"El caballero de Olmedo", en versión y dirección de Laila Ripoll, regresa al Teatro de la Comedia
La Compañía Nacional de Teatro Clásico ha vuelto a llevar a escena El caballero de Olmedo. ¡Qué duda cabe de que es esta una de las obras más conocidas, estudiadas y representadas de nuestro gran Lope de Vega! Y con todo merecimiento. También es una de sus más singulares piezas dentro de su producción, pues, alejándose de la comedia de enredo y amor, en la que incuestionablemente era el rey, apuntó en una dirección que inspiraría a muchos dramaturgos posteriores y alcanzaría su más acabada forma en el Romanticismo.
Esa potencialidad es reconocida con acertada intuición por Laila Ripoll, actual directora de la CNTC, quien asume la nueva versión y dirección de esta tragicomedia, trasladándola desde el siglo XV a los inicios de un siglo XIX, de aire fernandino -reconocible en el atuendo de los personajes (diseñado por Almudena R. Huertas), el uso de unos sombreros de tres picos que no tardarían en desaparecer y en ese rey que tanto recuerda al monarca borbón-, y una ambientación de manifiesto gusto romántico; perceptible en los tonos sombríos que dominan la iluminación de la escena -especialmente en algunos momentos que presagian la muerte de don Alonso-, a cargo de Luis Perdiguero, y las fantasmagorías hábilmente recreadas en los efectos de videoescena realizados por Álvaro Luna, con la colaboración de Elvira Ruiz Zurita. La escenografía diseñada por Arturo Martín Burgos cumple satisfactoriamente su función, al crear un escenario diáfano y amplio, enmarcado exclusivamente por unas telas ligeras y translúcidas situadas al fondo, desplazables, sobre las que se proyectan unos bellos y oportunos efectos de videoescena, con los que se recrean algunas de las escenas más intensas y poéticas de la obra, dejando a un esencial atrezo la función de ubicar el lugar donde transcurre la acción en determinados momentos.
La historia dramatizada en El caballero de Olmedo es lo bastante conocida como para no requerir excesiva explicación. Un apuesto y popular caballero de esta localidad vallisoletana, don Alonso (Víctor Sáinz), admirado por su valor, apostura y gallardía, se enamora de una joven de la cercana localidad de Medina, doña Inés (Elisabet Altube) a quien ha conocido casualmente. Con la ayuda de Fabia (Arantxa Aranguren), una alcahueta del lugar cuyas artes "diabólicas" en el uso de hechizos para enamorar y engatusar a las doncellas poco tienen que envidiar a las de Celestina, consigue alcanzar los favores y el amor de Inés, quien, desde ese momento, solo vive para unir su vida a la de Alonso. Sin embargo, don Rodrigo (Jorge Varandela), un noble medinense que la corteja inútilmente, obtiene de su padre, don Pedro (Gerardo Quintana), la mano de la joven. Esta conseguirá rechazar tal matrimonio fingiendo su deseo de hacerse monja, lo que le permitirá introducir en la casa a Fabia y al criado de don Alonso, Tello (Toni Misó), disfrazados, haciendo creer a su padre que se tratan de una mujer religiosa y un maestro de latín que la guiarán en su camino hacia el nuevo estado que pretende adquirir. Descubierto todo por don Rodrigo, quien arde en celos y le corroe la envidia por la fama y reconocimiento alcanzados por don Alonso, decide tomar venganza asesinándolo a traición, por la noche, en el camino que conduce de Medina a Olmedo.
Lope dramatizó una historia popular, recogida en cantares -"Que de noche le mataron / al caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo" - que anuncia un luctuoso final, de todos conocido. También nosotros conocemos el destino que le aguarda a don Alonso, lo cual hace más angustiosa y desesperante la situación de un relato amoroso que sabemos cómo acabará. La trágica historia de amor entre doña Inés y don Alonso es un claro anticipo de muchos de los dramas que posteriormente serán calificados de románticos. Hasta las dotes adivinatorias de Fabia nos recuerdan a las de la gitana Preciosilla, siglos después, cuando lee en la mano de don Álvaro el funesto final que aguarda a este emblemático héroe del romanticismo español. Confiamos en que, algún día, la Compañía Nacional de Teatro Clásico repare en la existencia de este gran teatro, heredero y rescatador en su tiempo del de nuestro Siglo de Oro, y se digne a llevarlo a las tablas.
La belleza del texto de Lope de Vega y su fuerza, tanto poética como dramática, han sido respetadas por Laila Ripoll, cuya versión y dirección de la obra nos parece excelente. Una exquisita sensibilidad y un depurado gusto estético presiden un montaje que destaca por el cuidado en los detalles, la atención al ritmo, una adecuada transición entre las partes y, entre otros muchos valores, un extraordinario trabajo actoral, a cargo de un generoso reparto de trece intérpretes. Arantxa Aranguren y Toni Misó bordan sus respectivos papeles, ofreciéndonos unas interpretaciones de gran altura; al igual que Jorge Varandela, Víctor Sáinz y Elisabet Alturbe, en los suyos; sin menoscabo de los restantes, cuyos nombres -con sus respectivos personajes-, a pesar de su elevado número, no queremos excluir: Clara Cabrera (Leonor), Javier Díaz Gil (Laín), Carlos Jiménez Alfaro (Rey), Sandra Landín (Ana), Teo Maiztegui (Mendo), José Luis Martínez (Condestable), Gerardo Quintana (Don Pedro), Mateo Rubistein (Don Fernando).
Es, para concluir, este nuevo montaje de El caballero de Olmedo una excelente ocasión para revisitar a nuestro gran clásico, cuyas posibilidades escénicas no dejan de sorprender y ofrece siempre ricas perspectivas y matices tanto para los directores como para los intérpretes que se adentren en su puesta en escena. La lectura de Laila Ripoll, de este clásico de Lope, lo ha acercado a un Romanticismo que miró y se inspiró en la dramaturgia áurea para encontrar su definitiva forma; y el experimento, a nuestros ojos, ha valido la pena. Podrán comprobarlo ustedes mismos, acercándose al Teatro de la Comedia, donde El caballero de Olmedo seguirá representándose hasta el 22 de noviembre.
José Luis González Subías






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