De España, Filipinas, decolonialismo, reparación, dolor y dominación en "Las últimas", una obra de Lucía Miranda llena de crítica y de chirigota
Un auténtico ejercicio de deconstrucción, al más puro estilo conceptual y estético de las tendencias posmodernas -también posdramáticas- de este siglo, es la propuesta escrita y dirigida por Lucía Miranda, para el Centro Dramático Nacional, con el título de Las últimas. Deconstrucción del recuerdo histórico de un pasado sobre el que no dejan de surgir traumas y heridas, para construir una nueva memoria, "democrática", que dé un nuevo significado a la realidad de unos hechos sucedidos hace siglos. Sigamos fustigándonos por la historia de nuestra civilización -pocos países saben hacerlo con más arte e inquina autodestructiva que España-, juzgándola con nuestros actuales ojos y unos valores que nada tienen que ver con los de ayer; convirtiendo el teatro en tribuna -siempre lo ha sido- dispuesta a aleccionar al paciente -y complacido, muchas veces- acólito que nutre estas ceremonias en ocasiones de dudoso divertimento.
Discúlpese esta digresión introductoria, directamente relacionada con el sentido último de la pieza que se representa desde el 12 de mayo en el Teatro Valle-Inclán. Una obra que, tomando el motivo de "los últimos de Filipinas", y la cesión -a cambio de veinte millones de dólares- de esta provincia de Ultramar a Estados Unidos en 1898, reflexiona, a partir de los testimonios de descendientes directos de aquel momento histórico, sobre las consecuencias de lo que la autora llama "colonialismo" español; un concepto que relaciona directamente con el imperialismo, para llevarnos a los orígenes mismos de la conquista de este territorio a partir del descubrimiento de Magallanes en 1521, hace cinco siglos.
Los diferentes números que conforman la obra -está planteada como una sucesión de escenas en torno a distintos sucesos relacionados con la dominación de Filipinas, y sus secuelas para los habitantes de un territorio que perdió su identidad y trata aún de recuperarla- ofrecen un mosaico de situaciones e historias marcadas todas ellas por un claro sentido reivindicativo, concienciador y crítico: el monumento a Martín Cerezo instalado en Madrid, en 2020, para homenajear a unos hombres a quienes oficialmente se considera héroes; la recepción de Imelda Marcos con Carmen Polo, en el Pardo, en 1972; la Exposición de Filipinas que tuvo lugar en el Palacio de Cristal del Retiro, en 1887, con la presencia del ministro de Ultramar y la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena; la llegada de Magallanes y su muerte a manos de Lapu Lapu; la marcha de Sor Jerónima de la Asunción y un grupo de monjas para evangelizar el territorio; la imagen del Niño Jesús realizada en aquel tiempo, y aún conservada y adorada en Filipinas... Y todo ello vertebrado por una historia personal, muy íntima, ligada a una enfermedad real, de terrible nombre, relacionada con la madre de Lucía Miranda y que marcó a esta e impregnó su creación, a la que llevó incluso en un bello y expresivo ejercicio autoficcional, identificándola con el cáncer que supuso a sus ojos, para aquel territorio, la dominación española.
El sentido de la pieza y su inclinación ideológica se muestra abiertamente, convirtiendo este ejercicio "decolonial" en una reivindicación de los derechos de los oprimidos -representados en las emigrantes filipinas instaladas en nuestro país, empleadas en el servicio doméstico- y una crítica contundente -vestida con el ropaje del humor y la burla- hacia las instituciones y los símbolos que han marcado el poder en España durante siglos: la monarquía española y sus descubrimientos y conquistas -crítica afín al movimiento antiespañol surgido en Hispanoamérica en el último siglo-, la Iglesia... y por supuesto Franco, visible a través de su esposa, "la collares". Todo por vía de una ridiculización que convierte a los personajes -aquellos que pretenden ser criticados, junto con lo que representan- en caricaturas bufas, fantoches de chirigota o de tuna carnavalesca.
Esta producción ha contado con un equipo artístico de primera línea, con Alessio Meloni a cargo de una escenografía que deja el espacio diáfano para jugar con diferentes elementos móviles y muy funcionales con los que se recrean las diferentes secuencias, cuya verdadera ambientación la proporciona especialmente el vestuario realizado por Anna Tusell, apoyada asimismo en la excelente iluminación diseñada por Pedro Yagüe. Por lo que respecta al reparto, este cuenta con la presencia de Belén Ponce de León y Juan Paños Larrauri como grandes atractivos -tienen momentos memorables-; a los que hay que sumar los impecables trabajos de Belén de Santiago, Julia Enríquez, Alexandra Masangkay, Chris Angelous Manalo y Laurence Aliganga, coreógrafo y director musical respectivamente, los dos últimos, de una obra que cuenta con varios números cantados y bailados en los que interviene en distintas ocasiones la Tuna Universitaria Complutense.
No hay duda de que Las últimas, una creación de Cross Border, es un espectáculo dirigido con ingenio y un claro conocimiento de la construcción escénica. Los ritmos y la concatenación de elementos que intervienen en él están perfectamente articulados, y el mensaje de la pieza se envuelve en el color, el vertiginoso ritmo y la risa del gesto desenfadado. Un espectáculo en apariencia inocuo, comprometido con nobles causas y con los afectos humanos, que pretende hacer pasar un buen rato al espectador al tiempo que lo alecciona (docere et delectare). Bien está, ¿acaso hay tarea más loable y secular entre las finalidades del teatro? Estos dos elementos están perfectamente recogidos en la obra de Lucía Miranda. Le corresponde al público apreciarlos en función de su sensibilidad y de sus intereses. Podrá hacerlo en el Teatro Valle-Inclán, hasta el 21 de junio. Una buena opción teatral para este final de temporada que amenaza con derretirnos de calor.
José Luis González Subías
Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero






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