Cuando el gesto y la acción sustituyen a la palabra y se convierten en arte: "Grito, boda y sangre", una dramaturgia de Iker Azkoitia dirigida por Ángela Ibáñez Castaño
El acceso al teatro para las personas sordas ha sido durante mucho tiempo un reto que se ha tratado de paliar con diferentes medios visuales pensados para suplir las carencias que la falta de audición puede provocar en el disfrute y comprensión total del hecho escénico. Muy pocas propuestas teatrales han tenido como prioridad una verdadera integración de este grupo humano en el espectáculo, haciendo uso de la lengua de signos como principal vehículo de comunicación en este.
El Centro Dramático Nacional ha prestado atención a esta realidad y ha pretendido normalizar el uso de la lengua de signos en algunos de sus espectáculos. Ya lo hizo en Manual básico de la lengua de signos para romper corazones (2022), de Roberto Pérez Toledo; pero especialmente con el Ricardo III (2024) dirigido por Marco Paiva, la primera producción representada en un teatro nacional -el María Guerrero- exclusivamente en lengua de signos. Poco más de un año después repite la experiencia con una nueva producción que parte de este lenguaje para ofrecer un espectáculo que utiliza, junto con este, multitud de elementos sígnicos.
Grito, boda y sangre, creación de Iker Azkoitia basada en Bodas de sangre, así como en fragmentos de otras obras y poemas de Lorca, aúna la lengua de signos española (LSE) con la lengua oral, la llamada expresión Visual Vernacular (VV) -forma artística que combina lengua de signos, mimo, poesía y técnicas cinematográficas-, danza signada, música en directo y títeres, dando como resultado un espectáculo completo que constituye un verdadero deleite para la sensibilidad y los sentidos. Para quienes no estamos acostumbrados a este tipo de formas expresivas en un escenario, el interés no decrece en modo alguno ante la falta de un texto, de una palabra que fije nuestro interés y nuestra atención; esta se crea de manera natural en nuestra mente a partir del movimiento, la intensidad de la gesticulación, la insinuación corporal o la danza, y de esa música envolvente donde la guitarra y la percusión se adueñan del espacio, creando el ambiente mágico y de ensoñación, puramente teatral, que domina el espectáculo.
La historia presentada, que juega con el recurso del teatro dentro del teatro, nos plantea una recreación fingida -absolutamente original en su presentación y estética- de la trama de Bodas de sangre, llevada a cabo por dos adolescentes sordas de un centro escolar (Mari López y Emma Vallejo), cuyos compañeros se han ido al teatro a ver una función no accesible. Todo cobra vida y se transforma en poesía vivida, en el aula donde se encuentran, incluido el profesor que las vigila (Josete Ordóñez), convertido en un improvisado músico que las acompaña durante toda la función; al igual que el traductor de sus diálogos a la lengua oral (Diego Illán), que en su mundo teatral se transforma en un virtuoso batería.
Ángela Ibáñez Castaño, directora de esta singular y original propuesta escénica, ha creado un universo con un lenguaje y una vida propia, en el que la palabra, aun existiendo en el inconsciente, se hace absolutamente innecesaria. Engarzando con habilidad sonidos y silencios, la acción de cuanto sucede se sigue con permanente y creciente interés, ofreciendo en el camino escenas de singular belleza que atraviesan lo meramente sensorial para alcanzar el cubículo donde habitan el sentimiento y la emoción estética. La afinada escenografía de Laura Ordás y José Luis Raymond permite a las composiciones de vídeo realizadas por Berta Frigola Solé ofrecer un verdadero espectáculo de formas y color que avivan la imaginación, estimulada con la iluminación de Nuria Enríquez Navarro y el vestuario de Marta Muñoz Sigüenza; y muy especialmente, por las composiciones musicales de Josete Ordóñez, interpretadas en escena por él mismo junto a Diego Illán. Excelentes composiciones e interpretación en las que reside buena parte del atractivo de este espectáculo.
Pero toda nuestra atención y nuestras últimas palabras de elogio se reservan para las dos actrices sordas que protagonizan la obra: Mari López y Emma Vallejo. Imposible resulta dejar de mirar a la primera, una suerte de Audrey Hepburn española que atrapa la atención desde el primer momento, dueña de un carisma, una expresividad y una capacidad corporal genuina de quien a todas luces es una sílfide que hace de la danza y el mimo su vehículo expresivo. Por su parte, Emma Vallejo, quien presta su voz a las pocas ocasiones en que alguna de las dos intérpretes habla, realiza también, junto a la anterior, un trabajo soberbio. Si bien su dominio corporal -sin desdeñarlo en absoluto- no es tan apreciable como el de su compañera, su innegable fuerza escénica e interpretativa forma con esta un todo inseparable. La pareja formada por ambas resulta perfecta.
Poco más nos resta por decir sobre una obra que, en definitiva, nos cautivó desde el primer momento y mantuvo nuestra atención e interés durante los más de noventa minutos que dura la función. Grito, boda y sangre es un acierto como experiencia humana y teatral que, sin duda, merece la pena vivir. Recomiendo, sin reticencia alguna, esta nueva producción del CDN que, tras un mes de exitosa andadura, se mantendrá en escena en la sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, hasta el 1 de marzo.
José Luis González Subías
Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero







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