El misterio del multiverso y el insondable universo del amor, en "Constelaciones", una obra de Nick Payne versionada y dirigida por Sergio Peris-Mencheta
Si algo hay que reconocer al Centro Dramático Nacional, desde hace algunos años, es la apuesta decidida por la innovación y la vanguardia escénicas; su deseo de ofrecer al espectador las voces más representativas y novedosas del teatro internacional contemporáneo; lo que ha permitido, a quien escribe estas líneas -y quizá a muchos de quienes las leen-, conocer la obra de numerosos escritores que, de otro modo, posiblemente seguirían siendo desconocidos para él -y para nosotros-. Valga esta afirmación para Nick Payne, dramaturgo y guionista -ambas profesiones van de la mano desde hace tiempo- que, en los últimos quince años, se ha convertido en una de las voces más originales y exitosas de la dramaturgia británica; por textos como este Constelaciones que hoy nos ocupa, estrenado en el Royal Court Theatre de Liverpool, en enero de 2012, y llevado ahora a la escena española por Sergio Peris-Mencheta, director y autor de la versión estrenada en el Teatro Valle-Inclán el pasado 6 de febrero.
Si la obra de Payne explora sobre las infinitas posibilidades abiertas al juego de la vida por la teoría del multiverso, al tiempo que ahonda en las emociones desarrolladas en torno a una historia de amor, en cuyo camino, entre risas, sueños y momentos compartidos, surgen escollos y dificultades propios de la vida -algunos insalvables; otros, definitivamente dramáticos-, Peris-Mencheta, haciendo una pirueta circense -ambientación pretendida por el director, visible tanto en la disposición circular del espacio como en la presencia y el atuendo de la directora de pista o maestra de ceremonias-, juega aún más con las muchas posibilidades ofrecidas por este interesante texto, ofreciendo la oportunidad de elegir diferentes situaciones para desarrollar la acción, pero también distintas bandas sonoras y variadas combinaciones de actores para interpretar una historia que será protagonizada solo por dos. Las muchas combinaciones posibles entre actores, música y situación de partida, elegidas al azar por el público, formarán parte también de esas infinitas posibilidades de vida -universos paralelos- sobre las que el autor y el director de esta propuesta pretenden abundar y reflexionar.
Pero junto al fondo filosófico y científico que subyace en el contenido de la pieza, aportándole a esta un decidido interés "intelectual", su principal soporte dramático reside en la tierna e intensa historia de amor vivida entre una experta en física cuántica y un apicultor, dos seres pertenecientes a mundos muy distintos, pero unidos por un vínculo más allá de lo racional, tan intangible y poderoso como los misterios del multiverso, que los llevará a compartir una relación a la que el público asiste como un observador curioso que vibra con cuanto les sucede a sus protagonistas, a través de una historia que gira -también literalmente- de manera repetitiva, casi obsesiva, creando la sensación de un orden caótico semejante al desorden existencial y cargada de una fuerte emotividad que aumenta a medida que avanza la trama.
Constelaciones es una obra difícil, dueña de un lenguaje, unos signos, unos códigos, que se alejan del concepto más tradicional del teatro para ofrecer una construcción y un formato muy distintos. Las sensaciones que puede transmitir al público variarán sin duda dependiendo de las características de este. Pero, al margen de la mayor o menor capacidad de comprensión del experimento presenciado -hay mucho de búsqueda y juego teatral en la obra-, y de la empatía estética y emotiva con lo visto, de lo que no puede caber duda es que nos hallamos ante un montaje de una enorme calidad artística y escénica, en todos sus detalles. Desde la singular escenografía diseñada por Javier Ruiz de Alegría -inspirada, como ya señalábamos, en una pista de circo giratoria-, a la iluminación tendente a la oscuridad, con realce de las escenas mediante focos, de Ion Aníbal; el desenfadado y juvenil vestuario diseñado por Elda Noriega; o las composiciones a cargo de todo el elenco, bajo la dirección musical de Joan Miquel Pérez y Litus Ruiz.
En la elección fortuita de los actores que protagonizaron ayer la función, disfrutamos del brillante trabajo de dos intérpretes que nos cautivaron desde el primer momento, María Pascual y Diego Monzón; ambos, de una elevada solvencia actoral y musical -al igual que el resto del reparto-, formaron una pareja perfecta. Les acompañó en esta ocasión como maestra de ceremonias, presentando el espectáculo, Ester Rodríguez, quien dirigió asimismo la formación musical ubicada al fondo de la escena, donde se hallaban asimismo con ella, a los instrumentos, el resto de actores: Jordi Coll, Paula Muñoz, David Pérez-Bayona y Clara Serrano.
Uno de los atractivos de esta propuesta es el hecho de encontrarse cada día ante una obra "inacabada", que se construye ante los ojos del espectador. No sabemos cuál es la situación inicial de partida en la que se conoce la futura pareja -en la función de ayer, el azar hizo que fuese en una boda-, tampoco la música que escucharán cuando se conozcan -su banda sonora-, ni los actores que protagonizarán la historia -tres hombres y tres mujeres que pueden combinarse entre cualquiera de ellos-. Difícil será coincidir en una función igual, por las múltiples combinaciones nacidas de la elección casual del público; de manera que se puede ir a ver la obra en más de una ocasión, con el aliciente y curiosidad de ver qué sucede ese día.
Es, en definitiva, Constelaciones, un montaje de gran interés para el amante del arte teatral. Un nuevo gran trabajo de Sergio Peris-Mencheta, y de todo el equipo que le ha acompañado, sobre una obra de altura, escrita por uno de los dramaturgos más singulares y reconocidos del panorama internacional, Nick Payne. Podrá verse, hasta el 29 de marzo, en el Teatro Valle-Inclán.
José Luis González Subías







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