"LEXIKON", una experiencia performativa creada por El Conde de Torrefiel, se estrena en el Teatro María Guerrero


Hace tiempo que observo, comento, analizo y reflexiono sobre los rumbos del teatro contemporáneo, tratando de explicarme la persistente obsesión de las tendencias más avanzadas, novedosas, experimentales o vanguardistas de este género -esas que pretenden marcar un rumbo que los aficionados a las historias sobre la escena se resisten a seguir-, por epatar mediante la provocación y la molestia, incluso la apatía creada por el desinterés, a un público que, seamos sinceros, no está dispuesto a tragar con cualquier cosa. ¿O quizá sí?

Hay un momento en LEXIKON -en realidad, varios- la obra que desde el 24 de abril se representa en el Teatro María Guerrero -sí, uno de los grandes templos de nuestra escena, sede del Centro Dramático Nacional- y ha motivado estas palabras, en el que Tanya Beyeler y Pablo Gisbert, autores del texto y directores de esta creación de la compañía El Conde de Torrefiel, se preguntan si ese teatro, donde tantos títulos y autores emblemáticos de nuestra tradición teatral cosecharon éxitos inmemoriales, algún día dejará de existir. Y nuestra respuesta es fácil; de seguir por ese camino, sí. 

Saben muy bien sus creadores que este espectáculo, que gozará del privilegio de estar en escena -y menuda escena- durante nada menos que un mes -todo un lujo, que cualquier compañía teatral desearía para sí-, provocará reacciones encendidas entre el respetable que haya pagado su butaca. Ese es su propósito; no puede ser de otro modo en un teatro nacido para incomodar o desasosegar a quien espera recibir de la escena otra cosa. Un teatro "revolucionario" que, aprovechando la tribuna del escenario, trata de mostrar al mundo la adecuada dirección de las ideas -sus proclamas políticas así lo evidencian- y los rumbos estéticos, ligados a los avances tecnológicos de nuestra era -la de la robótica y la inteligencia artificial-, que identifican a una sociedad criada al amparo de la música electrónica y de los grafitis. Una nueva estética para un nuevo mundo, que en realidad no es tan nueva como parece -tampoco el mundo al que se dirige y contribuye a su vez a crear-, que bebe de una larga tradición ligada a las vanguardias históricas y al fenómeno de la performance

Y hay que reconocer que, como espectáculo de performance, el producto ofrecido es bueno, incluso muy bueno. Son muchos los valores estéticos de un espectáculo que no puedo identificar con una obra teatral al uso -lo que los teóricos denominan "teatro dramático"-, y que responde como pocas al modelo de lo que hoy se entiende por "teatro posdramático": un teatro que rechaza la palabra como vehículo de transmisión de emociones vivas, y denunciada como instrumento al servicio del poder -el alegato contra esta, a partir del discurso de ingreso en la RAE de Enrique Vila-Matas, que centra uno de los siete "cuentos" en que se estructura la obra, es claro; al igual que los abundantes momentos en que el silencio, importunado por un persistente ruido sonoro que lo impregna todo, se adueña del espacio-; la ausencia de una historia como tal, conflicto, personajes, diálogos en tiempo presente... Y cuando la palabra aparece -en reiteradas ocasiones-, lo hace como vehículo de carácter literario -más apropiado para ser leído- o para transmitir mensajes narrativos, expresados con la asepsia de la voz impersonal de quien no pretende ser sino contar informar; de ahí que estos narradores aparezcan siempre de espaldas al público y emitan su voz a través de un micrófono.

Todo un espectáculo visual y auditivo se despliega ante el espectador, que contempla lo que pretende ser un arte vivo que tiene su propio tiempo y sus códigos. La creación de un cuadro -por supuesto de un artista moderno, y abstracto- ante los ojos del público, las reiteradas alusiones a iconos de la cultura pop y artistas de culto -tanto del cine como de la pintura o la literatura- del pasado reciente, las extravagancias del arte contemporáneo, la robótica... Tal cúmulo de elementos requiere la intervención de un solvente equipo artístico capaz de aportar, con la pericia técnica de los creadores de la iluminación (Andrea Forlenza), el espacio sonoro (Rebecca Praga), sonido y vídeo (Uriel Ireland), videoescena (María Antón Cabot, Teo Guillem y Carlos Pardo), robótica (José Brotons Pla), máscaras y atrezo (Mireia Donat Melús), vestuario (Javier Muñoz) y una escenografía (Isaac Torres y El Conde de Torrefiel) que deja libre la caja del escenario, dejándolo enmarcado entre unas amplias paredes de cortinas que pueden avanzar o retroceder, el atractivo o interés de un espectáculo que, como obra dramática, no tiene ninguno.

Siendo esto así, la tarea de los cinco excelentes intérpretes -y colaboradores en la creación- se limita -que no es poco- a desarrollar exquisitamente su tarea, con una absoluta profesionalidad y dominio técnico de los instrumentos que están utilizando -su propia voz y su cuerpo-, al servicio no de un personaje, sino de lo que la función y las sucesivas performance requieren. Junto con la belleza de algunos momentos visuales, el trabajo realizado por Tanya Beyeler, Carmen Collado, Amalia FernándezIon Iraizoz y Mauro Molina es, a nuestros ojos, lo mejor de la obra.

Reconozco que este tipo de teatro -sigo preguntándome si realmente lo es- no es santo de mi devoción. Quizá fuera este el teatro bajo la arena que hubiera pretendido hacer Lorca, y que tanto me recordó ayer, en algunos momentos, al surrealismo. No fue esto lo que me disgustó de la propuesta, en absoluto; pero sí la lentitud de muchas escenas, la innecesaria laxitud de cuadros inconexos -la excusa de los cuentos del Decameron, Canterbury o Las mil y una noches, no cuela- y la pretenciosidad de un espectáculo que supuestamente parte de una pregunta de hondo alcance existencial: "¿Qué nos define como humanos?" Si lo que nos define, según LEXICON, es la palabra, y lo que se pretende es alejarnos de esta para encontrar la verdadera comunicación entre los seres humanos, decididamente, estoy en la época equivocada. Lo que viene, no me interesa.   

Cerca del final de la obra -un final incierto, que no termina de llegar- los creadores se plantean -así lo expresan- que la mitad del público que vea el espectáculo se alejará de allí lamentando la tomadura de pelo o el tiempo perdido -dependiendo de su grado de indignación o de tolerancia-, y el resto aplaudirá generosamente o con entusiasmo la propuesta. Y yo me pregunto, ¿cuál será la razón de ser de este teatro incómodo, provocador, cuando ya no haya a quien incomodar o provocar, ni siquiera sorprender, pues solo acudirán a él sus adeptos o convencidos?

En fin, sigamos haciéndonos preguntas para mantenernos despiertos, como las que a buen seguro provocará LEXIKON -al menos la de "¿qué hago yo aquí?"- a quien se acerque a ver esta propuesta performativa que se mantendrá en el Teatro María Guerrero hasta el 24 de mayo. Esta vez no puedo recomendar la obra, pero estoy seguro de que despertará amores y rechazos con la misma intensidad, dependiendo de diferentes factores en los que no puedo detenerme ahora. Incluso para alimentar ese rechazo quizá fuera necesario ir a verla. Creo haber dicho ya más que suficiente.

José Luis González Subías


Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero

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