"El retablo de las maravillas", revisitado por Albert Boadella y Ramón Fontseré, desnuda la verdad que se oculta tras el cuadro vacío de nuestro tiempo
En clave de Comedia del Arte da inicio la recreación de El retablo de las maravillas cervantino que Els Joglars vuelve a presentar estos días, veintidós años después de su primer exitoso estreno, en la sala Guirau del Teatro Fernán Gómez. Partiendo de este célebre entremés de Cervantes, Albert Boadella dirige un montaje actualizado de aquella primera versión, cuya dramaturgia corre a cargo del propio Boadella junto a Ramón Fontseré, en el que la realidad española contemporánea se desnuda críticamente, desde la mueca burlona del sarcasmo, ante los ojos y oídos del público.
Estas "Variaciones contemporáneas" de aquel retablo muestran que la hipocresía, el esnobismo, la necesidad de aceptación social y grupal, la desvergüenza, la apariencia y el timo siguen campando a sus anchas por esta España extremosa, abanderada de vanguardias tanto quijotescas como desnortadas, incapaz de distinguir la realidad de la ficción en los espejos vacíos que inventa. Otras serían las variaciones mostradas desde aquel retablo maravilloso que ideó Cervantes, en el montaje de 2004, pero tanto aquellas como las de ahora, y las que pudieran venir en el futuro, tienen la misma validez y posibilidades escénicas. Humor ingenioso, burla descarada, crítica punzante e incómoda -y políticamente incorrecta- caracteriza una obra en la que se recupera la esencia de uno de los ingredientes básicos del arte teatral (el inconformismo), y reconocemos las señas de identidad de una compañía que tras cumplir sesenta y cinco años sobre los escenarios, sigue manteniéndose fiel al principio que guio sus primeros pasos: la defensa de la libertad individual y el pensamiento crítico.
Todos los ismos sociales e ideológicos surgidos e implantados a lo largo de este siglo que anda precipitado y a toda velocidad, como pollo sin cabeza, se dan cita en el inteligente repaso dado a nuestro mundo por Boadella y Fontseré -no necesito especificar, miren simplemente a su alrededor, accedan a las redes sociales o pongan el televisor-. Todos miramos y participamos de una feria de vanidades y sinsentidos que llegamos a aplaudir incluso, aunque con frecuencia no compartamos ni tan siquiera comprendamos. El pensamiento de la mayoría -o minorías elevadas al poder- se impone, y la otra gran mayoría silente contempla el retablo vacío a la espera de que cambie un espectáculo en el que el protagonista nunca es él; aunque a veces el fantasmagórico retablo le haga sentir como tal.
El humanismo cervantino sigue vivo en una obra que probablemente dirá cosas distintas a quien la contemple -otro prodigio del retablo maravilloso-, pero de lo que no cabe duda es que dice, y mucho. Ese es uno de los motivos que la hacen tan necesaria; a los que se añade el excelente trabajo artístico de un equipo de profesionales de primer nivel: el esencial espacio escénico diseñado por Joana Martí, suficiente para enmarcar las historias representadas, otorgando a la acción y la palabra todo el poder, en un adecuado marco estético, minimalista; el vestuario de Pilar Sáenz, que otorga el colorido al mencionado espacio y sirve para trasladarnos de ambientación y de época, con el apoyo que crea la iluminación diseñada por Bernat Jansà... Pero especialmente el impecable trabajo actoral de los siete intérpretes que dan vida a la obra: el veterano Ramón Fontseré, junto a las no menos veteranas Pilar Sáenz y Dolors Tuneu, Javier Villena, Bruno López-Linares, Rafa Blanca y Pep Muñoz. Un reparto de lujo, sin fisuras, que hace de una interpretación llena de matices y detalles técnicos, muy pulidos, un arte en apariencia fácil.
Un buen arranque para el Teatro Fernán Gómez en una nueva temporada que promete ofrecernos grandes momentos teatrales. Por lo pronto lo ha hecho con este Retablo de las maravillas, que se mantendrá en escena hasta el 27 de septiembre. ¿A qué esperan para ver sus prodigios?
José Luis González Subías





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