La tragedia de "Yerma" vuelve con fuerza al Teatro Español, en un contundente montaje de Eduardo Vasco


Federico García Lorca vuelve al Teatro Español; y lo hace con una de las obras más impactantes de su repertorio teatral. Nada menos que Yerma, una de las tres grandes tragedias del autor ambientadas en los pueblos de España, que, junto a Bodas de sangre y La casa de Bernarda, constituyen la culminación de su obra dramática, y uno de los grandes referentes en la historia del teatro español.

Por extraño que parezca, si bien son numerosas y destacadas las ocasiones en que Yerma ha sido puesta en escena, se trata del primer montaje de la obra que vuelve a subirse al escenario donde se estrenó por primera vez, en 1934 -¡hace casi cien años!-, de la mano nada menos que de Cipriano Rivas Cherif y protagonizada por Margarita Xirgu. ¡Ahí es nada! Todo un acontecimiento, por tanto, de alcance histórico, el que tuvo lugar hace dos días en el templo teatral de la madrileña Plaza de Santa Ana. Y el espectacular resultado de este colmó sobremanera las expectativas despertadas; como volvió a hacerlo ayer, en una representación que mantuvo mudo al público durante noventa minutos, para hacerlo estallar en aclamaciones y contundentes aplausos, puesto en pie, ante la grandeza de lo que acababa de ver.

Así lo vi y así lo viví: la gran tragedia lorquiana, de la mano de un Eduardo Vasco que hizo magia con ella al adentrarse con seguridad y personalidad en la esencia de un texto inconmensurable, cargado de intenciones y matices, pura fuerza orgánica y vital, pleno de angustia, dolor, naturaleza, frustración y deseo. Y lo hace con la aparente sencillez de quien conoce los secretos y recursos de la escena, ofreciéndonos una auténtica lección de lo que es el teatro. La versión del director madrileño es rotunda, severa, directa. Este montaje tiene la capacidad de permitir entender cada palabra del gran poeta y dramaturgo granadino, y gozar de sus matices, intenciones y belleza. Vasco ha realzado el valor de la palabra, en un montaje despojado de cualquier elemento superfluo, dejando el escenario libre de obstáculos innecesarios y centrando la atención en los momentos y escenas requeridos, con un acertadísimo uso de una iluminación -a cargo de Miguel Ángel Camacho- que, realzando las figuras y las sombras de los personajes, mantiene en general un tono de oscuridad apropiado para la tragedia. Carolina González ha sabido crear ese espacio diáfano, utilizando un ampuloso cortinaje blanco, de sutil textura, al fondo de la escena, capaz de adoptar diferentes formas -también de proyectar imágenes en ella- que potencian y apoyan la acción; y empleando asimismo un escogido atrezo cargado de simbolismo, que fluctúa entre el realismo de la historia dramatizada y el tono trágico, de alcance simbólico, en que se enmarca. Un realismo, que en ocasiones alcanza tintes oníricos, presente asimismo en el vestuario diseñado por Lorenzo Caprile.

El montaje de Eduardo Vasco de esta "tragedia de la mujer estéril" pone el foco en el sometimiento de la mujer frente al hombre, ofreciendo una imagen de la mujer "castrada", incapaz de realizarse y elegir libremente su destino. La imposición matrimonial, primero de un padre, luego al marido, es el símbolo de una imposición mayor, que trasciende los límites de la historia de Juan y Yerma -en la versión de Vasco- para acusar cualquier forma de opresión en la imagen de ese soldado que domina y apunta a quien trata de rebelarse. Yerma es aquí una mujer maltratada por un marido rudo y frío (magnífico Francisco Ortiz en su papel), seco y violento, celoso de su honra, que pretende mantener a su mujer encerrada en casa -esas paredes prisión tan lorquianas- alejada de los peligros -los hombres- y las habladurías que acechan fuera.

La desesperación de Yerma y sus infructuosos deseos de ser madre -junto con el dolor y el vacío dejados por un amor, el de Víctor, que hubiera querido para sí- precipitan una tragedia de todos conocida y cuyo sorprendente final omitimos -sabemos que innecesariamente- para dar mayor interés al desenlace.

Eduardo Vasco ha potenciado asimismo, en este rotundo montaje, los elementos trágicos de la obra lorquiana, conectándola con la tradición clásica, al incorporar un coro -formado por las lavanderas, mujeres del pueblo y cuantas intervienen en la pieza- que acompaña y comenta la acción, incluyendo en esta composiciones musicales -obra del propio Vasco- de una gran calidad.

Si la palabra es el gran valor estético de una pieza que es pura literatura dramática hecha vida, les corresponde a las actrices y actores que componen el reparto, el honor y la grandeza de hacerlo posible. No hay una sola fisura en cada una de las diferentes intervenciones de los intérpretes de la obra. Todo cuanto sucede sobre el escenario es compacto, perfecto, milimetrado; los movimientos corales, las escenas de pareja e individuales... Pocas veces hemos visto brillar a tanta y homogénea altura a todo un elenco, cuya actuación es, simplemente, inmejorable. Lara Grube (Yerma), soberbia, luminosa en su papel; un Francisco Ortiz (Juan) rotundo y contundente; Toni Agustí, en la figura reposada y apacible de Víctor; Yolanda Arestegui (Vieja Pagana), María Isasi (La Dolores / La Conjuradora), Elena Rayos (Muchacha 1 / Lavandera 2), Silvia de Pé (Mujer / Lavandera 4), Ana Veganzones (María / Lavandera 1), Lucía Bravo (Hermana mayor de Juan), Manuela San Leandro (Muchacha 2 / Lavandera 3), Cristina Salvador (Muchacha 3 / Piano), Lidia Guillem (Hermana menor / Violín). ¡Cuántas grandes figuras en un mismo reparto! Un verdadero lujo.

No siempre hemos salido del teatro tan convencidos de la calidad de lo visto como en este montaje. Estamos seguros de que la versión de Yerma dirigida por Eduardo Vasco alcanzará los máximos reconocimientos de esta temporada, convertida ya en un referente para quien les habla. No solo les recomendamos, sino que rogamos encarecidamente que vayan a verla, para no perder la costumbre -y la referencia- de lo que es el gran teatro, con mayúsculas. Eduardo Vasco ha conseguido traer de nuevo a Lorca a la escena, devolviéndole y engrandeciendo su esencia. 

Hasta el 27 de diciembre, en el Teatro Español.

José Luis González Subías


Fotografías: Javier Naval

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