La necesidad de ser con el otro en "Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?", de Mireia Gabilondo; una comedia dramática llena de esperanza y vida


"El alma se serena y viste de hermosura y luz no usada", podríamos decir, como Fray Luis, al hablar de esta sencilla y profunda pieza que desde el pasado 18 de octubre se representa en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero. Con el título de Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?, la autora y directora vasca Mireia Gabilondo ha escrito un texto lleno de belleza y vida, donde la empatía y el amor sobreviven, en un mundo marcado por la soledad y la necesidad de estar vivos, incluso entre flores de plástico y la humanizada voz de una inteligencia artificial. Todo ello, desde una sanadora perspectiva humorística que, a través de un diálogo fresco y muy dinámico, sumamente ingenioso, y unos intérpretes mimetizados con su voz, consigue desdramatizar la densa historia que se desarrolla en escena desde una distanciada ironía cómica.

La trama y los personajes ideados por Gabilondo toman como referencia el mundo de la psiquiatría y la psicoterapia (profesión de dos de los tres -o cuatro, incluso cinco- personajes que protagonizan la obra), junto con el de las personas con discapacidad, para ofrecer una serie de escenas que tienen algo de costumbrismo contemporáneo, salpicadas de chistes y ocurrentes salidas de tinte tragicómico que rozan el humor negro. No se sabe quién cura o quién necesita más a quién en esta simpática, y a la par, dramática historia, en la que todos los personajes presentan alguna carencia -incluso, Alexa, una inteligencia artificial muy humana-; en cualquier caso, Lucía, Yoldi, José Manuel -Ambrosio-, Martina y Alexa forman un microcosmos -en el que podemos vernos reflejados- con una estrecha relación simbiótica entre sus miembros. Lo cierto es que todos, personajes, actores y público, al concluir la función, salimos más sanados y con un poco más de confianza en la humanidad brillando en las pupilas.

La dirección de Mireia Gabilondo resulta tan impecable como su propio texto. La palabra y la acción fluyen con equilibrio y armonía, manteniendo un ritmo constante que conduce sin altibajos la trama hasta su desenlace, y potenciando los momentos de mayor densidad en el momento preciso, gracias a la maestría con que intercala y maneja una comicidad disparatada muy bien medida.

Resulta sumamente ingenioso y efectivo el planteamiento escenográfico de la pieza -a cargo de Fernando Bernués-, que utiliza un aséptico cromatismo blanco y negro para recrear los espacios donde se desarrolla la acción, tanto las consultas de Martina (Karmele Aramburu) y José Manuel (Telmo Irureta) -quien vive en una confortable y privilegiada casa llena de artefactos domóticos que alivian las dificultades inherentes a su parálisis cerebral- como la casa de Yoldi/Lucía (Aitziber Garmendia), cuyo único mueble identificable es un sofá negro, de enorme protagonismo en escena, que hace las veces de diván en las mencionadas consultas. El blanco del escenario queda reservado tanto al suelo como a unas elegantes planchas horizontales que adornan el negro fondo del escenario, sobre las que se proyectan imágenes que conectan con el exterior -dándonos noticia del estado del tiempo, por ejemplo- y se ofrece información sobre lo que sucede en escena.

Pero lo más llamativo y destacable de este montaje, que no puede dejar indiferente a nadie, es, junto con la calidad de su texto, el emotivo y bello trabajo interpretativo realizado por Karmele Aranburu, Aitziber Garmendia y Telmo Irureta, cuya verdad atraviesa esa cuarta pared que es solo un guiño capaz de romperse cuando la autora así lo decide. Aramburu, honda, segura y sincera, mostró su profesionalidad y veteranía en el oficio; profesionalidad mostrada asimismo por Irureta, cuyo papel nos transmitió una serenidad y un fondo humano emanados tanto del actor como del personaje. Por su parte, Aitziber Garmendia ofreció una lección de virtuosismo interpretativo en su doble papel, y un dominio de la comicidad en escena al alcance de muy pocas actrices. Salimos realmente fascinados de un trabajo que nos pareció digno de premio.

Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?, de Mireia Gabilondo, es una de esas pequeñas joyas que el teatro nos ofrece de cuando en vez, íntimas, como susurradas al oído, dispuestas a arrancarte una espontánea carcajada entre sonrisas cómplices y alguna lágrima escondida, mientras el mensaje callado de la palabra se desliza del pensamiento al corazón, o viceversa. Una bella comedia dramática que permanecerá en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero hasta el 24 de noviembre. No se la pierdan.

José Luis González Subías


Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero

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