Noemi Rodríguez estrena "Al final de las cosas", una intensa y atrevida tragicomedia, de humor negro y procaz, que afronta la pérdida del amor


Interesante, muy interesante trabajo escénico, vimos ayer en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero. La obra, Al final de las cosas, escrita, dirigida e interpretada por Noemi Rodríguez, acompañada en el escenario por Alejandro Jato, parte de una propuesta lo bastante amplia como para dar cabida a multitud de situaciones chocantes, enternecedoras, conflictivas, intensas, e incluso violentas y trágicas, a que pueden dar lugar los momentos finales de una relación de pareja.

Ese difuso y confuso -en cuestión de sentimientos- limbo, titubeante y tenso, en el que la zona gris -gris putrefacción, gris desasosiego, gris desesperanza- se adueña del espacio compartido entre dos que buscan cada vez más el suyo propio, deseando hallar de nuevo la luz, su luz. Así podríamos describir, con tintes metafóricos y algo de literatura, lo que nos transmite la obra de Noemi Rodríguez.

La anécdota la protagoniza una pareja que está grabando un anuncio publicitario para una boda. Los dos personajes que centran la historia muestran desde el primer momento la diferencia de sus caracteres: una impulsiva, rotunda, dominante incluso, e histriónicamente exagerada Novia (Noemi Rodríguez) se impone ante un Novio (Alejandro Jato), en principio, más sensato y racional, que trata de poner un toque profesional a lo que están haciendo. La tensión entre ambos se palpa desde muy pronto. La idílica imagen de un feliz día de boda -bien está que ficticio-, espléndidamente recreado por Pablo Chaves en ese diseño escenográfico de tonos pastel y rosa que domina el escenario durante la mayor parte de la acción -potenciado por la iluminación de Paloma Parra-, va degenerando hasta convertirse en un espacio de guerra -híbrida, larvada o abiertamente declarada, con armisticio, rendición y deseo de reconquista- que trasladará sus armas, junto con el interés y la atención del espectador, hacia un lateral escondido del escenario, donde se halla el retrete, servicio o cuarto de aseo, que, por su reducido espacio y su finalidad, se convierte en adecuado símbolo de cuanto está sucediendo en escena.

El texto de Noemi Rodríguez hace uso del humor negro, con un lenguaje distendido, procaz y provocador, inserto en el ideario woke de nuestros días, con un posicionamiento ideológico asimismo muy claro, que la autora hace ostensible buscando la anuencia y la carcajada cómplice del público. Y si la historia, per se, no encierra especial interés, dicho lenguaje, junto con la magistral interpretación de los dos únicos actores que componen el reparto, y la no menos ingeniosa y "alocada" -en el mejor de los sentidos- dirección de esta singular obra, constituye su gran atractivo.

El despliegue de fuerza, técnica y talento que vierten Noemi Rodríguez y Alejandro Jato sobre el escenario es asombroso
. Con un dominio absoluto de todos los resortes de la escena, estos dos grandes actores arrastran, envuelven, seducen y guían el interés por cuanto sucede en el escenario con la facilidad de quien se sabe en todo momento dueño de sus posibilidades interpretativas, que son muchas y variadas. Tanto es así que, en un giro inesperado de la acción, el tono adoptado en buena parte de la obra cambia súbitamente para trasladarnos a un espacio onírico donde todo es posible, la muerte se confunde con la vida y somos capaces hasta de anticiparnos en el tiempo a la vejez, al tiempo que la interpretación se convierte en danza -magnífica la coreografía creada por Amaya Galeote- y convulsión de estilizado expresionismo. Se trata de uno de los momentos culminantes de la pieza, que avanza desde entonces hasta el final en un remanso de intenso lirismo amoroso y resignadamente humano, de gran belleza.

Como el propio título de la obra anuncia, sin proponérselo, es a medida que avanza la acción, acercándonos a su momento climático y posterior desenlace, Al final de las cosas, cuando la obra termina por atraparnos y nos dejamos arrastrar por esta actualísima propuesta escénica que consiguió llevarnos a su terreno y nos convenció. De mirar en un principio con cierto recelo cuanto sucedía en el escenario, alcanzamos la convicción de que lo que acabábamos de ver rayaba la genialidad -o se hallaba abiertamente dentro de ella-.

Es, en definitiva, Al final de las cosas, una obra singular, que estamos convencidos sorprenderá, incluso apasionará, a quienes se acerquen a verla a la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, donde seguirá representándose hasta el 15 de noviembre. Una propuesta que no deja indiferente y que recomendamos encarecidamente ver.

José Luis González Subías


Fotografías: Bárbara Sánchez Palomero

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