"Natacha", dramático retrato de la mujer y la sociedad en la España de hace un siglo, de la mano de Laila Ripoll, a partir de Luisa Carnés

Debo confesar que no conocía la obra de Luisa Carnés (1905-1964). Cuando vi anunciado un texto de su autoría en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, me reproché, como tantas veces, mi ignorancia y me apresuré a buscar información sobre una dramaturga que creía desconocer. No habría jugado con desventaja si hace tres años hubiera visto en la Jardiel Poncela Tee Rooms, adaptación teatral escrita y dirigida por Laila Ripoll, de una novela de marcado contenido social que guarda no poca relación con esta excelente Natacha que, desde el 11 de febrero, se exhibe en la acogedora e íntima sala pequeña de la plaza de Santa Ana.
A Laila Ripoll se debe la recuperación y divulgación, a través del teatro, de una escritora que destacó en su tiempo como activa militante comunista, defensora de los derechos sociales y de la mujer, cuyas ideas expuso combativamente en una obra de fuerte compromiso personal, desarrollada antes, durante y después de la Guerra Civil, durante su exilio en México. Aunque también escribió teatro, cultivó especialmente el periodismo y la narrativa, género al que pertenecen en su origen las dos obras rescatadas para el teatro por Ripoll.
Si uno de los principales dificultades de las adaptaciones de novelas a la escena -costumbre demasiado extendida, sobre la que ya he expresado mi opinión en otros artículos- reside en el poso -y el peso- narrativo, que puede lastrar la acción, el conflicto dramático y la fluidez de los diálogos, no ocurre así con la magnífica adaptación firmada por Laila Ripoll, donde late el pulso de una dramaturga que conoce muy bien su oficio. Tras un monólogo inicial, en el que Gabriel inicia su intervención con el relato de unos hechos donde se pone en antecedentes al espectador, la narración da paso enseguida a la vida, en forma de palabra dialógica y una acción cuya tensión y ritmo son inequívocamente dramáticos. ¡Excelente ejemplo de lo que debe ser un trasvase de la novela al teatro!
La historia contada por Carnés presenta las duras condiciones de vida de la mujer en la España de principios del siglo pasado -la novela fue publicada en 1930-. La presencia femenina lo inunda todo en una obra protagonizada mayoritariamente por mujeres (de los diez personajes que intervienen, ocho lo son), en la que el varón ejerce una función antagónica y negativa en todo momento: el padre (nunca visible) de Natalia -Natacha- (Natalia Huarte), maltratador y enfermo, que desde su alcoba domina y oprime a su esposa (Pepa Pedroche) y a su hija; don César (Fernando Soto), representante del poder, la autoridad y de ese heteropatriarcado luciferino hoy tan mentado, que desea comprar los encantos de su joven empleada con dinero; y Gabriel (Jon Olivares), la ilusión de un mejor hombre posible, que termina mostrando su debilidad y egoísmo, y utiliza también a Natacha para su propia satisfacción personal.
No revelaremos la historia de Natacha; su hastío y sufrimiento permanentes, en un hogar sin amor, marcado por el temor y la desconfianza respecto al hombre, una continua tensión y la angustia de una existencia marcada por la miseria; la monotonía y falta de estímulo del trabajo en un taller, donde solo trabajan mujeres, confeccionando sombreros de paja -algo de Las cigarreras, de Pardo Bazán, que pudimos ver hace unos meses en el Fernán Gómez, tiene esta obra-; la aparición de un amor frustrado, la denigración, el deseo, la condena social, la supervivencia y el afán de superación... Mucho es lo que encierra este impoluto montaje dirigido por Laila Ripoll, en el que, junto al magnífico trabajo actoral realizado por los seis intérpretes que intervienen en escena, destaca el espectacular trabajo del equipo artístico -el mismo con que Ripoll montó Tee Rooms hace tres años- que ha dado forma corpórea al proyecto: la original e impactante escenografía de Arturo Martín Burgos, que juega con la "piedra" de unas sugerentes paredes capaces de albergar múltiples espacios, y las oquedades por las que respiran y deambulan los personajes; con el apoyo de una iluminación, a cargo de Paco Ariza, que da vida y delimita asimismo estos espacios, creando variados ambientes, también emocionales; el realismo del vestuario diseñado por Almudena Rodríguez Huertas y la caracterización de Paula Vegas; el adecuado espacio sonoro de Mariano Marín; y el juego visual, recreador asimismo de espacios y ambientes, que otorga a la acción la bellísima videoescena creada por Emilio Valenzuela.
Un montaje perfecto, para una adaptación tan redonda y acabada como este, en el que quisiéramos destacar el brillante trabajo interpretativo de Natalia Huarte, una actriz con mayúsculas que sigue creciendo y flota en las tablas con la naturalidad, elegancia, fuerza y personalidad de las auténticamente grandes; como lo es esa impresionante Pepa Pedroche que deja su impronta en cada uno de los personajes que interpreta (dos en esta obra, la madre y su hermana doña Ada); un rotundo y perfecto Fernando Soto, en el papel de don César; Jon Olivares, como Gabriel Vergara, perfecto también en su cometido; al igual que Isabel Ayúcar y Andrea Real, en sus respectivos y variados papeles.
Natacha es ya uno de los mejores montajes de esta temporada, en todos sus aspectos. Una obra de hechura clásica -y ribetes decimonónicos-, que plantea importantes temas, aún de actualidad, y emociona por la intensidad de unas pasiones tan intemporales y verdaderas como la vida misma. No se la pierdan. Podrá verse, hasta el 30 de marzo, en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español.
José Luis González Subías
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