Alfredo Sanzol vuelve a brillar como dramaturgo y director en "La última noche con mi hermano", un drama de hermandad y muerte lleno de vida


Hay que reconocer que, cuando Alfredo Sanzol acierta -lo cual hace con frecuencia-, es capaz de crear verdaderas obras de arte sobre la escena. Y eso es lo que ha conseguido con La última noche que pasé con mi hermano, una obra escrita y dirigida por un Sanzol que ha sabido mostrar en ella lo mejor de sí mismo como dramaturgo -en un texto perfectamente construido e hilvanado- y como director: la pieza fluye con armonía, intensidad y ligereza, en un ritmo constante y bien medido que atrapa al espectador y lo conduce, sin que este apenas lo note, hacia un crescendo y un desenlace que llegan de forma natural, sin que los casi ciento cuarenta minutos que dura la acción lleguen a cansar en modo alguno. 

Todo cuanto sucede en esta obra se percibe como inevitable y natural
. El lenguaje, los personajes, las situaciones resultan familiares y cercanas, al igual que el dolorido tema que da pie a la historia: la muerte de un ser muy cercano y muy querido, en este caso una hermana; y a una edad demasiado inoportuna y temprana como para ser aceptada con resignación y el consabido "es ley de vida". Pero Sanzol crea este emotivo drama desde la personal forma con que afronta el hecho escénico y los temas que aborda en su imaginario poético; dotándolo de una elegante vis cómica que subyace en cualquiera de sus tramas, en las que equilibra ajustadamente el componente trágico y humorístico de una vida en la que los seres humanos -frágiles  y esforzados antihéroes necesitados de amor- tratan de cumplir su papel como pueden o saben hacerlo.

Porque el teatro de Alfredo Sanzol no entiende de buenos y malos ni de verdades absolutas; introduce el dedo en la llaga sin abrir la herida, y tiende siempre la mano a la esperanza y a una solución feliz proveniente del entendimiento humano. Su teatro es eso, sencilla y esencialmente humano. Un teatro que utiliza estructuras tradicionales, a las que dota de recursos y elementos ligados a la más vanguardistas formas del lenguaje escénico -narratividad, ruptura del tiempo lineal de la historia-, siendo la mezcla de tradición y modernidad una de sus señas dramáticas más significativas.

Cuanto acabamos de decir se ajusta a la obra que desde el ya lejano 13 de febrero ha estado representándose en el Teatro María Guerrero, una coproducción del Centro Dramático Nacional y el Teatre Nacional de Catalunya que debe situarse entre los grandes montajes escénicos de la presente temporada.

Dirigido por Alfredo Sanzol, este ha contado con un equipo artístico de lujo, con el que ha trabajo ya con anterioridad. Habituales en las producciones del Centro Dramático Nacional son los nombres de Blanca Añón, a cargo de la ampulosa escenografía ideada para la obra que nos ocupa -que mezcla realismo y abstracción en una original y efectiva mixtura- y a quien pudimos ver con Sanzol en el montaje dirigido por este de La casa de Bernarda Alba, en 2024; montaje en el que también intervino Vanessa Actif en el diseño del vestuario, como sucede en esta ocasión. El iluminador Pedro Yagüe, a quien hemos visto en numerosas producciones del CDN, y que en 2022 se hizo cargo de la iluminación de El Golem, texto de Mayorga dirigido asimismo por Alfredo Sanzol, asume de nuevo esta labor en La última noche con mi hermano.

Resta por destacar el magnífico trabajo realizado por los seis actores que componen el reparto, todos de un altísimo nivel. Empezando por unos espectaculares Nuria Mencía y Jesús Noguero, en sus respectivos papeles de los hermanos Nagore y Alberto Oyarbide; tan brillantes y completos interpretativamente como Cristóbal SuárezElisabeth Gelabert, en su interpretación de los hermanos Claudio y Ainhoa Iturbe respectivamente -esta última, también de Rosa la Curandera-, cuñados a su vez de los anteriores; y de los jóvenes Ariadna Llobet y Biel Montoro, que dan vida a los hijos de Alberto y Nuria -el primero de distinto padre-.

La última noche con mi hermano es una obra intensa y emotiva, que se adentra en el espectador y lo conduce a la reflexión e introspección en los propios afectos y sentimientos, ligados a nuestras relaciones familiares más íntimas. Una obra que, apretando el corazón y atenazándote la garganta, se desliza con mansa placidez y elegancia, gracias al magnífico texto sobre el que se sostiene, la habilidad de una dirección realmente exquisita y el descomunal trabajo de unos grandísimos actores. Lo tiene todo para merecer el éxito obtenido en su larga estancia en el Teatro María Guerrero, donde podrá verse aún hasta el próximo 5 de abril. Si tienen oportunidad, no dejen de verla, tanto en Madrid como en cualquiera de los teatros en los que recalará en su inmediata gira. Más que recomendable.

José Luis González Subías


Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero

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