El Teatro de la Zarzuela acoge la ópera de Manuel Penella "El gato montés", en un excelente montaje dirigido por Christof Loy que cierra la temporada


Entre todos los géneros dramáticos, el teatro lírico presenta una serie de características que lo hacen único e insustituible. Da lo mismo el formato y las variantes que se empleen en su cultivo, la música siempre se erige en un poderoso motor que conecta con el público como ningún otro lenguaje puede hacerlo. Vestida con la melodía y la cadencia armoniosa de la voz humana, la palabra -o mejor, su intención, porque con frecuencia esta se pierde en el camino- se clava con fuerza en el ánimo y las ánimas de los asistentes, para animarlos a adentrarse en unas historias cuyo contenido en nada difiere del de las comedias, dramas y tragedias que pueblan los teatros. No importa la dureza o la frivolidad de la historia, las lágrimas o las risas que puedan verterse; dígame lo que quiera, pero cantando... dígamelo con música, por favor.

La historia de nuestro teatro lírico está llena de luces y de sombras. Venían a mi memoria el pasado jueves, mientras contemplaba y escuchaba la espléndida obra de Manuel Penella que desde el 10 de junio ha estado representándose en el Teatro de la Zarzuela, los largos debates en torno a la ópera española y sus infructuosos deseos por darle forma y hacerla llegar al público en el siglo XIX, al tiempo que se creaba y triunfaba la zarzuela moderna. En El gato montés (1917) de Penella, digno heredero de los triunfos operísticos alcanzados por Tomás Bretón en la última década de la centuria previa, confirmó que la ópera española no solo era ya una realidad, sino que su calidad era equiparable a la de cualquier otra creación del gran teatro lírico europeo, sin perder por ello su esencia nacional. Inquietudes muy presentes en el contexto histórico en que la obra se escribe.

Si bien la música ha estado muy presente en mi vida, no soy la persona más indicada para valorar las virtudes o deméritos musicales de ninguna pieza operística, por lo que mis apreciaciones sobre esta gran producción del Teatro de la Zarzuela se limitarán exclusivamente a los aspectos relativos a la puesta en escena del montaje dirigido por el alemán Christof Loy.

La historia de esta "ópera popular española en tres actos y cinco cuadros", construida desde un imaginario de gusto costumbrista decimonónico, nos traslada a una Andalucía romántica de toreros, bandoleros, gitanos y religiosidad, donde las pasiones y las alegrías se viven entre finos y seguidillas, al son de fandangos y pasodobles, y las ofensas y odios se dirimen con el brillo de la navaja y la voz de una escopeta. Recurriendo en su libreto a todos los tópicos de una tradición escénica y popular de raigambre trágica, en la que los avisos premonitorios -en forma de predicciones funestas o de coplas reveladoras cantadas a lo lejos- generan la tensión de un peligro inminente, mantenido en la obra hasta la consecución del clímax dramático, el autor construye una trágica y romántica historia de amor imposible en torno al trío formado por el torero Rafael (Rafael Humberto Rojas), el bandolero Juanillo -el Gato Montés- (Borja Quiza) y la gitana Soleá (Miren Urbierta-Vega). La gratitud que Soleá siente por aquel, quien la recogió y acogió en su casa cuando Juanillo, tras haber dado muerte a un hombre por defenderla, fue encerrado en una prisión de la que posteriormente escapó para echarse a la sierra, hace que vaya a desposarse con el torero, aun amando al bandido. El enfrentamiento entre los dos hombres es inevitable; y la consecuencia de esta lucha nacida de una rivalidad amorosa, predecible. 

El modo en que la muerte alcanzará a los protagonistas de esta funesta historia es digno de ser descubierto por uno mismo, así que dejo aquí los detalles argumentales de la obra para centrarme en otros destacables aspectos del montaje; empezando por la acertada escenografía diseñada por Manuel La Casta, que deja suficiente amplitud espacial para dar cabida a los numerosos personajes que pueblan la escena, utilizando unos sólidos muros blancos, con un doble fondo visible a través del espacio generado por una amplia puerta presente en todos los actos. Blancura que juega con los negros y grises dominantes en la escena, apoyados en la iluminación de Albert Faura y el vestuario de Robby Duiveman, cuyas notas de color -reconocibles en las ropas de Soleá, especialmente ese vestido rojo del primer acto, o el traje de luces del torero- contrastan significativa y simbólicamente con la sobriedad anuncio del duelo.

Excelente la dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra y el de la orquesta de la Comunidad del Madrid -titular del Teatro de la Zarzuela- y el coro titular del Teatro de la Zarzuela, así como el de un impresionante reparto que llega a sumar en escena hasta casi cuarenta personas. Junto con la brillantez instrumental, la voz de todos y cada uno de los intérpretes principales y corales del reparto es, como no podía ser de otro modo, el aspecto más importante y sobresaliente de un espectáculo que nos pareció, interpretativa y musicalmente, perfecto.

El barítono Borja Quiza deslumbró con sus altas dotes vocales y actorales. Su Juanillo creó momentos desgarradores, de gran intensidad; y su sola presencia en escena hacía crecer el valor dramático de esta. Magnífica también la soprano Miren Urbieta-Vega, en su papel de Soleá, y el tenor Rafael Humberto Rojas como el torero Rafael; tanto como la soprano Milagros Martín (Frasquita), los barítonos Gerardo Bullón (Hormigón) y Manel Esteve (padre Antón), y la mezzosoprano María Luisa Corbacho (gitana adivinadora); a quienes acompañan en escena una decena de cantantes más, junto con una veintena de figurantes. Imposible dar cuenta en este espacio de todos sus nombres; como lo es mostrar los muchos valores que encierra una gran producción como esta, con la que concluye brillantemente la temporada del Teatro de la Zarzuela, el 28 de junio. Siempre que vamos a este teatro, salimos encantados. Prometemos repetir en unos meses.

José Luis González Subías



          




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