Vicente Blasco Ibáñez llega al teatro con "La barraca", adaptación de su célebre novela por Marta Torres, dirigida por Magüi Mira
Pues sí, esta vez le ha tocado el turno a La barraca, la célebre novela de Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1898. Asumimos con resignación el fenómeno de las adaptaciones teatrales de obras literarias nacidas en otro género, que la dramaturgia contemporánea -o los productores encargados de ofrecer, con sus propuestas, el perfil de nuestra escena- ha tomado como práctica habitual en sus creaciones. Parece que el público responde bien a estas, atraído quizá por el relumbre de los títulos ofrecidos, con frecuencia inspirados en grandes textos de la narrativa universal; asumiéndose, dicho sea de paso, que ha leído o al menos le suenan estos. Cabría plantearse que, si se presupone una cultura media aceptable al público consumidor de teatro, este no necesita ser tentado con conocidos títulos para sentirse atraído por las propuestas dramáticas de las carteleras, y sería suficiente la calidad de los textos teatrales y sus montajes para hacerle disfrutar de tan bello y constructivo arte.
Pero dejemos estas disquisiciones, que pueden despistar del propósito perseguido con este artículo, que no es otro que el de analizar y valorar la propuesta teatral que hoy nos ocupa. Y advertimos ya, para no conducir a equívocos, que a nuestro juicio es excelente. Una magnífica adaptación de la mencionada novela, realizada por Marta Torres, que ha sabido crear, sin perder la esencia de la obra que la inspira, una verdadero texto teatral. Texto que sirve de soporte a un montaje de gran fuerza visual, auditiva y expresiva, en conjunto, donde la palabra se ensambla con absoluta maestría en una puesta en escena que da cabida a la danza y la expresividad corporal, a partir de un trabajo coreográfico de enorme valor, a cargo de Marta Gómez. Acompaña a la acción -en realidad no la acompaña, sino que es parte indispensable de la comunicación, la pasión y la emotividad que emana la escena- una banda sonora de gran belleza, con composiciones de Santi Martínez, que forman una verdadera unidad con el planteamiento estético diseñado en su dirección por Magüi Mira, encargada asimismo del vestuario.
Curt Allen y Leticia Gañán vuelven a dar muestra de su talento y capacidad imaginativa en la creación de escenografías sugerentes y funcionales, capaces de construir atmósferas y contribuir a reforzar los efectos de las acciones humanas desde unas formas geométricas y unos materiales que cobran vida. En este caso, unos útiles paneles con espejos, ligeramente inclinados, que permiten su movilidad por el escenario para insinuar distintos espacios y momentos, siempre creados a partir del texto, la situación, el atrezo y una espléndida iluminación diseñada por José Manuel Guerra.
Multitud de detalles muestran el exquisito cuidado y enorme trabajo llevado a cabo por todo el equipo artístico, guiado con sabia mano por Magüi Mira, cuya dirección, marcada por un estilismo distanciado del naturalismo de la novela, pero manteniendo su esencia realista, marcadamente social y trágica, resulta impecable. Esas superficies enrollables sobre el suelo, capaces de convertirse en espigas de cereal, la arena de los sacos -tierra bañada en sangre-, el uso de las leves mochilas que portan los personajes y llevan a la espalda con dúctil ligereza, la utilización de todo el espacio y todas las zonas del cuerpo de los actores, que realizan un trabajo verdaderamente extraordinario... No cabe distinción alguna entre estos, más allá del protagonismo del personaje que interpretan; aunque en realidad todos forman una compacta unidad, decididamente coral y social, que Mira ha querido y sabido potenciar con enorme acierto. Excelentes todos y cada uno de ellos en sus diferentes papeles, permítasenos destacar el impresionante trabajo de Antonio Hortelano (Pimentó), y el no menos loable de Daniel Albadalejo (Batiste). Relevante es asimismo el papel de Elena Alférez como Roseta, junto con el resto del reparto: Jorge Mayor (Tío Barret, D. Joaquín), Antonio Sansano (D. Salvador, Tío Tomba), Patricia Ross (Teresa), Claudia Taboada (Pepeta) y Jaime Riba (Tonet).
Sin entrar en detalles sobre su contenido, cuyo descubrimiento dejo al goce de su contemplación sobre el escenario, La barraca muestra con descarnada crudeza las duras condiciones de vida de los campesinos de la huerta valenciana a finales del siglo XIX; situación extensible a la de las clases sociales desfavorecidas de la España rural en aquel tiempo. Movido por la necesidad y el hambre, Batiste se instala junto con su familia en las tierras que habían pertenecido antes al Tío Barret, expulsado de ellas por su propietario, D. Salvador, al no poder pagar su arriendo. Los vecinos de la zona, con Pimentó a la cabeza, hacen la vida imposible a los nuevos moradores de la barraca, que sufrirán en sus carnes el odio nacido del sentido de pertenencia a un lugar y a una clase, el miedo al llegado de fuera y la desesperación y brutalidad de quienes viven en la miseria y en la ignorancia.
Visos de tragedia rural y de tragedia griega asoman en esta acertada producción de Teatro de Malta junto con Pentación Espectáculos y Olympia Metropolitana, que acaba de estrenarse en el Teatro Fernán Gómez. Una excelente propuesta para concluir la no menos excelente temporada de dicho teatro. La barraca, en versión de Marta Torres y dirigida por Magüi Mira, permanecerá en escena hasta el 21 de junio. No se la pierdan.
José Luis González Subías
Fotografías: Javier Naval






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