"El veneno del teatro", de Rodolf Sirera, se sube al escenario de la Jardiel Poncela para mostrar la vigencia del teatro dramático y su palabra


La última bambalina tiene hoy el placer y el reto de acercarse a uno de los textos más importantes de la historia del teatro español de los últimos cincuenta años: El veneno del teatro; una pieza que, desde su presentación en 1978, no tardó en convertirse en un icono de la dramaturgia de altura contemporánea, y explica los numerosos reconocimientos y premios que su autor, Rodolf Sirera, ha acumulado a lo largo de una extensa vida profesional a caballo entre el teatro y la televisión, medio en el que ha sido guionista durante muchos años.

Entre las numerosas versiones de esta obra, destaca, para el recuerdo, la producida por el CDN en 1983, estrenada en el María Guerrero bajo la dirección de Emilio Hernández, y protagonizada por José María Rodero y Manuel Galiana. Previa al montaje que hoy nos ocupa, Mario Gas dirigió en 2012, para los Teatros del Canal, la versión más reciente que recordamos, interpretada en esta ocasión por los actores argentinos Miguel Ángel Solá y Daniel Freire. 

La propuesta que desde el pasado 9 de abril puede verse en la Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez es obra del director barcelonés Robert Torres, responsable de la versión y la dirección del montaje, que, manteniendo en su esencia el texto de Sirera -insuperable en su concepción de partida y en su calidad literaria y dramática-, realiza algunas modificaciones frente a la versión utilizada hasta el momento -la de José María Rodríguez Méndez- en la mayoría de los montajes de la pieza desde 1983 -la misma que supuestamente se sigue en esta, a la que llaman "adaptación"-; la primera y más llamativa, la modificación de los dos personajes masculinos que protagonizan la historia, que es ahora representada por dos mujeres; y en segundo lugar, el traslado de la propuesta inicial del texto, desde el siglo XVIII, a un "futuro cercano que se define por una profunda transformación impulsada por la revolución tecnológica, la hiperconectividad y la globalización...". Así reza en el dossier, entre otras explicaciones que aluden a "la incertidumbre, la crisis climática y la inestabilidad política (polarización y posverdad)". Sinceramente... no lo veo.

¿Qué tendrán que ver estos temas de la posmodermidad -por llamarlos de algún modo- con el inquietante juego dramático y los profundos diálogos planteados por su autor, plenamente ligados a los debates de una Ilustración que analizó y juzgó el comportamiento humano desde una razón que trataba de explicar el sinsentido y la brutalidad de la existencia, la pulsión irrefrenable de los instintos o la relación entre el placer y el dolor, entre tantas otras cuestiones presentes en este maravilloso texto en el que percibimos la huella del marqués de Sade y nos recuerda La huella de Shaffer-Mankiewicz? El contenido de esta maravillosa pieza, y su perfectamente calculada trama, nos remiten a la mejor tradición de un teatro de texto plagado de referente culturales y metateatrales. Sófocles, Diderot, Rousseau... lo fingido y la verdad, lo imposible de la recreación teatral de esta; la incapacidad para representar realmente lo no sentido y vivido, como puede ser la muerte... Son tantos los aciertos de esta gran obra, que tratar de añadir o aportar algo a lo que ya es -no necesita más-, corre el peligro de empequeñecerla.

Afortunadamente, la consistencia de un buen texto es capaz de superar cualquier experimento. Al menos este lo ha hecho, permitiendo que la versión de Robert Torres siga manteniendo el interés por una intriga, una historia y unos diálogos fascinantes.

Todo transcurre en un salón del palacio de una poderosa marquesa (Marta Sangú), gran aficionada al teatro y el arte de la representación, que ha citado a la célebre actriz Gabrielle de Beaumont (Sivia Maya) para que interprete en su presencia el fragmento de una pieza teatral sobre la muerte de Sócrates escrita por ella. La historia, que no deja de ser extravagante, pero sin alejarse de lo normal, transcurre sin embargo, desde el inicio, en una situación y un ambiente tenso, inquietante, incómodo... una espera de la actriz, atendida por una criada japonesa -extravagancia innecesaria, pero aceptable- que no tardará en descubrirse ante su invitada como su anfitriona, que ha querido representar ante ella dicho papel. El juego deja pronto de serlo. Beaumont comprobará que ha sido encerrada, atrapada en una trampa en la que lo que está en juego ahora es su propia vida y de la que solo podrá librarla su mejor actuación; aquella que se identifique con la verdad misma.

Con una dirección correcta, ajustada al planteamiento de su propuesta, Torres ha optado por una escenografía que trata de expresar una atmósfera de inquietante frialdad -la frialdad de un psicópata- y un lujo minimalista, reflejados en la muy acertada escenografía a base de espejos diseñada por Llorenç Corbella, y la iluminación de Elena Santos. El vestuario, a cargo de Lluna Albert, responde a esa traslación contemporánea y futurista, pero manteniendo un cierto aire "dieciochesco" en algunos detalles, especialmente reconocibles en el atuendo de la marquesa o el bastón que acompaña a la actriz.

Silvia Maya y Marta Sangú, las dos actrices que asumen la responsabilidad de interpretar dos personajes tan complejos, de tan ricos y sutiles matices, se entregan en sus respectivos papeles, cumpliendo con su cometido, en una interpretación ajustada y correcta que, sin embargo, no llegamos a creernos del todo. En nuestra opinión, la aristócrata y la comedianta piden más; o, simplemente, otra cosa.

Es, en fin, con sus luces y sombras, este nuevo montaje de El veneno del teatro una excelente oportunidad de acercarse a conocer la savia de una obra maestra, y a un autor, Rodolf Sirera, que ofrece una lección -para quien lo necesite o quiera saberlo- de lo que es escribir teatro. Solo por eso, merece ya la pena acercarse a la Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez y dejarse atrapar por ese dulce veneno que puede hacernos olvidar la distancia entre la verdad y la mentira, o entre la vida y la muerte. Una muy interesante propuesta teatral que se mantendrá en escena hasta el 3 de mayo.

José Luis González Subías


Fotografías: Jesús Robisco

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