Jacinto Benavente y su "Malquerida" vuelven a las tablas del Teatro Español, en un montaje dirigido por Natalia Menéndez



Siempre es un placer volver a los clásicos de los albores del siglo XX, aquellos que con un pie en nuestro gran teatro decimonónico apuntaban el rumbo que tomaría la escena española en las décadas siguientes. Entre los muchos dramaturgos de entre siglos, pocos nombres tan importantes como el de Jacinto Benavente, el incuestionable dueño de las tablas en las primeras décadas del pasado siglo, cuyas obras siguieron representándose asiduamente durante toda la centuria, siendo visibles asimismo, con relativa frecuencia, en lo que llevamos de siglo. Con motivo del centenario de la concesión del Premio Nobel al dramaturgo, en 2022, varios de sus textos pudieron escucharse de nuevo en el Teatro Español, el espacio donde desde el 13 de marzo se representa Malquerida, una versión de la célebre obra benaventina, a cargo de Juan Carlos Rubio y Natalia Menéndez, directora asimismo de un montaje marcado por su sobriedad y el respeto a las características del género a que pertenece.

Si nuestros datos no son incorrectos, la última vez que La Malquerida -ese es su título original- pisó las tablas del Teatro Español fue en 1988, bajo la dirección de Miguel Narros, en un montaje en el que, curiosamente, intervino también Aitana Sánchez-Gijón, la actriz que protagoniza esta nueva versión interpretando a Raimunda.

Más de ciento diez años después de su estreno, La Malquerida mantiene intacta su fuerza e intensidad dramática sobre el escenario; una potencia nacida de las pasiones que dominan a los principales personajes de un drama trágico que hunde sus raíces en el Romanticismo -podríamos remontarnos incluso al pathos griego, y al fatum, que conduce al inevitable desenlace- y conecta con la dramaturgia lorquiana en la presentación de unos personajes y unos hechos que anuncian y anticipan sus dramas o tragedias rurales. El uso de una copla que corre por el lugar, y desencadena en buena medida los acontecimientos ("El que quiera a la del Soto / tiene pena de la vida. / Por quererla quien la quiere / le dicen la Malquerida") se trata de un recurso habitual en nuestra tradición dramática, y que también nos hizo recordar aquellos otros versos que llevaron a la muerte a aquel famoso caballero lopesco ("Que de noche lo mataron / al caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo").

Una boda a punto de celebrarse, el asesinato del novio supuestamente a manos de un antiguo amor de la joven que va a desposarse, el deseo de venganza de los familiares de aquel y una terrible verdad que acecha y torna por convertirse en una amenaza que hará más trágica aún la tragedia con que da inicio la obra. Todo ello, guiado por una permanente intriga y un misterio que va desvelándose a medida que avanza la historia, perfectamente construida e hilvanada tanto en el original como en esta nueva versión firmada por Rubio y Menéndez, que perfila matices, acentuando y poniendo de relieve algunos aspectos ya presentes en la pieza, pero que aquí cobran mayor relevancia, como el humor -focalizado en la figura de Juliana (Goizalde Núñez)- o el contenido erotismo que emana el personaje de Acacia (Lucía Juárez) y estalla al finalizar la pieza.   

Una obra de tal calado exige de los actores su máxima expresividad y entrega. Y así lo vemos en Aitana Sánchez-Gijón, verdadero coloso femenino en la obra, como madre y esposa, cuyo amor por Esteban (interpretado por un excelente Juan Carlos Vellido) la lleva a defender a su hombre como loba herida; o en este, que mantiene una calma que solo oculta el fuego capaz de matar. La misma fuerza que dirige la actuación de Dani Pérez Prada en su impecable papel de El Rubio; o la de José Luis Alcobendas, que construye un personalísimo y muy creíble Eusebio; Lucía Juárez como Acacia, Alex Mola en su interpretación de Norberto, y un vital Antonio Hernández Fimia que cumple con soltura su papel de Faustino.

La escenografía de Alfonso Barajas recrea las paredes de una casa rural, tanto en los tonos ocres como en los materiales que se adivinan y los enseres y atrezo general del escenario -una mesa, dos sillas, un banco y un baúl-, que, junto con la tenue iluminación de escena, a cargo de Juan Gómez Cornejo, y la música y el espacio sonoro creados por Mariano Marín, contribuyen a crear una atmósfera opresiva y amenazante, acorde con la tragedia que se respira. El realismo de este espacio, a su vez tan cargado de elementos simbólicos, se acentúa en el vestuario diseñado por Rafael Garrigós, en consonancia con la convención y la estética de la época y el género.

Es, para concluir, este montaje de Malquerida una acertada propuesta teatral, nacida de Producciones Off, que permite adentrarse en la obra de uno de nuestros más grandes dramaturgos de la escena española. Un clásico del siglo pasado que, afortunadamente, el Teatro Español -en la línea de recuperación de nuestro patrimonio teatral llevada a cabo por su director, Eduardo Vasco, en los últimos años- ha querido ofrecer de nuevo al público para su disfrute e ilustración. Podrá verse en el Teatro Español hasta el 26 de abril.

José Luis González Subías


Fotografías: Marcos G Punto 

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