"El trovador", versión vodevilesca con ribetes trágicos y tintes melodramáticos, del drama de Antonio García Gutiérrez, de la mano de Ensamble Bufo


Estos días se está produciendo en Madrid una feliz casualidad para los amantes del arte escénico. A la vez que se está representando en el Teatro Real la ópera Il Trovatore (1853), de Verdi, cuyo libreto de Salvatore Cammarano se inspira en el emblemático drama romántico de Antonio García Gutiérrez, desde hace dos días puede disfrutarse en el Teatro Fernán Gómez nada menos que de una versión de El trovador (1836). Sí, como han leído. 

Hacía casi un siglo -desde las representaciones que tuvieron lugar en 1936, con motivo del centenario de su estreno- que este famoso drama de uno de nuestros autores románticos más "recordados" no se subía a un escenario. Anhelábamos desde hacía mucho tiempo un acontecimiento semejante; el de que se llevara a escena por fin, después de décadas, más allá del Tenorio -con puntuales y mínimas excepciones, como el Caín pirata y la versión del Traidor, también de Zorrilla, estrenados en 2017-, una obra teatral de nuestro rico patrimonio escénico romántico. Todavía recordamos aquel Traidor, inconfeso y mártir del nunca lo bastante reconocido Gustavo Pérez Puig, en el Teatro Español de 1993, como referente de un montaje a la altura de lo esperado ante este tipo de obras. Y nuestra expectativa estaba acompañada de un no disimulado temor de que tan magno acontecimiento no alcanzara el brillo esperado. 

Montar El trovador es aventura sin duda arriesgada y costosa para cualquier empresa. Solo un teatro público es capaz de afrontar hoy semejante hazaña, por lo que el reto abordado por Ensamble Bufo merece todo nuestro respeto y reconocimiento. Aplaudimos también la decisión del Teatro Fernán Gómez de incluir en su programación, siquiera estival, una obra como esta. Era prácticamente inevitable, sin embargo, que lo que se viera ayer sobre el escenario no fuera realmente el drama caballeresco en cinco jornadas, en prosa y verso, estrenado en el Teatro del Príncipe el 1 de marzo de 1836. No hay duda de que aquellos dramas requieren ser "arreglados" a la escena actual para poder ser aceptados por el público de nuestros días; mostrarse a través de una adecuada versión que, respetando el producto original -sin excesivos edulcorantes ni recortes, y los mínimos añadidos-, sepa acercarse a la sensibilidad estética, anímica, e incluso vital, contemporánea. Harta experiencia tenemos en el acercamiento a nuestros clásicos de otros siglos, como la tuvieron nuestros románticos en versionar las obras del siglo XVII; es lícito, por tanto, cualquier recurso creativo que permita acercarse hoy a una obra teatral del pasado para mostrársela de un modo original, artístico y atractivo al público.

Dicho esto, es importante tener en cuenta que determinados montajes pueden confundir a quien no esté avezado en el conocimiento de ciertas obras -en el caso del teatro romántico, ese conocimiento es nulo-; y una puesta en escena que se tome excesivas libertades con el original puede distorsionar el sentido y el valor de la pieza supuestamente representada. Presentada como El trovador, de Antonio García Gutiérrez, la obra estrenada ayer en el Teatro Fernán Gómez no es el montaje de un drama romántico, concebido desde su espectacularidad escenográfica, su brillantez literaria y poética, la profundidad psicológica de sus personajes o la fuerza de las pasiones vertida sobre el escenario; la versión realizada por Ensamble Bufo ha reducido significativamente las dimensiones de la pieza, convirtiendo esta en un resumen del contenido argumental de la obra y una síntesis de sus principales escenas, que el dramaturgista Daniel Llull y Hugo Nieto, director del espectáculo, han recreado utilizando el recurso del teatro dentro del teatro; enmarcándolo en el trascurso de una velada de estilo y corte biedermeier, propio de la aristocracia y alta burguesía decimonónicas, en el que los personajes son representados, a la vista del público, por los propios personajes-actores protagonistas de este encuentro festivo-dramático tan habitual en los domicilios particulares de este grupo social en aquel tiempo. La misma escenografía (Mónica Boromello) y los atuendos (Helvia G. Jüschik) de época empleados al inicio, en los "entreactos" y al final del espectáculo, intercambiados por las ropas que remedan el medievo cuando son los personajes del drama romántico quienes actúan, dan cuenta de ello. 

