Arthur Miller llega al Teatro Fernán Gómez con "Panorama desde el puente", bajo la dirección de Javier Molina y en versión de Eduardo Galán


Panorama desde el puente (1955) y Arthur Miller; ahí queda eso. Una obra y un autor que dan forma y sentido a la gran dramaturgia estadounidense del siglo XX. Dos clásicos que merecen ser recordados como ejemplos representativos de lo que es el buen teatro cobran vida estos días en la Sala Guirau del Teatro Fernán Gómez.

Nos encontramos ante un texto -en una impecable y virtuosa versión del dramaturgo Eduardo Galán- que cubre todo cuanto se espera de una gran obra dramática. Teatro de texto y de acción en el más puro sentido de los términos, con una historia, un conflicto -o varios-, clímax y desenlace; y unos personajes perfectamente tallados, que interactúan y evolucionan de manera lógica -la "lógica" de la vida y la verdad dramática-, a partir de unas motivaciones nacidas de la razón y el instinto. La voluntad y el deseo se imponen, mostrando desnuda una condición humana sujeta, o determinada, por la imperfección y cuyos actos pueden conducir, en las circunstancias adecuadas, a las más dramáticas -incluso trágicas- consecuencias.

Ambientada en Nueva York, en la década de los cincuenta del pasado siglo, el conflicto que subyace en la obra de Miller es el de la inmigración ilegal, y la persecución de esta por las autoridades estadounidenses; una situación reconocible, que puede trasladarse a otros muchos momentos y lugares de la historia más reciente. Pero junto a esta temática de carácter social -Miller fue visto como un manifiesto simpatizante del comunismo, en tiempos de la llamada "caza de brujas"-, con sus tintes críticos, Panorama desde el puente encierra muchos otros componentes y atractivos temas, conflictos de alcance más universal -e individual-, ligados al amor, la posesión, la familia, el honor y el deseo prohibido. 

La obra de Miller no deja de ser un drama romántico entre rascacielos y asfalto: la historia de un hombre (Eddie Carbone) que convive, junto a su mujer (Beatrice), con una sobrina (Catherine) a la que ha criado como una hija y ha crecido ante sus ojos para convertirse en una seductora joven llena de encantos, y siente su pequeño paraíso -patriarcal y muy masculino- amenazado por la llegada de unos parientes de Beatrice (María Adánez), llegados furtivamente a América, a los que acogen en su casa. La negativa de Eddie (José Luis García-Pérez) a permitir que Catherine (Ana Garcés) se aleje de su mundo lleva a este a una desesperación rayana en la locura, que lo llevará a volcar su obsesión contra Marco (Rodrigo Poisón), el más joven de los dos inmigrantes que ocultan, cuyas delicadas maneras llaman la atención de Catherine, pero provocan la burla de los estibadores del muelle donde trabajan y el rechazo visceral de Eddy. Importante papel tienen asimismo en esta historia, cuyo final no voy a revelar, tanto la esposa de Eddy -que se siente rechazada por este y sospecha el motivo-, Rodolfo (Pablo Béjar), el silencioso y corpulento hermano mayor de Marco, y el abogado Alfieri (Francesc Galcerán), quien da voz y enmarca narrativamente -un magnífico ejemplo de la adecuada utilización de este recurso, sin desvirtuar la construcción dramática de la obra- esta impactante historia de amor, honor y muerte, al uso de las grandes tragedias románticas, y que, por un momento, llegó a recordarnos, en su trasfondo, a La malquerida de Jacinto Benavente, representada durante el mes de abril en el Teatro Español.

Javier Molina
, codirector del Actors Studio, ha sido el encargado de montar esta gran versión de la obra de Miller, impecablemente escrita por Eduardo Galán, llevando a ella la fuerza y naturalidad de un trabajo actoral que prima la organicidad por encima de todo. Molina se presenta como un excelente director de actores, capaz de extraer de ellos su mejor versión. Y lo hace de tal modo que el espectador sigue la trama con la intensidad y concentración que podría hacerlo ante cualquier película, mostrándole los más nítidos detalles de la cercanía y los primeros planos, al utilizar una cámara que graba en directo buena parte de lo que sucede, proyectando las imágenes resultantes sobre las paredes de un espacio de cuya escenografía llegan a formar parte.

La escenografía diseñada por Elisa Sanz ofrece la ambientación realista que necesita y en la que transcurre la historia, recreando, con un hábil sincretismo de elementos, diferentes espacios en uno solo (las calles de Brooklyn, el apartamento donde viven Eddie, Catherine y Beatrice, junto con las escaleras que conducen al piso superior, el despacho del abogado Alfieri...); realismo visible en el vestuario diseñado por Emilio Sosa, potenciado por una iluminación, a cargo de Nicolás Fischtel, que juega asimismo con la penumbra y el claroscuro, remarcando el dramatismo de la historia y la sensación de inquietud y amenaza que recorre la trama.

Hemos dejado para el final uno de los aspectos -quizá el definitivo- más destacables de este montaje: el impresionante trabajo actoral realizado por los miembros del reparto; especialmente significativo y visible en la interpretación de un José Luis García-Pérez digno de premio; pero también en la de unos inolvidables María Adánez, Ana Garcés, Pablo Béjar, Francesc Galcerán y Rodrigo Poisón; a quienes acompañan Manuel de Andrés y Pedro Orenes, en unos necesarios papeles secundarios que cumplen perfectamente.     

Es este Panorama desde el puente, con seguridad, uno de los montajes más importantes de la presente temporada, al que, a buen seguro, le queda aún un largo camino y será recordado durante bastante tiempo. Una ocasión única de reencontrarse con este gran clásico del teatro del siglo XX, que hacía mucho tiempo no veíamos en los escenarios españoles y podrá disfrutarse en el Teatro Fernán Gómez hasta el 17 de mayo. Arthur Miller en estado puro. No se lo pierdan.

José Luis González Subías


Fotografías: Gerardo Sanz

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