Victoria Szpunberg y "El imperativo categórico" regresan al Teatro de La Abadía
No voy a tratar de decir nada original a estas alturas, cuando El imperativo categórico y, con él, su autora, Victoria Szpunberg, ha recibido todos los parabienes y honores que pueden otorgarse a una obra y a una autora teatral, incluido el Premio Nacional de Literatura Dramática 2025. La crítica ha sido unánime al respecto: esta pieza es, desde su estreno en febrero de 2024, en el Teatre Lliure, responsable de su producción, una clara muestra de por qué Victoria Szpunberg es hoy considerada una de las grandes voces de nuestra escena.
Escrita y estrenada inicialmente en catalán, con dirección de la propia Szpunberg, y llevada en castellano al Teatro de La Abadía, en octubre de 2025, este singular drama sociosicológico y filosófico de nuestro tiempo ha vuelto a estrenarse en la Sala José Luis Alonso de dicho teatro, para regocijo de quienes no pudimos disfrutar en su momento de lo que ya entonces se anunciaba era una maravilla.
Nada ha cambiado en este nuevo montaje respecto al anterior, salvo la actriz que interpretó en aquella ocasión el personaje de Ella -Àgata Roca-, justamente premiada por lo que a todas luces debió de ser una actuación memorable. Sin intención ni posibilidad de comparar, no creo que Sandra Monclús -la nueva Clara del actual montaje- desmerezca en absoluto de aquella brillante interpretación; lo que hizo ayer en escena fue realmente espectacular. Una actuación memorable, llena de verdad y fuerza, que cautivó al público desde el primer momento. No menos memorable que la de su compañero de escenario, el actor Xavi Sáez, quien vuelve a encarnar a los diferentes y numerosos personajes masculinos que intervienen en tan singular y complejo texto, que fácilmente podría utilizarse como guion para una gran película.
La acción se centra en Clara G. , una profesora asociada que imparte Ética en la facultad de Filosofía y pasa por un difícil momento en su vida; recién separada de su marido, a punto de quedarse sin un lugar donde vivir y sin haber consolidado aún, a sus más de cincuenta años, un plaza fija en la Universidad que le garantice una situación desahogada en una ciudad donde la convivencia y la propia vida se hace cada vez más insoportable. Un cuchillo obtenido de un modo tan rocambolesco como muchas de las situaciones planteadas en escena -no por ello inverosímiles, en un mundo donde lo kafkiano de la realidad superó hace tiempo ya a la ficción- acompañará a la profesora en un angustioso periplo donde cuanto la rodea se convierte en un callejón sin salida y sin sentido que la conducirá a un final totalmente inesperado.
El imperativo Kantiano, Benjamin y los avisadores del fuego o El proceso de Kafka son las fuentes filosóficas que sostienen la incertidumbre y angustia existencial de una Clara G. cuyo apellido es una clara remenbranza de ese Josef K. que el novelista checo inmortalizó en aquella kafkiana obra de hace más de cien años.
La escenografía de Judit Colomer -capaz de reconstruir, con un adecuado uso de paneles movibles laterales, los más variados lugares, sin perder el realismo- y la iluminación de Marco Lleixà -fundamental para recrear estos espacios-, junto con el vestuario de Joana Martí y el espacio sonoro creado por Lucas Ariel Vallejos, forman un todo perfectamente armonizado por Szpunberg, cuyo trabajo de dirección es asimismo encomiable.
El imperativo categórico cumple con nota todas las expectativas. Una obra de las que dejan huella, que se mantendrá en escena en la Sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía, hasta el 4 de octubre. Si son capaces de conseguir una entrada, no dejen parar la oportunidad y vayan a verla. Me lo agradecerán y se lo agradecerán.
José Luis González Subías




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