El CDN nos ofrece, de manos de Carolina África, la fórmula para encontrar "Una buena vida"


Íntima, sincera, emotiva, desenfadada, desnuda, a veces provocadora, y humana, profundamente humana, se mostró ayer a nuestros ojos la obra que, con el título de Una buena vida, Carolina África estrenó el pasado 13 de mayo en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero. La actriz y dramaturga madrileña, que dirige asimismo su obra, se desnuda ante el público para mostrar su rostro más delicado, más frágil -pero también más poderoso y vital- y tierno, acompañada en escena por un brillante Jorge Kent que realiza uno de los papeles más naturalistas y cercanos que le hemos visto nunca hacer, y una excelente Ahimsa cuya presencia sin voz ofrece ofrece la cara amarga del deterioro último, en un grito desgarrador de impotencia y lucha silente.

Todo transcurre en la habitación de un hospital público, durante la pandemia que golpeó nuestras vidas hace unos años y en aquel extraordinario temporal de nieve con que dio comienzo el año 2021. Una paciente con la pierna rota (Carolina África), accidentada al salir del hospital cuando acababa de dar a luz, a causa de un resbalón provocado por el hielo; en la cama de al lado, una anciana, Teresa (Ahimsa), retrato de tantas madres y abuelas resignadas a habitar el empequeñecido espacio de una cama, tan reducido y claustrofóbico como el latido que aún sostiene su aliento, acompañadas de recuerdos, cuidados -en el mejor de los casos- y visitas -también en el mejor de los casos- cada vez más distanciadas en el tiempo. Llenando todo el espacio con su actitud y energía vital, su profesionalidad, su paciencia, predisposición y permanente amabilidad, se muestra el enfermero que las atiende a ambas (Jorge Kent), cuya apacible y segura voz, así como su capacidad de movimiento, ofrece un importante contraste frente a la inmovilidad de las pacientes -recluidas en su cama- y la actitud de la primera, nerviosa, angustiada y excitada, deseosa de poder abrazar al bebé que le han arrebatado de los brazos nada más nacer.

La conversación entre esta y el enfermero trascurre con la naturalidad, llaneza y confianza -excesiva, creemos, en lo que afecta al tono y la materia elegida al inicio de la obra- que se crea entre paciente y cuidador, cuando nuestra desnudez y fragilidad se ofrecen, desamparadas, a los ojos y brazos de quienes nos cuidan. Cualquier asunto puede ser tratado en ese espacio íntimo donde la vida de tres personas confluye, y el mundo se ve reducido, condensado y magnificado en las palabras, los silencios, los temores y los deseos de cada uno. También la máscara que ocultaba nuestros rostros en aquel momento, y que el enfermero mantiene profesionalmente frente a la rebelde actitud de su paciente, reducía aún más nuestro mundo con la excusa de protegernos de los otros.

La ausencia de un conflicto claro -más allá del deseo de la madre por ver a su hija y la imposibilidad de hacerlo- hace que la conversación transcurra aparentemente sin un rumbo fijo. Sin embargo, la habilidad de Carolina África, tanto como dramaturga como directora -y como actriz-, hace que la trama vaya ganando en intensidad e interés, y los personajes se perciban cada vez más cercanos y se perfilen con mayor nitidez, atrapándonos y llevándonos a su mundo. La obra irá aumentando progresivamente en intimismo e intensidad dramática, llegando a alcanzar momentos verdaderamente vibrantes y emotivos, que encuentran en la figura del enfermero un clímax dramático que se mantiene ya hasta la conclusión de la pieza, cuyo final es todo un acierto.

El realismo de la escenografía y el vestuario presentados por Pablo Menor Palomo contribuyen a la creación de este acercamiento naturalista; del mismo modo que la iluminación diseñada por Rodrigo Ortega ayuda a crear y sostener la ambientación dramática requerida en las correspondientes escenas, al igual que la videoescena utilizada en diversos momentos, obra de Davitxun Martínez y Alma Prieto-Chicken Films.

Insistimos en el brillante trabajo actoral realizado por Jorge Kent, impresionante en su cometido; la no menos espectacular actuación de Carolina África, y el impecable -y difícil- trabajo de Ahimsa, digno, como los anteriores, de nuestros mayores elogios.

Sorprendente obra, que podríamos clasificar en el hoy muy extendido terreno de la autoficción, pero que trasciende cualquier alusión personal para convertirse en una instantánea de la vida común de nuestros días. Realismo puro -con algunas concesiones a la literatura y los mitos- que permite sentirse reflejado en la vida ajena y adentrarse en la compasión como parte indispensable de la vida y de nuestra comunión y convivencia con los otros. Humanidad, sensibilidad y un enorme sentido de lo que es la escena trasciende de una obra que, mucho tiempo después de haberla visto, sus imágenes siguen latiendo en la memoria.

Una buena vida permanecerá en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero hasta el 21 de junio. Cuando una obra llega al corazón no es necesario decir nada más. Conmigo lo ha hecho.

José Luis González Subías


Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero

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