Un necesario y sanador encuentro con "Los nuestros", de la mano de Lucía Carballal, en el Teatro Valle-Inclán


No hay duda de que Lucía Carballal (Madrid, 1984) es hoy uno de los grandes nombres de la dramaturgia española contemporánea. Su vertiginosa trayectoria y su creciente presencia en la escena, a lo largo de los últimos quince años, la ha convertido en un referente inexcusable del nuevo teatro de nuestro tiempo, con una voz plenamente insertada y representativa de la sensibilidad estética y de los valores e inquietudes de un siglo XXI que, desde su impetuosa juventud, avanza desbocado a su encuentro con una madurez que empieza a mostrar su inquietante rostro.

Impulsada por unas instituciones públicas en cuyos grandes espacios se ha estrenado buena parte de su obra -Teatro María Guerrero, Teatro Español, Teatros del Canal, Teatro Valle-Inclán, Teatro de la Comedia...-, Lucía Carballal es hoy una de las figuras de la dramaturgia oficialmente más avanzada y representativa de nuestro tiempo, con el apoyo de un Centro Dramático Nacional que ha producido y estrenado la mayoría de sus últimos trabajos. Como sucede en Los nuestros -en este caso, en coproducción con el Teatre Nacional de Catalunya-, la nueva pieza de la escritora madrileña que desde el 21 de febrero se ha estado representando en el Teatro Valle-Inclán, cuya dirección, como viene siendo práctica habitual en sus más recientes creaciones -Los pálidos (2023), La fortaleza (2024)-, ha sido asumida asimismo por la autora.

Con un sentido que tiene mucho de catártico, en Los nuestros, Lucía Carballal vuelve a ahondar en las heridas -reales o ficticias- del pasado, y las preocupaciones particulares que afectan a cada individuo, convertido en el obsesivo centro de atención de una dramaturgia que insiste en cultivar, micrófono en mano, la introspección y ahondar en la reivindicación de un amor propio -mejor cabría decir, amor hacia uno mismo- que se ha erigido en seña de identidad de nuestro tiempo. El yoísmo aflora de nuevo en una historia construida a partir de los traumas acumulados en torno a las relaciones paternofiliales y familiares. Porque la familia, su razón de ser, su significado, su legado, y su importancia como organismo impulsor o castrador de la propia identidad, es el tema que aborda esta nueva trama ideada por Carballal, junto con la reivindicación del derecho a ser uno y para uno mismo. No importa que cuanto suceda en ella se halle muy lejos del propio yo de la autora; el tema sobre el que reflexiona nace de sus inquietudes, y estas se hallan ligadas a la búsqueda y el sentido del ser en el mundo. Desde este punto de vista, Los nuestros es una obra que encierra, tras su aparente envoltura "autoficcional", un profundo sentido filosófico; y como tal, supera la individualidad inherente al tema abordado para convertirse en una obra que trasciende las limitaciones del yo y se adentra en el nosotros, desde una dimensión tanto social como existencial; lo que confiere al texto un valor mucho más interesante a nuestros ojos.

Dicho esto, dejamos al espectador que descubra por sí mismo el cúmulo de pequeñas historias, sentimientos encontrados, reencuentros, tensiones, confesiones y situaciones de alta emotividad que afloran durante el encierro de varios miembros de una familia judía, reunidos en Madrid para cumplir con el Avelut, duelo hebreo que los obliga a permanecer juntos durante siete días para honrar la memoria de un fallecido. En este caso Dinorah, madre de Reina (Mona Martínez) y Esther (Manuela Paso), y abuela de Pablo (Miki Esparbé); junto a quienes se hallan Marina (Ana Polvorosa), pareja de Pablo, con la que ha venido al encuentro desde Londres; Mauro (Gon Ramos), singular acompañante de Esther, que aporta un humorístico punto docto -por contraste- a la pieza; Tamar (Marina Fantini), una prima lejana, de marcado acento argentino; y los hijos pequeños de Esther, una niña (Ana Fernández Vargas / Vega Fernández Vargas) y un niño (Asier Heras Toledano / Sergio Marañón Raigal), que completan este encuentro familiar e intergeneracional.

La obra presenta todas las características formales de una gran producción, respaldada por un equipo artístico de primer nivel, visible tanto en la espectacular y original estructura escenográfica diseñada por Pablo Chaves Maza, construida con los recuerdos y el mobiliario de toda una vida; como en la iluminación de Pilar Valdelvira, el vestuario de Sandra Espinosa o la composición musical -cantada en directo, con mucha solvencia, por los actores- de Irene Novoa. Pero, muy especialmente, en el brillante trabajo interpretativo de un sobresaliente elenco de actores que hacen magia de la verdad escénica.

Excelente trabajo que ratifica lo que ya era una realidad: las altas dotes de Lucía Carballal como directora de escena. A partir, por otra parte, de un texto que presentaba no pocas dificultades; pero al que, como suyo, la autora y directora ha sabido dar su particular -y reconocible- estilo. Los nuestros permanecerá en escena, hasta el 6 de abril, en el Teatro Valle-Inclán. Aún tienen oportunidad de ver esta muy interesante y valiosa propuesta teatral. Merece la pena.

José Luis González Subías


Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero

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