La iluminación de Felipe Ramos y la ambientación musical dirigida por Marina Barba -quien interpreta asimismo las bellas piezas de violonchelo que acompañan buena parte de las escenas, junto con el pianista Ramón Gil- contribuyen a crear ese espacio intimista y "doméstico" en el que transcurre la puesta en escena, que cuenta con el atractivo de incorporar la música original de la obra incluida en 1836, recuperada por la citada Marina Barba, profesora de la Universidad de Alcalá, en un proyecto de investigación dirigido por esta; amenizadas con un toque zarzuelero, acorde con el estilo de Ensamble Bufo, que, a nuestros ojos, rompe la densidad y la dinámica del drama representado dentro del juego escénico pretendido. En cualquier caso, es una opción, tan respetable como cualquier otra, que puede resultar incluso atractiva para otros ojos; y sin duda lo sería para nosotros en distinto contexto.

Acabamos de reparar en que no hemos recordado, siquiera someramente, cuál es el contenido de este drama sobre el que tanto se ha escrito y se habla -en realidad no tanto-, pero que nadie ha visto y, en muchos casos, ni siquiera se ha leído, y en el que se acumulan gran parte de los recursos de la dramaturgia romántica. Una historia de amor imposible ambientada en la Edad Media, entre doña Leonor (Ania Hernández), dama de noble posición pretendida por el conde don Nuño (Didier Otaola), y Manrique (Daniel Rovalher), un misterioso trovador supuestamente hijo de la gitana Azucena (Andrea Soto), cuya verdadera identidad será revelada al final de la obra, en unas trágicas circunstancias en las que los dos jóvenes enamorados acabarán perdiendo la vida. Celos, rivalidades y enfrentamientos político-militares (bastante desdibujados en esta versión), exotismo, religión, pasión desbordada, odios, amor y venganza... un complejo engranaje que conduce la acción a un irremediable final trágico, característico de esta dramaturgia, amortiguado por el tono ligero y los ribetes cómico-líricos con que ha pretendido edulcorarse la pieza.

Ania Hernández, Daniel Rovalher, Andrea Soto, Didier Otaola y Dani Llull son los intérpretes de este singular vodevil con tintes trágicos y aires melodramáticos en que Daniel Lull y Hugo Nieto han convertido aquel drama caballeresco, profundamente romántico, al que hace casi doscientos años dieron vida nada menos que Carlos Latorre, Concepción Rodríguez, Julián Romea y Bárbara Lamadrid, entre otros grandes actores de su tiempo. Manrique, Leonor, don Nuño, Azucena... personajes de una elevada intensidad dramática que todo actor quisiera interpretar, quedan muy desdibujados en el planteamiento de una puesta en escena que despoja al drama de García Gutiérrez de su singularidad y su fuerza, impidiendo que sus intérpretes lleguen a identificarse realmente con ellos. Todo cuanto sucede en escena, incluidas las interpretaciones -salvo en puntuales momentos-, se convierte en puro juego, falto de verdad e intensidad dramática, por lo que la obra no conmueve. Quizá fuera esa la intención de un montaje que para nosotros, por desgracia, resulta una magnífica oportunidad perdida de recuperar el patrimonio teatral de un siglo XIX cuya potencialidad dramática sigue siendo menospreciada y desconocida.

En cualquier caso, no deja de tener valor el hecho de que el nombre de Antonio García Gutiérrez y de su gran éxito, El trovador, haya vuelto a despertar el interés de la profesión -aunque le cueste desprenderse de esa grandísima sombra y apéndice lírico al que dio vida Verdi-. Un interés que esperamos siga vivo después de este experimento. Por lo pronto, pueden acercarse al Teatro Fernando Fernán Gómez para comprobar la valía de este espectáculo y conocer, por Vds. mismos, la desgraciada historia de los amores de Leonor y Manrique. Hasta el 19 de julio.

José Luis González Subías


Fotografías 1 y 3: Moisés Fernández Acosta 

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