La inconfundible y genuina voz de Pablo Remón vuelve a oírse en "Verborrea", una historia de punkis cargada de memoria
Llevo años elogiando el trabajo de Pablo Remón como uno de los dramaturgos y directores que mejor representan la dramaturgia contemporánea -la mejor dramaturgia contemporánea- de este país. Una dramaturgia que tiene la peculiaridad de ser perfectamente reconocible -tiene su sello propio-, ofreciendo un lenguaje y unos códigos estético-comunicativos de indudable actualidad, que tienen la virtud de tender un puente con la tradición teatral previa y hacerlo asimismo con unas historias que conectan con un pasado no tan lejano como para no ser recordado por muchos de quienes hoy conformamos "el público".
Y es que solo alguien nacido en Madrid en las postrimerías del franquismo -o pocos años después, como es el caso de Remón- puede ser capaz de reproducir con tal credibilidad las memorias de aquel tiempo, y del que vino inmediatamente después, en el que España se adentró con decisión en un nuevo periodo que dejó atrás con asombrosa rapidez el lugar de donde procedía. Así sucede en Verborrea, un recuerdo hecho ficción dramática, capaz de ofrecer un recorrido personal, certero y cercano, a la historia -o intrahistoria- de este país, en las últimas décadas del siglo pasado, a través de las vidas de unos personajes de absoluta verosimilitud, fácilmente reconocibles por quienes vivimos circunstancias muy semejantes entonces.
Kike (Javier Cámara), el mayor de los hermanos de una familia sostenida bajo la férrea autoridad de un padre autoritario, aficionado a la bebida, excombatiente y funcionario franquista, que vive con su esposa y sus hijos en un poblado construido en el Valle de los Caídos para los empleados de Patrimonio, se erige en narrador y maestro de ceremonias de una historia que se va construyendo ante nuestros ojos, bajo su detallado, ameno y muy divertido relato.
A través de sus palabras, conocemos el carácter y la historia de su padre, que marcó definitivamente sus vidas. En el caso de Segis (Israel Elejalde), de forma traumática. Toda la rebeldía y el odio latente acumulados contra el padre -también su amor callado y herido- forjan la personalidad de este personaje que se lanzará, en pleno auge de la movida madrileña, tras el desastre de la inundación de 1986 -inundación tristemente histórica- que desoló el camping donde vivían, a la aventura del punk. La historia de su grupo, Verborrea, formado con un grupo de amigos con los que comparte sus miserias y sueños de juventud, coqueteando con una vida al límite cuya máxima divisa es la rebeldía, y sus armas, el rock y las drogas, constituye el eje central de una obra en la que el fugaz auge de la banda da paso a un final, tan rápido como aquel, en el que asistimos al desenlace de cada uno de los distintos personajes que han participado, de un modo u otro, en la aventura y las vidas de Segis -Segismundo Tóxico- y Kike, quien, en calidad de mánager, ha acompañado a su hermano durante gran parte de su recorrido.
La historia de Kike, que transcurre paralela a la de Segis, es casi más apasionante que la de este. Tras haber alcanzado la cúspide del éxito en su profesión, representando a artistas de gran nombradía; entre ellos, una tonadillera de cuyo nombre no quiere acordarse; asistimos a su ocaso, a causa de un desfalco económico que lo conduce a prisión.
La realidad y la ficción se mezclan en esta singular pieza, del mismo modo que se confunden la vida y la muerte, el humor y la tragedia. Una excelente tragicomedia que ha contado con la dirección del propio Pablo Ramón -la dirección de sus obras está intrínsecamente ligada a su concepción dramática de estas, por lo que escribir y dirigir se convierte en las dos caras de un mismo acto creativo, absolutamente personal-, al que ha acompañado en el montaje un equipo artístico de indudable y reconocido nivel, con el que Remón se siente cómodo, tras haber trabajado con sus miembros en numerosas obras previas: Monica Boromello en el diseño de un espacio escénico que ha centrado la atención en una caravana rellena de arena en gran parte -se conjuga el realismo con el simbolismo-, que sirve tanto para recrear el hogar infantil como la característica roulotte de artistas, o incluso hace las veces de un camerino, acompañada de algunos elementos que sirven tanto de ambientación como parte del juego escénico -la guitarra eléctrica, un micrófono y su pie, cuatro funcionales sillas de plástico...-; David Picazo, a cargo de una iluminación que juega con el claro oscuro y tiende a dejar en penumbra la escena; Ana López Cobos y Sara Sánchez de la Morena, en el vestuario -abiertamente realista, con tendencia a remarcar lo estrafalario y más llamativo de los atuendos-; y Sandra Vicente, en el diseño del espacio sonoro.
Pero se debe a la feliz elección de un grupo de actores con los que Remón ha trabajado asimismo en anteriores ocasiones, a los que conoce muy bien -y a la inversa-, gran parte del atractivo de la obra. Javier Cámara, Israel Elejalde, Marta Nieto y Emilio Tomé forman un elenco compacto, perfectamente hilvanado, en el que cada una de sus voces y personales formas interpretativas -acorde con sus variados personajes- constituyen afinadas notas de un mismo acorde distorsionado -permítanme esta concesión poética, que pretende ser un guiño a la guitarra de Segis y a las notas del punk-. Si sobresaliente y magistral es la actuación de todos ellos, merece un reconocimiento especial, en esta ocasión, por la dimensión de su personaje y el talento con que le da vida, un Javier Cámara que supera todas las expectativas en este montaje. Con una sublime actuación, a caballo entre la caricatura expresionista y el cliché personalizado, Cámara crea un personaje insuperable, que conecta con el público y se lo gana con total desenvoltura y desparpajo. Ese tierno sinvergüenza creado por Remón y rematado por Cámara, podría competir con el Torrente de Segura sin sonrojo, compartiendo con este un amigable güisqui.
Verborrea es, en fin, a nuestros ojos, una de las mejores comedias dramáticas que se han estrenado en lo que llevamos de temporada. En nuestra opinión, Pablo Remón ha dado lo mejor de sí y ha vuelto a demostrar la increíble capacidad que tiene para contar y mostrar historias sobre un escenario, y hacerlo con aparente facilidad, sin esfuerzo, dando la sensación de que todo surge y se desarrolla ante el espectador de manera natural, como si se creara en ese mismo instante. Es, en definitiva, Verborrea una magnífica obra teatral, que seguirá representándose en Nave 10 Matadero hasta el próximo 1 de noviembre. Aunque las entradas se anuncian como agotadas para todos los días que restan, no desistan de obtener alguna; merece la pena asistir a la representación de la última obra -por ahora- de uno de los mejores autores del teatro español contemporáneo.
José Luis González Subías






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