"La escopeta nacional", llevada al Teatro Español en una excelente adaptación de Bernardo Sánchez Salas dirigida por Juan Echanove


Si durante mucho tiempo la industria cinematográfica se alimentó del teatro para crear sus obras, resulta alentador comprobar que hoy es el teatro quien insufla nueva vida a creaciones nacidas para la gran pantalla. Así sucede con La escopeta nacional, la última gran producción del Teatro Español, que desde el pasado 16 de junio puede verse en la sala grande de dicho teatro.

Dirigida por Juan Echanove, en una brillante adaptación de Fernando Sánchez Salas, la sugerente, explosiva, desternillante, descarada y satírica comedia escrita por Rafael Azcona y Luis García Berlanga, dirigida por este último, cobra nueva forma y aliento sobre un escenario para mostrarnos no solo la genialidad del guion que sustentaba aquella gran película, sino unas posibilidades escénicas que Sánchez Salas, y la fantástica dirección de Echanove, han sabido extraer y resaltar. También para mandar un mensaje y evidenciar que, cincuenta años después, la picaresca y la feria nacional siguen tan vigentes como en las postrimerías del franquismo. Daría lo mismo decir, como en tiempos de Nerón. Distinto formato y piel, pero siempre unos mismos zorros...

El humor satírico de esta comedia sigue manteniendo un fondo crítico que resulta hoy tan aleccionador e incisivo como medio siglo atrás. Incluso algunas de sus escenas, con ese tono verdoso del cine de la Transición, y cierto deje a lo Torrente en algunos momentos, resultan si cabe aún más incómodas y políticamente incorrectas en nuestros días. 

Echanove ha construido una obra al más puro estilo de la comedia de enredo tradicional del siglo pasado, cercana en su ritmo y sus diálogos al teatro comercial de los años cuarenta, cincuenta y sesenta; con no poco del humor disparatado de Jardiel, Mihura o López Rubio, y la fibra picante de Alfonso Paso o Juan José Alonso Millán. Desde un "realismo" costumbrista -marcadamente paródico y satírico- reconocible en los espacios donde transcurre la acción, cuyos principales momentos suceden en la sala principal de la mansión del marqués de Legueniche (Enrique Viana), recreada en la elegante y suntuosa escenografía con sabor de época, diseñada por Isi Ponce, y en el vestuario de Tania Tajadura. La iluminación de Miguel Ángel Camacho contribuye a recrear el ambiente y los numerosos espacios interiores de la pieza, que cuenta con el atractivo de una excelente banda sonora en vivo y algunos números musicales, muy oportunos, compuestos por Ángel Galán.

La acción de esta recordada historia, que forma parte del imaginario cultural de la España de la Transición y de las postrimerías del franquismo, se centra en la cacería celebrada en casa del mencionado marqués, financiada por Jaume Canivell (Pere Ponce), un fabricante catalán de porteros electrónicos que acude a esta en compañía de Mercè (Marta Ribera), su secretaria y amante, con la intención de obtener apoyo y ayuda económica para su proyecto, y saldrá escaldado de una experiencia en la que su bolsillo quedará muy mermado y deberá prestarse a vivir las situaciones más rocambolescas, rodeado de personajes a cual más singular y estrambótico.

Personajes a los que da vida un extraordinario reparto, formado por casi una veintena de intérpretes -entre ellos, tres excepcionales músicos (piano, bajo y percusión)-, que realiza un trabajo impecable. Permítasenos destacar -sin menoscabo de los restantes- el magnífico trabajo llevado a cabo por Pere Ponce (Jaume Canivell), Marta Ribera (Mercè), Enrique Viana (marqués de Legueniche), David Pinilla (Cerrillo), Javi Coll (Luis José), Elisa Matilla (Vera del Bosque) o un Pedro Mari Sánchez soberbio en su papel de padre Calvo; por citar solo algunos nombres.

La fiebre de adaptaciones que vivimos desde hace años en el teatro, por regla general de obras narrativas, en este caso ha sido beneficiosa para la escena. El resultado del experimento llevado a cabo por Juan Echanove no puede ser más satisfactorio. Hay que reconocer que lo que vimos ayer sobre el escenario, mérito atribuible también a la excelente adaptación escrita por Bernardo Sánchez Salas, es una auténtica obra de teatro; una comedia brillante, que podría haber sido concebida como tal desde su origen.

Con La escopeta nacional -junto con Farsa y licencia de la reina castiza, en la sala Margarita Xirgu-, el Teatro Español concluye una nueva excelente temporada, llena de aciertos, que afianza el sólido y muy buen trabajo realizado por Eduardo Vasco al frente de esta institución. Los rigores de este tórrido mes de verano se harán más llevaderos en Madrid con la representación de esta fantástica comedia dirigida por Juan Echanove, llena de chispa, intención y savoir faire, que permanecerá en cartel hasta el 26 de julio. Una acertada elección para quien decida ir a verla. Más que recomendable.

José Luis González Subías


Fotografías: Javier Naval

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