuya validez es tan intemporal como el mensaje mismo del texto calderoniano. Un clásico de nuestra literatura dramática imprescindible, y un montaje, que aconsejamos no perderse.
José Luis González Subías
Fotografías 1-4: Pablo Lorente
Fotografías 5-7: marcosGpunto
No riñas por cualquier cosa;
ResponderEliminarque cuando en los pueblos miro
muchos que a reñir se enseñan,
mil veces entre mí digo:
‘Aquesta escuela no es
la que ha de ser’, pues colijo
que no ha de enseñarle a un hombre
con destreza, gala y brío
a reñir, sino a por qué
ha de reñir; que yo afirmo
que si hubiera un maestro solo
que enseñara prevenido,
no el cómo, el por qué se riña,
todos le dieran sus hijos.
Con ese fragmento de Pedro Crespo, pensaba, en paralelo a la peripecia del argumento calderoniano, "!Qué inmenso poder moral tiene el teatro en estos tiempos de polarización y de odio. De guerras que se producen para crear negocios de armas, y de esos negocios que producen mujeres violadas y niños indefensos, machacados entre escombros!" Son reflexiones muy tópicas, muy repetidas, pero me consuela que otras palabras también muy repetidas, pero ya desprendidas de otros paradigmáticos y hermosos textos, textos ya eternos de la Historia Escénica vuelvan a repetirse. El teatro quizás sea un mantra, una letanía que nos recuerda que no todos los caminos nos han de conducir a la felicidad, aunque no estaría mal que nos quedase la esperanza.
Aquí Alonso de Santos, con su infinita sabiduría y su experiencia, es el maestro de ceremonias, que a través de una puesta en escena, que llega limpia y que funciona y nos funciona a todos los asistentes del espectáculo, como un gran mecanismo de madera a modo de reloj de cuco. Con unos actores que trabajan en varios planos, pero a destacar básicamente dos: 1º respetar la partitura del verso, y 2º añadir a la misma, unas acciones y unas emociones que calan hasta el tuétano. Todos los cómicos están inmensos, como bien apunta desde esta página José Luis López Subías, sí hay que destacar lo hacemos a Arturo Querejeta y a Daniel Albaladejo, que nos recuerdan con hermoso trabajo lo imprescindibles que son los actores para dar la humanidad añadida a todo es un ser humano, unos buenos seres humanos. Muchas gracias, Alonso de Santos a ti y tu equipo.
Un excelente comentario, que constituye en sí mismo una magnífica reseña de la obra.
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