"Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores"... un poético cuento de amor imposible


Érase una vez... Así podría haber comenzado la bella y triste historia que anoche contemplamos, con una permanente sonrisa en los labios y el corazón encogido en varios momentos, en el teatro del Centro Sociocultural Mariano Muñoz (Usera), sede de la compañía Trece Gatos. Representaban la última función en su sala, tras dos meses de sostenido éxito de público, de una peculiar visión de Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores, la última obra estrenada en vida por Federico García Lorca.

Solo Carlos Manzanares Moure, director del montaje y factótum de este grupo humano y artístico que cuenta ya con ocho años de vida y ha puesto en escena numerosos e importantes textos teatrales, podría haber dado forma a una concepción tan original, delicada y naíf de un texto lorquiano (ya lo hizo el pasado año con El maleficio de la mariposa); en la que (siguiendo la estética característica de la compañía) tienen cabida el lenguaje narrativo, la intensidad lírica, la esperpentización, el music-hall, la comicidad del entremés, el romanticismo ensoñador, el carnaval, elementos del cine mudo, el cómic... Una amalgama de estilos marcados por el sello inconfundible de la teatralidad y de una estética con ribetes góticos, remarcada tanto en la original escenografía del montaje (donde las flores ocupan un destacado papel) como, de manera especial, en un vestuario muy sugerente y significativo, de gran belleza plástica. Todo es verdad y todo es farsa en estas historias contadas por Moure, donde nos adentramos siempre en un mundo de ensueño y nos trasladamos a aquellos lejanos cuentos de nuestra infancia, que leíamos en un rincón escogido de la casa o veíamos reflejado a través de la pantalla del televisor. Porque mucho de fílmico hay en un montaje acompañado de un acertado fondo musical, que hace las veces de verdadera banda sonora que intensifica el efecto de las acciones y los diálogos.

En la Granada de entre los siglos XIX y XX transcurre esta romántica historia de amor imposible, o más bien de un (des)engaño amoroso, en que la joven doña Rosita esperará inútilmente, durante veinticinco años, el regreso del novio que la abandonó para volver a Tucumán, con la promesa de que regresaría algún día para casarse con ella. La joven languidecerá con el paso el tiempo, envuelta en un caparazón de ciega esperanza, mientras, a su alrededor, el mundo que conoció irá desapareciendo. La íntima frustración y el drama callado que ha padecido durante años se revelará con toda su intensidad en el último acto de la pieza, cuando, convertida en una solterona marchita, doña Rosita deberá abandonar la casa donde vivió sus primeros años de felicidad, convertida finalmente en prisión, en la que alimentó y mantuvo su sueño imposible.

Cuando se abre en la mañana
roja como la sangre está.
La tarde la pone blanca
con blanco de espuma y sal.
Y cuando llega la noche
se comienza a deshojar.

Estos versos, referidos a la "rosa mutabile" (en palabras del poeta), pero dirigidos simbólicamente a doña Rosita, constituyen el leitmotiv de la composición. Repetidos a lo largo del texto, serán asimismo las últimas palabras de la protagonista, con las que este concluye: "Y cuando llega la noche / se comienza a deshojar".

Solo nos resta elogiar el trabajo realizado por los dieciséis intérpretes que conforman el reparto, de los que resulta imposible dar cuenta individualmente. Todos ellos estuvieron a la altura y sobresalieron de manera especial en algunas partes en las que la precisión coreográfica de movimientos requería su acción conjunta. No podemos, sin embargo, escatimar el reconocimiento debido a los actores que interpretaron los papeles protagonistas del espectáculo: desde la alegre y desenfadada Rosita que interpreta María Díaz; una brillante y arrolladora Raquel León, en su papel de Ama, que se adueñó de la escena; un inmenso Carlos Manzanares, de convincente voz y sobrias maneras, al que tuvimos la fortuna de ver como actor en un papel desempeñado normalmente por José Mora; Nuria Simón, que realizó una excelente interpretación de Renata; el entrañable poeta Martín, al que da vida Daniel Aguado; o la venerable Tía encarnada por Ángeles Laguna, que mantiene un divertido y emotivo juego con el Ama a lo largo de toda la obra. Efectivas y muy divertidas estuvieron asimismo el conjunto de Manolas, Solteronas (Madre incluida) y Ayolas, que aportan buena parte de la comicidad y el juego escénico al espectáculo.

Acabada esta brillante primera etapa de Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores, la obra podrá verse de nuevo a partir del próximo 12 de julio, en el Teatro Arlequín Gran Vía, donde se mantendrá en cartel hasta el 16 de agosto. En el mismo teatro podrán disfrutarse, este verano, otras dos producciones de la compañía, de las que dimos cumplida cuenta en su momento en nuestro blog, El sueño de una noche de verano y LisístrataCabaret.

José Luis G. Subías
   

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