El Tenorio y la Generación del 27 se dan cita en "La profanación de don Juan", un texto escrito y dirigido por Juan Mairena
Nos adentramos en una de esas fechas señaladas en el calendario anual, quizá la más importante del otoño, que da inicio a la larga temporada del frío -cada vez menos acusado- y nos sitúa en plena temporada teatral: la festividad de los Todos los Santos. Desde la Alta Edad Media, la Iglesia Católica celebra el 1 de noviembre esta conmemoración, introducida por el cristianismo, en honor de todos los difuntos que gozan ya de la vida eterna en presencia de Dios. En España, dicha tradición se haya indisolublemente ligada, desde hace siglos, a la leyenda europea del convidado de piedra y al mito de don Juan, que, llevada al teatro en el siglo XVII, inició un fructífero recorrido literario que culminó en el Don Juan Tenorio dos siglos después. Con la célebre obra de Zorrilla se impuso, en la segunda mitad del siglo XIX, la costumbre de representar este drama religioso-fantástico, de inequívoco gusto romántico, coincidiendo con la citada festividad, ligada al Día de Difuntos.
Mucho ha cambiado el mundo desde que hace bastante más de ciento cincuenta años se iniciara una tradición escénica que, con sus altibajos, se mantenido en pie desde entonces. Don Juan sigue vivo como personaje universal, respondiendo a un arquetipo humano sobre el que se han vertido tantas interpretaciones como miradas personales se han acercado a él, demostrando su dimensión, complejidad y trascendencia.
El Teatro Fernán Gómez ha vuelto a mostrar su interés por el mito -uno de los tres grandes mitos literarios nacionales, junto con don Quijote y la Celestina, en opinión de Maeztu-, como hiciera en anteriores temporadas, llevando en esta ocasión al escenario una interesante pieza, escrita y dirigida por Juan Mairena, que realiza una singular e ingeniosa mixtura entre el Don Juan zorrillesco y el ambiente distendido, dicharachero y algo gamberro vivido por un selecto grupo de jóvenes artistas que coincidieron en la Residencia de Estudiantes, cuyos nombres son hoy recordados como destacados representantes de la Generación del 27.
Con el título de La profanación de don Juan, la historia recreada por el dramaturgo onubense se inspira en un hecho real, que nos traslada a 1924, cuando en la citada residencia madrileña, Federico García Loca, Salvador Dalí y Luis Buñuel montaron una surrealista representación del Tenorio, con la que Mairena ha pretendido recordar y homenajear a aquella gran generación literaria, cuyo centenario estamos comenzando a celebrar, de la que formaron parte otros escritores y artistas amigos, presentes también en la función, entre los que se encuentran Maruja Mallo, Pepín Bello, Margarita Manso y Moreno Villa.
Juan Mairena ha sabido recrear, con singular acierto, la frescura y el color de los alocados y creativos años veinte, y la distendida jocosidad de una juventud tan alegre y desenfadada como la década que le tocó vivir. El vestuario diseñado por Guadalupe Valero, junto con el atrezo empleado en escena, la ambientación sonora, o las coreografías creadas por Luis Santamaría, sirven para dar una absoluta sensación de credibilidad al ambiente y la época recreados, que la escenografía de Juan Sebastián Domínguez enmarca en un amplio espacio, apropiado para ensayar y representar en él las escenas de la obra que están montando: un peculiar Tenorio cuyas extravagantes ocurrencias y modificaciones parecen nacidas del numen daliniano -inconfundible su mantis religiosa-, el imaginario lorquiano y la punzante mirada de Buñuel.
La obra adquiere de este modo un claro carácter metateatral, al utilizar el recurso del teatro dentro del teatro, permitiéndonos su autor asistir al desarrollo elemental de la trama de Don Juan Tenorio, con cierta deformación paródica de la obra que recuerda en algunos momentos las ingeniosas y divertidas astracanadas de Muñoz Seca, al tiempo que disfrutamos, junto con el distendido y animado ambiente en el que se desarrolla la acción, de atinados y oportunos guiños culturales de época que satisfarán la complicidad del público más instruido.
Junto a un texto de gran calidad, su exquisita dirección y sus muchos valores estéticos y escénicos, La profanación de don Juan cuenta además con un atractivo elenco, que cumple con soltura su cometido y realiza un compacto y sólido trabajo, formado por Manuel Moya (Buñuel, don Juan), Carlos Algaba (Lorca, don Gonzalo), Quique Meléndez (Dalí, don Luis Mejía), María Jáimez (Maruja Mallo, doña Inés), Samuel Viyuela González (Pepín Bello, Ciutti, Escultor), Sara Moraleda (Margarita Manso, Brígida, Centellas) y Rodrigo Sáenz de Heredia (Moreno Villa, don Diego, doña Inés, Avellaneda).
Obra de notable interés, el único pero que podemos ponerle a esta excelente producción es que nos haya mostrado sus delicias para desaparecer de manera casi inmediata, tras cuatro exclusivas -notablemente insuficientes- representaciones, dejando a un potencial público, que a buen seguro habría sido numeroso, con ganas de disfrutarla. Estamos convencidos de que La profanación de don Juan se habría mantenido con buena entrada, sin ningún problema, al menos durante un par de semanas. Confiamos en que el Teatro Fernán Gómez la reponga en un futuro, pues la obra lo merece. Por lo pronto, quienes deseen verla tienen de plazo hasta el 1 de noviembre. Si pueden encontrar aún alguna entrada, no se la pierdan.
José Luis González Subías
Fotografías: Luiscar Cuevas






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