"Casi ninguna verdad", de Cris Blanco, un juego metateatral para conjurar y alejar los fantasmas de la mentira
Hacía tiempo que no acudía a la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, uno de los espacios donde el Centro Dramático Nacional suele dar rienda suelta a sus producciones más arriesgadas y experimentales. Ayer le tocó el turno a una creación de Cris Blanco, autora, directora y actriz madrileña que ha realizado una exitosa carrera en lo que llevamos de siglo, ligada tanto al teatro como al cine, cuya influencia es visible -también la ciencia ficción y la cultura underground, a las que se confiesa afecta la autora- en Casi ninguna verdad, la obra que desde el pasado 6 de marzo ha estado representándose en la mencionada sala.
Partiendo del juego tan teatral, pero a la vez tan real -especialmente en nuestro mundo, donde las Fake news y la inteligencia artificial han creado una realidad paralela- como la verdad y la mentira, esta sorprendente y en muchos aspectos disparatada obra nos adentra en un juego que es puro metateatro, en el que no es difícil encontrar la huella de Sanchis Sinisterra, incluso de Pirandello, y de tantos otros autores que rompieron la distinción entre actor y personaje, o la separación entre estos y el público. Como la propia Blanco reconoce, en un texto plagado de guiños y giros inesperados, muchos -la mayoría- de los recursos utilizados en esta creación colectiva -hasta en esto es original una pieza que se confiesa escrita y dirigida por Cris Blanco, con dramaturgia de esta, Óscar Bueno Rodríguez y Anto Rodríguez, y la colaboración de todo el reparto en su creación- son ya muy conocidos y hasta manidos. Esta advertencia le sirve a la autora para crear un distanciamiento distendido respecto al juego al que asiste, que desde el primer instante adopta el tono de la farsa.
Todo cuanto sucede en escena aparenta ser verdad, pero muy pronto nos damos cuenta de que en realidad nada lo es. Las sombras y los monstruos se convierten en elementos cotidianos de un mundo encajado en distintos mundos, con diferentes planos y perspectivas, tan posibles e imposibles como las distintas versiones del mismo hecho. En este permanente juego, del que se hace partícipe al público en varios momentos, afloran vivencias y recuerdos personales que nos trasladan a un Madrid muy conocido por Cris Blanco, quien se interpreta a sí misma -una proyección autoficcional- para conjurar y alejar los fantasmas de la mentira.
Entre las digresiones textuales de la obra, no olvida la autora incluir la correspondiente arenga ideológica -visible asimismo en el insistente empleo de un lenguaje inclusivo que poco tiene de tal-, que lanza sin tapujos contra sucesos y personajes de la historia española más reciente, haciendo uso de un juego proléptico sin duda ingenioso, pero demasiado directo, extenso y parcial. Esa amalgama de sucesos, recursos, intenciones, aciertos, ocurrencias... crean, en mi opinión, un collage divertido, con muy buenos momentos, pero que no producen mayor efecto que el de pasar un rato entretenido, sin aportar gran cosa. Las genialidades que al parecer estaban produciéndose en escena -y así lo manifestaron quienes, al finalizar la obra, aplaudieron de pie lo que acababa de suceder- me dejaron, lamento decirlo, frío, casi indiferente, pese a mis esfuerzos por sentir lo contrario.
A pesar de mis reticencias, la obra cuenta con el atractivo de la sorpresa, la ingeniosidad, y el brillante papel de un reparto que realiza un trabajo excepcional; encabezado por la propia Cris Blanco, junto a Óscar Bueno Rodríguez, Nuria Crespo, Gloria March, Norberto Llopis, Espe López, Alberto José Lucena y Julia Romero. Original y efectiva resulta la escenografía diseñada por Pablo Chaves, tan de verdad y de cartón piedra como los personajes que pululan en escena, el atuendo con que los viste Marta Orozco Villarrubia, la iluminación de María de la Cámara y Gabriel Paré, el sonido de Felipe Lara Pardo o la música de Óscar Bueno.
Con todo lo dicho, les invito a acercarse a la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, para experimentar por sí mismos las delicias de esta sorprendente pieza de Cris Blanco donde Casi ninguna verdad es toda la verdad que pueden encontrarse. Podrán hacerlo hasta el 12 de abril.
José Luis González Subías
Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero






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